PERSPECTIVAS
MUNDIALES
Por
Miguel Jiménez
[Aclaración: este documento fue escrito por el autor en mayo de 2021, cuando militaba en la CMI, Corriente Marxista Internacional, de cara a los debates previos a su Congreso Mundial de 2021. A su vez, está basado en su estructura e ideas fundamentales en otro que escribió en el Otoño de 2020. Es un escrito que analiza la situación de inestabilidad global generada tras el estallido de la pandemia de la covid, poniéndola en relación con otras crisis económicas y políticas del capitalismo en los 100 años anteriores. Analiza los principales desarrollos económicos y políticos actuales. Las conclusiones fundamentales sobre las principales contradicciones de la geopolítica mundial, que se centran en la batalla desencadenada entre EEUU y China por el dominio planetario global, junto con las tareas de los marxistas revolucionarios, siguen plenamente vigentes].
1.
Introducción: estallido de la crisis actual
Los
acontecimientos desatados tras el estallido de la pandemia de la
covid 19 han desencadenado una de las mayores crisis del capitalismo
de toda su historia, por su magnitud, y por el carácter tan
sincronizado con el que se ha manifestado a nivel mundial fruto de la
interconexión actual de la economía.
Toda
nueva crisis siempre contiene fenómenos originales. A pesar de ello,
si queremos acercarnos a entender lo que está ocurriendo y, más
aún, lo que puede ocurrir, no tenemos más remedio que buscar
precedentes. Por parciales que sean, sirven para comparar,
relativizar y ponderar lo que vivimos, poniéndolo en relación con
el contexto del que veníamos, para intentar orientarnos sobre los
acontecimientos venideros.
El
marxismo es, entre otras cosas, una visión de los procesos de largo
recorrido, a nivel espacial y temporal. De no analizar los procesos
así, para discriminar lo que es accesorio de lo sustancial, corremos
el riesgo de caer en el impresionismo y reduccionismo. Hay un poso,
una tradición y una dinámica de toda la etapa anterior, que hay que
esclarecer.
Debido
a las especiales características que han alumbrado la actual
inflexión histórica, es muy ilustrativo analizar en primer lugar la etapa que se dio en la primera mitad del siglo XX que, como ocurre actualmente,
significó un cambio en el dominio global del capitalismo.
De
1914 a 1921
Entonces
hubo procesos que se superpusieron como gotas que caen en un
estanque, generando ondas que chocaron unas con otras para crear un
complejo cuadro final donde se expresaron diferentes empujes.
Los
marxistas no somos mecanicistas económicos. Ha habido multitud de
acontecimientos “exógenos” (eventos políticos, religiosos,
descubrimientos geográficos…), que supusieron el choque definitivo
para que se diera un particular desarrollo histórico.
En
última instancia, estos elementos “exógenos” no son tales: el
desarrollo de la economía está vinculado al de la historia de la
humanidad. Tales eventos no estrictamente económicos ponen a prueba,
facilitando o no, el desarrollo de cambios más profundos que vienen
gestándose en el seno de la sociedad. Es la viabilidad de un modo de
producción dado el que permite que supere la prueba, vea facilitada
su evolución o, en cambio, estallen cambios y nuevos desarrollos que
lo transformen debido a las contradicciones que anidaban en su seno.
A
principios del siglo XX, el doble golpe que significaron la I Guerra
Mundial (que era la expresión de las contradicciones
interimperialistas en una determinada fase del capitalismo), más la
pandemia de la gripe española, tuvieron efectos económicos y
políticos claves a la hora de modificar el tiempo histórico,
marcado anteriormente por el declive del Imperio Británico, frente
al que se alzaban capitalismos más novedosos, como eran los casos
norteamericano, alemán o japonés, cada uno de ellos con un
desarrollo particular.
La
dialéctica del desarrollo desigual y combinado propició que estados
burgueses, incluso con fuertes pervivencias feudales como en el caso
de Japón, ante el empuje de la economía capitalista global, se
vieran impelidos a desarrollos novedosos para limitar su retraso
global frente al capitalismo dominante, el británico.
El
Estado ha tendido a jugar siempre un papel muy importante en las
épocas de cambio histórico en la sociedad capitalista, en última
instancia siempre al servicio de la burguesía. Japón, después de
la humillación sufrida por los países capitalistas en 1853-54, fue
adoptando medidas extraordinarias contra el Antiguo Régimen,
elevando en las décadas finales del siglo XIX los impuestos a las
rentas altas para responder al desafío de Occidente. Igual hizo
Dinamarca, que había sufrido su particular humillación frente a
Prusia. Luego Alemania, a fines del siglo XIX, e Inglaterra, en
1909-10, subieron los impuestos progresivos, si bien aún a niveles
bastante más bajos de lo que lo hicieron a partir de 1914.
Fue
entonces, tras el desencadenamiento de la I Guerra Mundial, ante una
batalla general por los mercados mundiales, cuando cada burguesía
tuvo que pagar contribuciones extraordinarias para aspirar a
conseguir un premio fabuloso.
La
I Guerra Mundial supuso la ruptura del equilibrio económico,
político, militar y social habido hasta entonces. Hubo una sucesión
de acontecimientos que alentaron a la gigantesca conflagración
mundial, generando un gran parteaguas
histórico. En este sentido, tuvimos:
-
La recesión que comenzó en 1913-4.
-
La I Guerra Mundial.
-
Explosión inflacionaria a partir de la guerra.
-
La Revolución Rusa.
-
La pandemia de la gripe española.
-
La breve recesión de 1918 causada por la gripe española, constatada
en algunas economías.
-
Crecimiento económico de 1919-20.
-
La recesión de 1920-21.
-
El comienzo posterior del boom de los años 20.
El
látigo de la inflación, originado con la escasez provocada por la
ruptura de la cadena global de suministros al inicio de la I Guerra
Mundial y con la “economía de guerra” subsiguiente, golpeó a la
población durante todo este periodo. Esto multiplicó la acción
colectiva de la clase trabajadora. Los sindicatos reforzaron su
actividad en todos los países, neutrales o beligerantes.
La
guerra corta prometida por los líderes políticos en cada país no
fue tal. Fue larga, más dolorosa que nunca. Y costosísima. Cada
burguesía exprimió al máximo sus recursos en una apuesta de “todo
o nada” donde se trataba de ganar la partida final para conquistar
un suculento botín. El Estado se hizo valer más que nunca hasta
entonces. Se militarizó la sociedad, se reglamentó la economía
orientándola al esfuerzo bélico, se multiplicó la recaudación
tributaria haciendo pagar a los ricos de forma desmedida, como nunca
hasta entonces. Los pobres, lógicamente, pagaron muchísimo más, en
primer lugar en el campo de batalla. La crisis político-militar de
la guerra desnudó las contradicciones e intereses imperialistas.
Pero
no sólo se subieron los impuestos a los capitalistas debido a la
guerra. Piketty lo recuerda en su libro Capital
e ideología:
“No
debe olvidarse el fuerte impacto causado por la Revolución
bolchevique de 1917, que condujo a las élites capitalistas a
modificar radicalmente sus posiciones sobre la cuestión de la
redistribución de la riqueza y la justicia fiscal, especialmente en
Europa. En Francia, los mismos grupos políticos que habían
rechazado el impuesto de la renta con un tipo de un 2% en 1914
deciden votar a favor de tipos del 60% sobre las rentas más altas en
1920. Lo hacen por el miedo a la revolución, en un contexto en el
que las huelgas generales amenazaban con incendiar el país y en el
que la mayoría de los militantes socialistas optaban por unirse a la
Unión Soviética y a la nueva IC dirigida por Moscú. En comparación
con el riesgo de expropiación generalizada, los impuestos
progresivos de repente parecían menos aterradores. Podría aplicarse
el mismo enfoque a las huelgas casi insurreccionales que tuvieron
lugar en Francia en 1945-48, especialmente las de 1947”.
Cuando
estaba acabando la guerra, cayó el hachazo de la gripe española. La
primera oleada tuvo lugar en la primavera de 1918. La segunda, en el
otoño de 1918, con un virus mutado mucho más mortífero, provocó
en 4 meses 4 o 5 veces más muertos que los 4 años de guerra
previos. Sólo que los muertos no se distribuyeron únicamente en
Europa, sino por todo el planeta. Es difícil de imaginar los efectos
cataclísmicos que supusieron estos acontecimientos en la conciencia,
teniendo en cuenta que, como mínimo, falleció a causa de la
pandemia un mínimo del 2% de la población mundial.
En
el último año se han iniciado muchos estudios comparados de los
efectos provocados por la covid actual y de la gripe española de
hace un siglo, muy insuficientemente estudiados en este último caso.
El economista Derek Alcroft, escribiendo en los años 80, menciona la
breve recesión de 1918 en los EEUU, que hoy sabemos provocada por la
pandemia, pero no explica su causa. Sí afirma que la recesión
posterior, durísima, que empieza en 1920, tiene su origen en la
industria textil del Japón, donde tuvo lugar el último coletazo
conocido de la gripe española, tal como menciona Laura Spinney en su
libro El jinete pálido
(sobre la gripe española), provocándose un derrumbe de la bolsa
nipona de casi el 80% en los siguientes 6 meses.
Alcroft,
cuando explica la evolución de la economía, en el breve boom de
1919-20, lo que describe es el “rebote” de la economía en forma
de V, donde el elemento de la pandemia anterior, como ahora, fue
clave. Posteriormente, la gran caída de la economía de 1920-21 fue
una crisis de sobreproducción clásica, motivada por la
sobreinversión que habían realizado durante la guerra los
diferentes países, fruto de la ruptura dramática de los circuitos
tradicionales del comercio mundial. La especulación feroz en 1919,
junto con el alza de la inflación, facilitaron aún más la brutal
caída en 1920-21, que fue mayor que la de 1929-31 en Estados Unidos,
Gran Bretaña, Suecia o Sudáfrica.
Entonces,
como ahora en los países menos desarrollados, el desempleo era un
drama. Pero entonces era mucho más difícilmente soportable para la clase trabajadora.
Entre fines del XIX y principios del XX, en contados países se
habían logrado ciertas legislaciones donde se empezaron a plasmar
limitadas conquistas sociales, pero los gastos sociales aún eran
irrisorios. Todos los trabajadores vivían al día o endeudados, no
había ahorros, ni desempleo, ni asistencia sanitaria. El gobierno
soviético fue el primero que introdujo de forma universal la sanidad
pública.
El
miedo al contagio bolchevique comenzó a cambiar la situación
anterior. Se implantó en determinados países la jornada de 8 horas,
o ayudas a los desempleados, entre otras medidas, que los
capitalistas otorgaron para parar la revolución. En los años 30, el
subsidio del desempleo en los países más avanzados ya permitía al
menos “vivir” a un obrero en paro.
El
fin de la pandemia supuso el rebrote de la actividad económica, pero
con escasez, inflación y una enorme rabia acumulada, contenida más
allá de lo soportable. La conflictividad se desató como nunca antes
había sucedido, ni después, por todo el planeta. En el caso
español, si bien el proceso revolucionario de los años 30 fue mucho
más rupturista políticamente, el pico huelguístico de 1919-20 fue
mayor.
El
referente de la Revolución Rusa
Antes,
durante todo 1917, los trabajadores más politizados recibieron con
doble alborozo las victorias de febrero y octubre en Rusia, con la
caída del pentacentenario zarismo y la posterior instauración del
gobierno de los soviets. Una llamarada clara, un referente poderoso,
una idea que cuajó con fuerza en mitad de las privaciones: “si
los rusos han podido, ¿Por qué no nosotros?”.
De
hecho, 1917, en mitad de la guerra, a priori no era el mejor momento
para que se desencadenase una revolución victoriosa en un país
atrasado como Rusia. Parte de la dirección del partido bolchevique
estaba en la cárcel, otra parte mayoritaria estaba en la emigración…
Y, sin embargo, se pudo. En Rusia, un factor clave fue la revolución
de 1905-6, que había allanado el camino a la de 1917, restándole al
zarismo una gran porción de autoridad ante las masas, demostrando su
fragilidad ante las mismas. La experiencia de 1905-6 perfiló los
objetivos de la revolución posterior. Y, más aun, fue forjando una
nueva dirección ante las masas. No será usual en procesos
posteriores que, ante un levantamiento revolucionario abierto, la
mayoría de los principales dirigentes sobreviviera al mismo, lo que
fue vital para el éxito del siguiente envite en 1917.
Esto,
el papel de la dirección, sobre todo con Lenin, fue decisivo. Fue lo
que marcó la diferencia para la toma y posterior conservación del
poder. Permitió solventar
la contradicción fundamental que se expresa en todo proceso
revolucionario: la capacidad de la dirección para orientar a los
activistas y el sector de la clase trabajadora más politizado y
enérgico, que ha llegado antes a conclusiones revolucionarias, a
ganar durante la crisis revolucionaria a los sectores fundamentales
de la clase. Esa es la esencia del arte
de toda revolución.
Si
bien hubo tendencias generales en el alza y baja de las luchas, se
expresaron de diferentes maneras en cada país, en primer lugar en
función de que hubiera una dirección que supiera ponderar el
desempeño de las fuerzas revolucionarias que estaban a su cargo.
Unas veces no era el momento adecuado para luchar, pero las masas no
podían aguantar más. En otras ocasiones el poder estaba al alcance
de la mano, pero la dirección vaciló, como en Italia en 1919. En
otros momentos, cuando el fragor general de la lucha ya había sido
silenciado en gran medida en Europa, hubo una situación clara donde
la clase obrera podría haber tomado el poder de haber tenido una
dirección experimentada, como en 1923 en Alemania. Hubo incontables
levantamientos populares, toda clase de motines en multitud de
ciudades, situaciones de “doble poder” en diferentes zonas del
planeta…
La
victoria de 1917, con el posterior llamamiento a crear una nueva
Internacional revolucionaria, que concitará el apoyo y dedicación
de decenas de millones de revolucionarios como una causa esencial
durante lo mejor de sus vidas, todo ello actuó como un nuevo
factor político, de importancia capital, de por sí favorable al
desarrollo de la revolución durante décadas, a pesar de la
incapacidad posterior de la dirección de la IC.
La
enorme polarización social resultante alumbró gobiernos de
concentración nacional en multitud de países, “gobiernos fuertes”
y otros abiertamente bonapartistas que prepararon la respuesta de la
burguesía. La degollina de obreros finlandeses a principios de 1918
abrió una etapa en la que la burguesía reaccionó con furia
inaudita ante el empuje del movimiento obrero. No por casualidad es
en este contexto cuando surge el fascismo.
Los
principales dirigentes capitalistas fueron conscientes de que se
enfrentaban al mayor periodo vivido hasta entonces de impugnación
abierta de su sistema. Hablamos de un periodo de revolución y
contrarrevolución. La una sin la otra no se entienden. Van de la
mano siempre. El empuje de una da lugar a la respuesta de la otra, y
viceversa. Un asalto al poder mal preparado provoca una derrota cuyos
efectos duran años, y a veces décadas.
En
los “democráticos” EEUU del “pacifista” presidente Wilson se
allanaron todos los locales de los anarcocomunistas IWW, asesinando y
encarcelando a sus dirigentes. En un momento en que el Partido
Socialista tenía un millón de suscriptores, se encarceló durante
años a su principal dirigente, Eugene Debs, por oponerse a la
guerra, y se deportaron a miles de “radicales” fuera del país.
La misma situación se dio en esencia en casi todo el mundo ante el
empuje de las masas.
En
los EEUU los resultados finales dieron lugar a unos sindicatos
domesticados que, a pesar del boom económico posterior, bajaron
sustancialmente su afiliación…, y sus reivindicaciones. Esto ayudó
no poco a la acumulación capitalista en los años siguientes. Entre
1919-29 la productividad por trabajador en la industria USA creció
un 43%. Al declararse la Gran Depresión, las burocracias
conservadoras del AFL defendían a una minoría de trabajadores,
privilegiados con respecto al resto, que no representaban el sentir
general de la clase.
La
pandemia dificultó la lucha unitaria
Como
hemos dicho, en medio de una pandemia o una guerra es difícil que
una situación revolucionaria tenga éxito. Así pasó con la huelga
general de Portugal en el otoño de 1918 ante el golpe de estado de
la derecha del republicanismo, que reprimió la contestación obrera,
pero que buscaba atraerse al mismo tiempo al ala socialista de la
confederación sindical. En un contexto de enfermedad generalizada,
división sindical y miedo, era difícil que prosperase la lucha. “La
neumonía hacía estragos entre la población, matando incluso a
muchos dirigentes obreros. La huelga no fue general, ni
revolucionaria…” escribe la historiadora portuguesa Dias Pereira.
La
huelga de Bolivia, en agosto de 2020 es ilustrativa. Los dirigentes
de la COB, inanes ante el golpe de la reacción que depuso a Evo, no
habían hecho nada, a pesar de los ataques habidos. El desastre
posterior del gobierno reaccionario en la gestión de la pandemia
llevó a que en un cabildo abierto, ante la presión de los
trabajadores y el activismo más radical, los dirigentes convocaran
huelga para liberar presión:
“…Difícilmente se puede calificar
estas movilizaciones de huelga general indefinida. Son bloqueos
campesinos que se extienden a gran parte de las áreas rurales del
país y en las villas periurbanas de algunas ciudades. No hay paro en
ningún sector productivo…” escribían nuestros compañeros en el
verano pasado.
A
pesar de ello, los activistas pelearon con rabia. Pero los
activistas, e incluso un sector avanzado de la clase trabajadora, no
sustituyen a la mayoría de la misma, necesaria para desencadenar un
proceso revolucionario victorioso. Pero lo pueden empujar adelante,
como pudimos ver en las elecciones posteriores de septiembre, que
ganó el MAS.
El
documento público de la Internacional, de septiembre, lo explicó
bien: la crisis del coronavirus frenó temporalmente la lucha
revolucionaria del conjunto de las masas que habían tenido una
expresión muy clara en varios continentes en el otoño de 2019.
Con
todo, se pueden superar las enormes dificultades objetivas y,
pergeñando una obra maestra de táctica y estrategia unidas, gracias
a genios como los de Lenin y Trotsky llevar a las masas al poder,
como en 1917. Pero para empezar a tener claras las tareas de la
izquierda revolucionaria actuales, hay que empezar por preguntarse
¿Dónde es posible
eso ahora?
Qué
procesos se superponen en 2021
Ahora,
en 2021, hay varios procesos que igualmente se empujan entre sí,
donde el ciclo económico y diferentes procesos políticos (junto con
la pandemia) se confunden y expresan:
-
Situación pre-recesiva mundial a finales de 2019.
-
Crisis de la covid.
-
Crisis de la UE, cuyo último capítulo fue el Brexit.
-
Bases para el estallido de una crisis financiera, fruto de las
contradicciones generadas tras décadas de endeudamiento en
Occidente.
-
Crisis en las clases medias y división de la burguesía, con
respuesta más nacionalista que genera más inestabilidad.
-
Enfrentamiento por la hegemonía mundial entre China y EEUU.
-
Debilidad de la izquierda revolucionaria.
A
su vez, hay otros procesos y crisis particulares en cada país, o en
regiones determinadas, que vienen incubándose: agotamiento de
gobiernos, crisis de un modelo político particular, de Régimen,
etc.
Hay
que pasar a explicar elementos que han cambiado dentro del sistema
capitalista. Y luego, aproximarnos al periodo actual, partiendo del
contexto histórico.
2.
La acumulación capitalista desde los años 70
Tomando
como base lo que Trotsky consideraba que era un periodo histórico,
respondiendo a Kondratiev, compuesto a su vez por booms y recesiones,
podemos resumir apresuradamente lo que ha sido la historia del
capitalismo en los últimos 100 años:
Después
del periodo de retroceso y estancamiento económico entre las dos
guerras mundiales, vino el largo auge de 1948-73. A la década de
inestabilidad de 1973-82 le siguió un periodo de crecimiento general
del capitalismo (1982-2007) donde éste, tras la absorción del
bloque ex-soviético y de China, consiguió destrozar gran parte de
las conquistas históricas del movimiento obrero en términos
políticos y económicos. 2008
inaugura un nuevo periodo de declive en la historia del capitalismo.
Ahora bien, hay
que matizar algunas cuestiones, pues ha habido desarrollos que han
atravesado varios de estos periodos.
La
alta tasa de beneficios de la burguesía en Occidente en el boom de
la postguerra permitió mantener una elevada inversión, con un
crecimiento constante de la productividad, al mismo tiempo que los
capitalistas podían aumentar los salarios reales sin ver amenazados
sus beneficios. Al final del proceso, el desarrollo de la industria
europea y japonesa había generado una sobreinversión masiva.
Empezando en los EEUU, la tasa de beneficios comenzó a declinar a
fines de los 60. Este proceso, más la deuda ocasionada tras la
guerra en Vietnam, llevó a la ruptura de los acuerdos de Bretton
Woods. Para reducir el pago de su deuda, los EEUU dejaron flotar
libremente el dólar, con lo que sus mercancías se abarataron.
Japoneses y europeos vieron bajar igualmente su tasa de beneficios.
Se rompió toda la dinámica anterior de desarrollo del comercio
mundial que había permitido en ese periodo histórico general, por
encima del ciclo de boom y recesión, un alza generalizada de la
economía.
Desde
los 70 la acentuación de la caída de la tasa de beneficios provoca
en los capitalistas una búsqueda desesperada para el
restablecimiento de la masa absoluta de ganancias por otras vías,
como hicieron en otras ocasiones históricas, lo que explica Marx en
el capítulo XIV del libro III de El
Capital.
Los
capitalistas contrarrestaron en Occidente la tendencia a la caída de
beneficios con un incremento de la explotación sobre la clase
obrera, con una eliminación de avances sociales y contrarreformas
laborales. Al mismo tiempo, asaltaron las empresas públicas
estatales, para tomar el control de las mismas, lucrándose con los
beneficios obtenidos de los servicios esenciales y básicos
necesarios para la vida cotidiana de la clase trabajadora.
La
burguesía lleva décadas revirtiendo el proceso por el que la clase
trabajadora consiguió, entre el periodo entreguerras y la década de
1970-80, avances como el estado del bienestar en una veintena de
países avanzados, u otras conquistas sociales en otras partes del
globo, casi inexistentes en cualquier país a principios del siglo
XX.
Dentro
de ese proceso, desde los años 80, la segunda globalización ha
estado marcada por un trasvase de las cadenas de valor,
crecientemente más complejas, hacia Asia y otros países emergentes.
La incorporación de China y el antiguo bloque soviético al mercado
mundial (amén de sus efectos ideológicos), supuso un elemento
material de primer orden para el desarrollo del capitalismo. El
incremento de la producción con mano de obra excepcionalmente barata
sirvió para atar la inflación durante décadas desde los años 80.
Tras
la política de desregulación financiera y privatizaciones masivas
llevadas a cabo desde los años 80, el capital buscó las formas más
fáciles de rentabilidad, lo que ha estado ligado al crecimiento del
capital financiero y todo tipo de derivados ficticios. Las derrotas
de la izquierda entre los 70 y 80, y sobre todo la caída de la URSS,
alentaron aún más este proceso.
Como
han expuesto Piketty, Zucman, Malinovic y otros economistas, este
proceso ha determinado que los capitalistas, en primer lugar en los
EEUU, se han acercado a poseer porcentajes de riqueza similares a los
de principios del siglo XX, después de los retrocesos que sufrieron
en el periodo entreguerras y tras la Segunda Guerra Mundial.
Como
explicamos antes, desde la I Guerra Mundial los capitalistas, de
forma generalizada, empezaron a ver subir sus impuestos, proceso que
continuó con la crisis de los años 30, con el desarrollo de la
Segunda Guerra Mundial, y con la conformación del Estado del
bienestar en Occidente. Más aún, posteriormente, el proceso de la
revolución colonial incrementó las nacionalizaciones de empresas
occidentales, hasta los años 70 del pasado siglo XX.
Desde
1978-79, empezando en China, hubo un cambio de tendencia: “podéis
empezar a invertir en nuestro país con garantías” declamaba Deng
Xiaoping. La burocracia china recreó, como si de un laboratorio se
tratase, las condiciones que Marx explicó en El
Capital para,
abandonando las prestaciones sociales que había (pensiones, sanidad
y educación muy básicas, pero gratuitas), favorecer el trasvase de
mano de obra enormemente barata desde las regiones más pobres del
país a la costa, donde se implementaron las primeras inversiones de
común acuerdo con capitalistas extranjeros.
Las
derrotas para la izquierda en los 70, el boom de los 80 y, sobre
todo, la caída de la URSS, multiplicaron este proceso de
autoconfianza sin límites de los capitalistas, cuyos dolores y
preocupaciones parecían haber quedado atrás definitivamente.
Al
mismo tiempo, empezando en los EEUU, el reforzado capital financiero
favoreció un boom del crédito, al que se acogió una clase
trabajadora, que intentaba mantener su poder adquisitivo.
Desde
la política de keynesianismo negativo de Reagan en los años 80, el
déficit crónico en los EEUU, financiado por el resto del mundo, ha
jugado un papel decisivo en la circulación del capital a lo largo
del globo. Esto estaba vinculado a la existencia del mayor mercado
interno del planeta, que daba lugar a un déficit comercial
igualmente crónico. En palabras de Stephen Roach:
“Al
carecer de ahorros y estar deseosos de invertir y crecer, los Estados
Unidos suelen tomar prestados del exterior los ahorros excedentes y
tienen déficits crónicos de cuenta corriente para atraer capital
extranjero. Gracias al "exorbitante privilegio" del dólar
como moneda de reserva dominante en el mundo, este préstamo se
financia normalmente en condiciones extremadamente atractivas, en
gran parte sin que haya ninguna concesión en materia de tipos de
interés o de cambio que pudiera ser necesaria para compensar a los
inversores extranjeros por el riesgo. Eso fue hasta ahora”.
Deuda
y crédito han sido dos pilares del desarrollo económico
norteamericano en las últimas décadas, que se han expandido a otros
países avanzados. Expresan, como hemos explicado los marxistas miles
de veces, la sobrecapacidad existente; que el sistema ha llegado más
allá de sus límites naturales, e intenta sobrepasarlos violentando
la realidad si este proceso llega demasiado lejos, como ha sido el
caso.
A
finales de 2013, el que fuera asesor del presidente Obama, Larry
Summers, pronunció un discurso en una reunión del FMI en el que
comparaba el débil crecimiento logrado en los primeros años del
presente siglo con las tasas de crecimiento del capitalismo en los
años 50 y 60, destacando las cifras exiguas logradas en el siglo
XXI. Y eso, vino a decir, que hubo "burbuja inmobiliaria" y
"criterios crediticios" nada rigurosos ¿Qué hubiera
pasado con el crecimiento económico si no se hubieran dado la
burbuja inmobiliaria, la del crédito, o el gigantesco endeudamiento
de los EEUU y otros países?
3.
La Gran Recesión y su legado
El
estallido de la burbuja inmobiliaria y de crédito desencadenó la
crisis financiera de 2007-8.
Lo
que impidió que la Gran Recesión se convirtiera en depresión
económica, con la quiebra del sistema bancario mundial henchido de
deudas y apuestas de toda clase en derivados monetarios ficticios,
fue el hecho de que los capitalistas utilizaran las herramientas
monetarias que Milton Friedman echó en falta en 1929, convirtiendo a
la FED, Reserva Federal norteamericana, el Banco Central norteamericano, en “prestamista de última
instancia”.
Pero
fueron mucho más allá, pues la FED se convirtió en “proveedora
de liquidez en última instancia de todo el sistema bancario
mundial”, hasta límites insospechados, mediante todo tipo de
operaciones concertadas de financiación en dólares, primero en
días, luego en semanas, meses… No, esto no fue suficiente. No se
restableció el crédito ni los flujos financieros, que son
fundamentales para el funcionamiento económico.
Desde
fines de 2007 hasta marzo de 2009 se bajaron paulatinamente los tipos
de interés hasta casi 0. ¿Entonces Friedman llevaba razón? Pues
no, porque esto tampoco fue suficiente. El desempleo (caída del
valor de la fuerza de trabajo), o el pinchazo de la burbuja
inmobiliaria (caída de valor del principal activo patrimonial de las
familias obreras), tiraron hacia abajo los precios de todo. El
intento de cancelar el valor de las deudas por parte de familias,
empresas y bancos deprimió más la economía. La “deflación de
deuda” se apoderó de la misma, convirtiéndose en una fuerza
demoledora.
Hubo
una bajada incontenible de precios. El dinero que recibían bancos y
empresas fue usado para sanear sus balances, invertir en Bolsa, en
deuda pública o en el carry
trade.
A pesar de la brutal expansión monetaria, ésta no se expresó en la
economía real. La deflación fue la que predominó.
En
este difícil contexto fue China quien acudió al rescate de
Occidente. China, ante la caída de sus ventas a Occidente, reaccionó
al ver crecer el desempleo en su país, lo que podía causarle graves
transtornos sociales. Gracias a su baja deuda pública y a su enorme
superávit en la balanza de pagos, pudo armar un gigantesco programa
keynesiano de inyección en la economía real de 587.000 millones de
dólares. En tres años, China produjo más hormigón que Estados
Unidos en todo el siglo XX. Parte
de esta inversión fue destinada a vías de comunicación, pero
también a ampliar el crecimiento de la cobertura sanitaria, pasando
esta en el total nacional del 30 al 90% de la población. Se
construyeron 2.000 hospitales y 5.000 ambulatorios.
Se
multiplicaron toda clase de infraestructuras; se construyeron nuevas
ciudades, barrios e industrias... Sobre esta base de inversión real,
se alzó un nuevo paquete de estímulo, vía créditos, a las
empresas existentes que calentó
aún más la economía. En comparación, el programa de inversiones
en la economía real de EEUU fue mucho menor, en torno a la mitad de
la cifra china, a pesar de ser una economía tres veces mayor por
entonces. A distancia, sólo Corea del Sur llevó a cabo un programa
keynesiano relativamente equiparable, por valor de 94.000 millones de
dólares, entre 2009-13, acompasado al tamaño de su economía. Todo
esto apuntaló el crecimiento en Asia y de los países emergentes
entre 2009 y 2011.
China
representó el 37% del crecimiento acumulado en el PIB mundial desde
2008 a 2019. Sin este apoyo, existe una gran posibilidad de que el
mundo hubiera caído en una depresión global.
La
QE, la Flexibilización Cuantitativa
Sin
embargo, a principios de 2009, en Occidente la economía aún seguía
bajo mínimos, a pesar de los préstamos a corto plazo de la FED y de
la bajada de tipos de interés. Como todos los bancos importantes
sabían que todos tenían “mierda” escondida en sus tripas
financieras, nadie prestaba a nadie. No había inversión y el
desempleo crecía. La economía estaba casi cortocircuitada.
La
política de la Quantitative
Easing
(Flexibilización Cuantitativa), con precedentes en Japón, fue una
arriesgada maniobra donde los bancos centrales compraban deuda a
largo plazo dándole a la máquina virtual de imprimir billetes.
Al
comprar al capital privado títulos de deuda pública, liberaron
liquidez que se pudo destinar a otras formas de inversión. Más
tarde, se compraron por el mismo mecanismo bonos de deuda emitidos
por bancos y empresas.
Así, un exceso de liquidez se extendió por los mercados de valores
y de bonos de deuda empresarial. Muchas empresas utilizaron gran
parte de este dinero para invertir en autocartera, originando con los
años un artificial boom de sus propias acciones. Una parte de las
grandes empresas se volvió adicta a esta nueva droga.
El
fin último de la QE era sostener el creciente endeudamiento de los
diferentes estados, y luego de bancos y grandes empresas, al comprar
la deuda a medio y largo plazo, dando garantías a todos de que la
arquitectura financiera básica anterior a 2008 seguiría funcionando
sine
die.
Eso sí, la especulación con ese dinero, que no fue nunca a la
economía real sino para comprar determinados bienes de lujo, sirvió
fundamentalmente para incrementar el patrimonio bursátil y
financiero de una ínfima minoría.
Una
recuperación débil
El
boom posterior fue uno donde gran parte de los problemas que
originaron la Gran Recesión siguieron escondidos. En Occidente hubo
elementos muy parciales de keynesianismo; se empleó todo el arsenal
del monetarismo “hasta el infinito y más allá”; pero a la
escuela austríaca no se le hizo mucho caso. De hecho, todas las
medidas que se emplearon fueron para evitar la “destrucción
creativa” que defendía Schumpeter de empresas ineficientes, en
primer lugar de los parasitarios sectores de servicios, inmobiliario
o financiero.
Así,
la sobrecapacidad se mantuvo (en China se multiplicó) y,
consiguientemente, la tasa de inversión fue muy baja. Con unos tipos
de interés cercanos a 0 se facilitó el acrecentamiento del
endeudamiento de las empresas a pesar de que la tasa de utilización
de la capacidad instalada fuera muy limitada. En la primavera de
2019, en EEUU, según el Deutsche Bank, el número de empresas
zombies,
cuyo pago de interés de deuda es recurrentemente mayor que sus
beneficios, pasó de una cifra en torno al 2% en 2006 a otra del 20%
en la actualidad. En China la cifra es superior.
El
crecimiento de la economía norteamericana fue el más largo en
décadas, pero débil, del 2%, contra la norma del 4% que se dio tras
otras fuertes recesiones en el pasado. El
PIB nominal en los EEUU creció unos 9 billones de dólares entre
2008 y principios de 2020. Pero la suma de la deuda emitida por el
Estado desde entonces, más los bonos de empresas y bancos adquiridos
por la Fed, da una cantidad a principios de 2020 en torno a los 16
billones de dólares.
En
la UE no se recuperó el PIB per cápita de 2007 hasta 2018.
El
BCE siguió más tarde un programa similar de compra de deuda pública
para liquidar las presiones de los especuladores sobre la deuda de
los países europeos que más habían sufrido los estragos de la
recesión. La medida, al inyectar euros en el sistema, perseguía
también depreciar el valor de estos y hacer más baratas las
exportaciones europeas, objetivo que habían logrado previamente los
EEUU (y años antes Japón). El
resto de grandes bancos centrales del mundo impulsó una política
similar.
Hay
un endeudamiento histórico del conjunto de estados avanzados en
Occidente. La QE y los tipos casi a 0 responden, entre otros
aspectos, a mantener vías de financiación baratas a empresas y
estados. Pero con tipos a 0, los beneficios de los bancos caen. Esta
débil rentabilidad induce al capital financiero a crear otra vez
productos financieros complejos, no accesibles al inversor medio:
para unos y otros por tanto ha estado la situación servida para que
se desarrollaran nuevas burbujas, cosa que ha sucedido.
En
última instancia, las manifestaciones exteriores potenciales de la
futura crisis, de diversa índole financiera, responden a la enorme
sobrecapacidad existente en el planeta. La inversión, por tanto,
antes de la crisis de la covid, estaba en tasas históricas bastante
débiles. Con un crecimiento en declive, se batallaba crudamente por
dominar el mercado mundial. Al llegar aquí, a una contradicción tan
palpable desde hace años, el conflicto era inevitable entre los
países. En otro momento ya hubiéramos tenido una guerra, que hoy no
es posible entre las grandes potencias debido al arma nuclear, como
hemos explicado múltiples veces.
A
final de 2019 marchábamos hacia la recesión
La
eurozona creció 0 en el último trimestre de 2019. Alemania, Japón,
México Sudáfrica, Argentina, Hong Kong estaban en recesión o iban
a entrar en ella a principios de 2020. La venta de vehículos a
nivel mundial cayó a tasas negativas. En general, toda la OCDE se
estaba desacelerando a lo largo del 2019, como indicó a final de año
la asociación que agrupa a los 34 países más industrializados.
El
acuerdo comercial que hubo in
extremis a principios
de enero de 2020 entre EEUU y China fue relativamente sorprendente.
Implicó que Estados Unidos levantase sus sanciones contra una parte
de las mercancías chinas hasta entonces amenazadas por Trump,
mientras China acordaba comprar productos estadounidenses por más de
200.000 millones de euros, dejando de hacerlo en la UE.
Era
evidente que Trump no quería que le estallase la recesión en plena
campaña de reelección, pero muchos analistas se preguntaban por qué
China había dado tanto obteniendo tan poco. Hoy lo sabemos: el
gobierno chino era ya muy consciente del daño económico que le
estaba haciendo el combate contra el
bichito de Wuhan y no
quería lidiar encima con el estallido de una guerra comercial más
cruenta.
En
su libro La larga
depresión, nuestro ex
compañero y mecanicista económico Michael Roberts cita a Krugman,
Martin Wolf y otros autores que expresan sin ambages su opinión
sobre la debilidad actual del capitalismo: “estancamiento a largo
plazo”, “escasez de inversión”...
Como
explica bien Roberts, y antes hemos explicado nosotros decenas de
veces, la causa de la crisis no es el incremento de la desigualdad o
el subconsumo, como defienden los keynesianos. La desigualdad es un
efecto de todos los procesos que hemos descrito. Tampoco es el
crecimiento de la deuda, que es otro síntoma de la etapa actual del
capitalismo. Si acaso, el crecimiento excesivo de la misma prepara
una hecatombe, pero no es lo que origina la crisis, que es la caída
de la rentabilidad capitalista, que lleva a la caída de la
inversión, que es la sangre que necesita el capitalismo para
sobrevivir. Michael Roberts, utilizando datos de entre 1991-2013,
explica que “el nivel de inversión corporativa en activos fijos
como parte del movimiento de efectivo se acerca al punto más bajo de
los últimos 25 años”. Reflejo de ello son los más de 2 billones
de dólares de efectivo sin invertir que tenían unas pocas grandes
empresas de EEUU, fundamentalmente las grandes tecnológicas, cifra
de hace 5 años que ya se quedó muy corta.
Por
eso las medidas monetarias no sirven: tipos a 0, o negativos,
billones y billones de dinero que “crean” los bancos centrales
con la QE… Y la economía no reacciona. Los economistas keynesianos
llaman a esto “trampa de liquidez”. Por eso nos dirigíamos a una
recesión mundial que se hubiera expresado mancomunadamente a fines
de 2020 o a principios de 2021. Pero
antes llegó la inesperada pandemia de la covid,
provocando un cierre de la economía en los principales países
industrializados: un cierre de la oferta y de la demanda que dio
lugar a la mayor caída de la historia de la economía del
capitalismo en un par de meses. El desastre se multiplicó con la
ruptura de las cadenas de valor, que rompió la dinámica de los
intercambios comerciales, junto con la política desesperada
nacionalista de cada país para aprovisionarse de insumos médicos y
de toda clase de mercancías básicas ante la caída del comercio.
Fruto
de los desarrollos que se han ido acumulando en las últimas décadas,
hay contradicciones muy serias que se han acelerado, en primer lugar
en las tres áreas económicas principales del planeta, amén de
otras cuestiones sobre las que reflexionar. Pasamos a analizarlas.
4.
Crisis de la UE
El
Brexit,
la salida de la UE de una de sus economías más ricas, supone un
punto de inflexión en la construcción de la UE. Al mismo tiempo,
subraya un par de tendencias muy claras dentro de la UE nada
alentadoras para la unión:
-
Se ha generado la tradición de que se puede salir de la UE y, en un
momento dado, de la eurozona. Hay líneas claras de ruptura que no
acaban con el Reino Unido: siguen con Italia, Grecia, Portugal,
países de Europa Oriental…
-
El Reino Unido era una de las economías más ricas. A pesar de
recibir luego el cheque
británico, contribuía
de manera neta al presupuesto común. El negativo futuro, con
crecientes problemas a la vista, es el que delinea de manera más
aguda los dos campos dentro de la UE: el de los frugales
y el de los PIGS,
con otros estados enmedio. Las necesidades se incrementan para los
más débiles. Los más fuertes deben pagar más ¿Hasta cuándo?
Países
que han tenido un desarrollo desigual en la historia del capitalismo
europeo en las últimas décadas están atados por el candado de
hierro de una moneda común, el euro, que no es capaz de reflejar la
realidad e intereses de la economía de España, Italia o Portugal, y
sí representa mejor las del centro y norte europeos.
El
capitalismo es un sistema desigual, los ricos tienden a ser más
ricos, y los pobres más pobres. Lo mismo vale para los estados
capitalistas. En los momentos de crisis es cuando esta verdad queda
más al desnudo. Muestra de ello es la diferencia en el volumen de
ayudas implementadas por cada país para salir de la crisis. A
finales de la primavera de 2020, tras los primeros estragos de la
pandemia, las ayudas internas de Alemania representaban más del 50%
de las otorgadas dentro de la UE.
Se
imponía hacer una acción común, so pena de asistir a un
desmoronamiento de los acuerdos y organización internas. Y, hay que
decirlo, fueron más allá de lo que nosotros previmos.
Desde
la anterior crisis, Alemania y, sobre todo, el resto de los
“frugales”, habían manifestado un rechazo total a la emisión de
los eurobonos, es decir, a mutualizar el pago de las respectivas
deudas entre todos los estados. Se veían crujir las costuras de la
UE, se preveía (y en algún momento se alentó en el caso griego),
la expulsión de alguno de los países más débiles y se quería
mandar un mensaje general a todos los partícipes de la unión.
Recordemos
que cuando se creó en septiembre de 2011 el EFSF (Fondo de
Estabilización Europeo, para ser utilizado con la banca), el
Bundestag
alemán ratificó el acuerdo por sólo 4 votos de diferencia ¡Y eso
fue antes de que se produjera la eclosión de la ultraderechista AFD!
Había elementos políticos que determinaban aspectos económicos. Un
año después, Merkel pronunció una frase muy contundente: "¡no
habrá mutualización de la deuda en la UE mientras yo viva!".
Next
Generation
El
Plan de Reconstrucción Europea, basado en los fondos extraordinarios
Next Generation,
vinculados a otros fondos de ayudas públicos, que pretenden alentar
un programa público-privado de inversión en los próximos años de
dos billones de euros, supone el plan más importante adoptado por la
UE ante una situación de emergencia.
En
lo concreto, el Plan de reconstrucción europea, aprobado en julio de
2020, estableció la creación de dos fondos que totalizan 750.000
millones de euros: 390.000 millones en donaciones y 360.000 millones
en préstamos ¡Ya veremos si se moviliza capital privado, porque
hasta junio de 2021 no se movilizó un solo euro público después de
11 meses de cruel pandemia!
La
primera pregunta pertinente que revela la incapacidad de la UE es
obvia: ¿por qué con un paisaje desolador que deja la covid tras de
sí, las ayudas no llegaron ya, antes del segundo golpe del otoño de
2020? La compleja y lenta arquitectura europea, que refleja las
diferencias de los diferentes estados nacionales que la componen, se
demostró bastante ineficaz frente a la celeridad de sus competidores
chinos o norteamericanos.
La
segunda pregunta tiene que ver con la cantidad de las mismas. Sólo
el déficit español fue de unos 123.000 millones de euros en 2020.
Esa cantidad supone la casi la totalidad del dinero que llegará a
España de Europa (140.000 millones de euros). Eso sí, repartidos a
lo largo de 6 años… Y el resto de años sucesivos, igualmente, el
déficit crecerá.
Dicho
esto, los Next
Generation no
significan paliar la caída de los ingresos de los estados miembros,
o afrontar el pago de la creciente Deuda Pública derivada de ello.
Estos fondos especiales son fondos fundamentalmente de inversión en
nuevas tecnologías, nuevos conglomerados industriales y programas de
desarrollo económico, eso sí, vinculados a la participación
público-privada. Son inversiones que, a medio plazo, deben servir
para fijar inversiones de las principales empresas europeas en la era
actual de cambio tecnológico, y poder afrontar la competencia china
y norteamericana.
El
pacto supone un paso necesario para una alianza de países que pugna
por sobrevivir ante la formidable batalla planteada por dos colosos
que amenazan con romperla, China y EEUU. Teniendo en cuenta la
inversión extraordinaria que se ha hecho en las últimas décadas
por parte de los países centrales de la UE en los países más
amenazados por la crisis, el paso dado era necesario como señal a
los mercados. Casi es la última oportunidad para demostrar que la UE
goza de algo que se pueda llamar solidaridad y política de cohesión
internas. De no haberse dado este acuerdo, estaríamos yendo hacia el
mismo escenario que contemplamos en 2010-15, con los mercados
atacando a los países más débiles de la alianza.
El
inicio de una mutualización de la deuda europea
Estos
fondos se financiarán:
-
Con impuestos.
-
Con bonos europeos, con vencimientos a 30 años.
-
En base al presupuesto común.
El
único impuesto acordado es una tasa sobre el plástico, con la que
se prevé recaudar unos 6.500 millones de euros anuales, muy poco. El
que otros impuestos (tasas sobre Internet, impuesto al carbono, al
capital financiero…) estén disponibles antes de varios años
parecía difícil. Pero la covid ha marcado un antes y un después.
Cuando los periodistas sondearon a los primeros ministros europeos
sobre un impuesto a las grandes empresas, la respuesta común que se
logró fue un “no” rotundo. Nueve meses después, las cosas han
cambiado.
Dicho
esto, la mutualización de la deuda alcanzada hay que analizarla con
lupa ¿La letra pequeña de los acuerdos futuros que se logren
establecerán las mismas condiciones que usa el BCE para comprar
deuda europea? Recordemos que por el 80% de la deuda que compra el
BCE responde, no el BCE, sino el país beneficiado de la compra.
Por
ahora, estamos hablando de una cantidad limitada, 390.000 millones de
donaciones que se deben gastar a lo largo de 6 años. De hecho,
hablando con propiedad, ya existen donaciones a fondo perdido en los
presupuestos europeos, sean los Fondos de Cohesión o los de la PAC.
Realmente, estamos hablando de una extensión de las ayudas
existentes y del presupuesto europeo ante unas circunstancias
extraordinarias.
La
elección del irlandés Donohue contra la española Calviño al
frente del Eurogrupo mandó pistas sobre las futuras negociaciones
que sobrevendrán para la aplicación efectiva de las ayudas
aprobadas. Se aprobarán con la inspección y opinión sucesiva de
tres órganos (Comisión Europea, Consejo Europeo, Eurogrupo),
entramado bastante complejo de por sí, que augura choques, parones y
condiciones
en la aplicación de las ayudas.
Sí,
hay tanto una cierta
fiscalidad común como deuda pública emitida en común. Esto supone
un salto cualitativo, pero esta respuesta, tímida
y limitada, se da
ante la crisis más formidable que ha sufrido el capitalismo en su
historia: la ayuda está diluida en 6 años, los países tienen
derecho a veto sobre las ayudas de otros países, y se exigirán
contrarreformas que aseguren la realización de las políticas
fiscales y sociales internas que exijan los más ricos. Es, en última
instancia, un pacto de sometimiento obligado de los países más
débiles, más necesitados de ayuda, a los países más ricos, un
rescate condicionado
disfrazado de solidaridad. Un rescate que no va a estar a la altura
de reparar los estragos esenciales que va a causar la próxima
crisis. Siendo objetivos, está por ver que el plan aprobado se pueda
mantener. Y, más aún, aumentar ante una crisis creciente.
Más
contradicciones en la UE. Crecimiento del euroescepticismo
En
1984 la renta de cada italiano era un 40% superior a la de cada
español medida en paridad de poder adquisitivo (equiparando los
precios de los bienes y servicios de ambos países). A principios del
año 2020, la renta per cápita de España es un 2,7% superior a la
de Italia (en datos absolutos, el PIB per cápita italiano sigue
siendo superior).
En
relación con España, en Italia hay conciencia sobre que los nuevos
trenes y estaciones construidos en suelo hispano lo son con dinero
europeo, en primer lugar italiano. Mientras, por ejemplo, sus
infraestructuras ferroviarias quedaron relativamente estancadas. No
es casualidad que Italia sea un país favorable a salirse del euro en
las encuestas.
Ante
al desgaste del “gobierno de la izquierda”, con una mayoría de
la derecha creciente en las encuestas, la burguesía italiana actuó
para poner a SuperMario
Draghi, expresidente del BCE, al frente de un gobierno de unidad
nacional, solo boicoteado por la ultraderecha de los Frattelli.
Un futuro fracaso de este gobierno, más tarde o más temprano
inevitable ante el periodo que tenemos por delante, favorecerá la
llegada de la derecha y ultraderecha al poder.
Hay
países como Irlanda, que practican el dumping
en el impuesto de sociedades y además tienen una desregulación
laboral extrema. A Irlanda le ha ido muy bien en la UE, actuando de
bisagra de las inversiones de las tecnológicas de EEUU en suelo
europeo, llegando por ello a ser el país con mayor peso industrial
de toda la UE, un 36,8% del PIB el año pasado. Por eso el
sentimiento favorable a la UE era del 80% recientemente. Eso sí, si
se mantienen estas excepcionales condiciones.
Pero
el resto de países ¿va a seguir admitiendo esta excepcionabilidad
indefinidamente? ¿Y la de los países que son en la práctica
paraísos financieros como Luxemburgo y Holanda?
Desde
1986 hasta 2008, los fondos públicos europeos habían añadido de
media un 0,8% anual al crecimiento del PIB en España, lo que
favorecía otras inversiones privadas, fundamentalmente francesas y
alemanas, con decenas de grandes fábricas en suelo español. Es
evidente que todo esto tuvo un efecto en la conciencia. En las
diferentes encuestas europeas, Portugal y España eran los países
más eurófilos de la UE de forma recurrente.
Hasta
este año, España ha sido receptora neta de ayudas europeas, bien a
través de los Fondos de Cohesión o de la PAC. La salida de Gran
Bretaña cambia el papel del estado español. En los presupuestos que
se deben aprobar para el próximo septenato que comienza el año
próximo, el Estado español deberá convertirse en contribuyente
neto.
Pero
ahora hay un parteaguas histórico, y los países mediterráneos
corren el riesgo de descolgarse del proyecto europeo. Los gobiernos
italiano, español y portugués están vendiendo la idea de una
refundación de sus economías en base al Plan de Reconstrucción
europea, pero la fortaleza de este plan va a ir vinculada a la
sostenibilidad y durabilidad del rebote de la economía mundial.
Ante
la fenomenal crisis desencadenada, es muy complicado que se
incrementen las ayudas ¿Hasta qué cantidad? A Alemania le costó
muchos años e ingentes esfuerzos, que lastraron su competitividad,
integrar en su economía a la antigua y pequeña Alemania Oriental. Y
ni siquiera, después de 30 años, han logrado barrer las líneas de
desigualdad entre los ossies
y wessies
¿Integrar a las economías mediterráneas? ¿A todas? Es una tarea
que supera las fuerzas de Alemania.
Por
primera vez, si el plan de recuperación de la UE no funciona
suficientemente como parece, ante una futura recaída de la economía
mundial, veremos un cambio de tendencia general, crítico, en la
mayoría de los países con respecto al proyecto europeo.
En
la próxima etapa, “Europa”, la UE y el euro van a ser invocados
por los diferentes gobiernos para implementar cada contrarreforma,
cada ajuste. Esto va a afectar a la conciencia en España y otros
países de forma diferente que hace diez años.
Las
complicaciones para la aplicación del plan de recuperación van a
ser evidentes. En primer lugar, China y EEUU no han permanecido
ociosos y han reaccionado con mayores planes de inversión de sus
infraestructuras y de apoyo a sus empresas para el cambio
tecnológico, que ya está aquí. Tienen mucha mayor capacidad de
endeudamiento que la UE y un funcionamiento más flexible y rápido
que la “lenta” Europa. Si la UE quiere mantener su unidad actual,
en un mercado mundial tan cambiante, teóricamente debería
incrementar sus planes de inversión. Pero eso no va a ser posible
hacerlo mucho más de lo efectuado hasta ahora sin desencadenar una
crisis terminal del proyecto de los 27 países miembros.
A
principios de año parecía que los frugales
iban a imponer disciplina fiscal para 2022, pero la apuesta de Biden
hacia un keynesianismo más acentuado, con mayores inversiones para
renovar el stock de capital estadounidense ha metido más presión a
los europeos. Las burguesías europeas, cada vez más divididas y
empequeñecidas en la esfera internacional, actúan como “el perro
del amo”, intentando seguir el cambio de paso del gigante
norteamericano. Este “cambio de paso” hacia la estabilización de
una política keynesiana puede acelerar la ruptura de más costuras
en la UE, pues los estados ricos no están a favor de más
contribuciones en favor de los más pobres, sin más. Y, sin embargo,
están obligados a adoptar más medidas en ese sentido. Mientras más
tarden en seguir el camino norteamericano, más ventaja competitiva
perderán.
Por
lo pronto, Merkel puede perder las elecciones este año. Macron se ve
adelantado en algunas encuestas por Le Pen. Así las cosas, la
Comisión Europea ha ampliado las exenciones para el control sobre el
déficit al año 2022.
La
tendencia a la ruptura de la UE va a ser mucho más poderosa que en
los momentos más duros de 2011-14, cuando el Grexit
estaba a la orden del día. Incluso en la fase álgida del boom
económico, el Reino Unido se salió de la UE.
Hay
más fallas políticas: Alemania quiere asegurar su influencia en el
este; Italia, España y Francia en el Magreb y Mediterráneo. Unos
pretenden reforzar la PAC, otros no. La mayoría desean poner límites
a bancos y multinacionales para operar en su seno, pero Luxemburgo y
Holanda no…
En
el caso portugués, la Comisión Europea trató de frenar las
inversiones chinas, que compraron bancos, aseguradoras, medios de
comunicación, y estuvieron a punto de tomar la principal empresa
energética, EDF. En Grecia, empresas chinas son dueñas de la mayor
parte del puerto de El Pireo, la mayor perla económica del país,
desde donde quieren construir una red ferroviaria hasta Hungría. En
los Balcanes, China se ha abierto claramente paso. En Italia y
España, pero igualmente en otros países europeos, los chinos toman
posiciones. En Suecia compraron parte de la Volvo, y también
extendieron sus inversiones a automotrices alemanas.
Entre
las 20 empresas de Internet más grandes del mundo no hay ninguna con
sede en el viejo continente. Entre los 50 mayores “unicornios”
(startups
valoradas en más de 1.000 millones de dólares) tampoco hay ninguna
radicada en la UE. China y EEUU copan también el ránking
de superordenadores, aunque el mayor de todos, por ahora, sea
japonés.
China,
por tanto, ya ha clavado varias picas dentro del territorio de la UE.
Pero, igualmente, los EEUU, van a favorecer mucho más en su
beneficio las contradicciones internas de la UE. El euro sigue siendo
una construcción menos sólida que el dólar. Puede saltar por los
aires en los próximos años en este volátil contexto, o verse
forzado a una reforma para constatar la realidad: que existe una UE a
dos y hasta tres velocidades. Europa, como el Imperio colonial
español del siglo XVIII, se puede convertir en un territorio que
haya que conquistar y desmembrar por parte de los capitalismos más
poderosos, que son el chino y el norteamericano.
5.
Ebullición en las clases medias. Recomposición de fuerzas en las
burguesías nacionales y giro hacia un mayor nacionalismo
No
se puede pasar por alto que, dentro de lo que es un periodo de
declive y estancamiento general, la inestabilidad global del
capitalismo persistió en los años de crecimiento, una vez pasada la
recesión (como sucedió en los años 20 del pasado siglo). Incluso,
comparado con aquella etapa de hace menos de un siglo, este boom ha
sido más raquítico.
Entonces,
en la década de los 20 del siglo pasado, en diferentes artículos,
Trotsky subrayaba que la I Guerra Mundial había sacado a la luz la
ruptura definitiva del concierto internacional que había determinado
la preeminencia durante un siglo del capitalismo británico. El boom
de los años 20 no iba a servir, ni sirvió, para restaurar el
equilibrio político y económico anterior.
Crecimiento
del nacionalismo
Ahora,
la crisis capitalista propició una sacudida para las clases medias.
Muchos se arruinaron, otros vieron cómo la ruta hacia el becerro de
oro que tanto ansiaban se endurecía. Hubo una reconfiguración de
fuerzas, y grandes sectores de la pequeña burguesía elevaron sus
quejas de diferente modo en muchos lugares del planeta. Determinados
burgueses, más o menos inteligentes, o con intereses particulares,
vinieron a reflejar esta insatisfacción general, que permeó a
sectores más atrasados de la clase trabajadora, frustrados con la
política oficial y la vacuidad de la respuesta del reformismo.
Frente
a las diferentes inflexiones que adquirió en los últimos años la
QE, y ante su retirada provisional entre 2017-20, muchos países
emergentes aplicaron controles de cambio y se gastaron ingentes
cantidades de dinero para sostener a sus monedas para tratar de
evitar la salida de dólares. Dirigentes burgueses locales clamaban
contra la "globalización internacional" y los "bancos
extranjeros". Las políticas nacionalistas crecieron en
consonancia.
En
Turquía, como en otros países, los partidos tradicionales se vieron
desprestigiados. Erdogan galvanizó los intereses de la pequeña
burguesía que sintió en sus carnes la apertura de los mercados,
ampliando la base de masas de su movimiento con los sectores más
atrasados de la sociedad. Tras los embates de la crisis, denunció
con fortaleza a la globalización, bancos y mercados internacionales.
El viejo nacionalismo turco reverdeció, pero con un cada vez más
fuerte envoltorio islámico, aliñado con ambiciones imperialistas
sobre sus países vecinos, lo que hemos visto en Siria, Cáucaso o
Libia.
Duquerme,
Modi, Bolsonaro, Orbán…, todos tratan de sacar provecho en
beneficio propio. Y de un nuevo sector de la burguesía que desplaza
al tradicional que regía los destinos... Hubo una reconfiguración
de fuerzas dentro de la burguesía en cada vez más países, una
nueva actitud más beligerante ante el resto de burguesías, ante el
movimiento obrero y la izquierda, cuya base se pretende desmembrar en
base al racismo, machismo y el empleo de todas las formas de división
y enfrentamiento posibles entre trabajadores.
Con
cierta frecuencia, a veces leemos en nuestra prensa o en las
reuniones expresiones tales como “los intereses de la burguesía”;
“la burguesía no puede tolerar”… Son expresiones un tanto
abstractas. Ante giros bruscos de la historia, hay que precisar más,
como hace Trotsky en La
curva de desarrollo capitalista:
“…Mientras
la política siga fluyendo dentro de una misma forma, a través del
mismo dique, y a un ritmo semejante, por ejemplo, mientras la
acumulación de cantidades económicas no se haya convertido en un
cambio de cantidad política, esta clase de abstracciones
clarificantes (“los intereses de la burguesía”, “el
imperialismo”, “el fascismo”) aún cumple más o menos su
tarea: no interpreta un hecho político en toda su profundidad, pero
lo reduce a un tipo familiar que es, seguramente, de inestimable
importancia.
“Pero
cuando ocurre un cambio serio en la situación, o a lo sumo un giro
agudo, tales explicaciones generales revelan su total insuficiencia,
y surgen totalmente transformadas en una verdad vacía. En tales
cursos resulta invariablemente necesario estudiar en forma mucho más
profunda y analítica (…) Los puntos de ruptura de la coyuntura
comercial e industrial nos llevan a un contacto mucho más íntimo
con los nudos críticos en la trama de desarrollo de las tendencias
políticas, la legislación, y todas las formas de ideología”.
El
“fenómeno Trump” no es nuevo en este sentido, forma parte de
este desarrollo. Eso sí, ha exacerbado los desequilibrios y
tensiones a nivel mundial por el propio papel que juega la potencia
estadounidense.
El
mal llamado “populismo de derechas”, nacionalismo burgués
demagogo en todas sus variantes, ve crecer su base entre sectores
atrasados de la clase obrera, entre los que los capitalistas siempre
encontraron algún tipo de apoyo, mayor en las fases de
estabilización del capitalismo. Ahora, al principio de este periodo
de declive histórico capitalista, un sector de obreros atrasados ni
siquiera mira a la izquierda, lo cual puede cambiar, pero por ahora
no es así ni mucho menos en bastantes países. Y esto es así debido
a la debilidad histórica de la izquierda, no ya de la izquierda
revolucionaria.
Muchos
trabajadores atrasados siguen a Erdogan o a Trump. O también a la
derecha ultranacionalista en Europa Oriental. Allí, los exPC’s,
reconvertidos en socialdemócratas fueron los “facilitadores
necesarios” de las privatizaciones masivas y de la entrada en la
UE, en un momento en que se derrumbaba el nivel de vida de las masas,
cuando millones de familias cruzaron el continente, desesperadas,
para ser explotadas salvajemente en Occidente. Esto tarda en ser
olvidado.
En
estos países europeos, los dirigentes de la derecha nacionalista
intentan desviar todos los males y problemas hacia fuerzas exteriores
que amenazan a “su” nación: los burócratas de la UE, la UE
misma, los alemanes, los mediterráneos, los inmigrantes no europeos…
Algunos dirigentes quieren tejer una alianza especial con el
imperialismo norteamericano, o con el chino.
Ni
reír ni llorar,
decía Spinoza. Nos guste o no, el nacionalismo y la reacción crecen
en este contexto. Hay polarización a la izquierda que, en
determinados países, cuando brota, pugna por mal organizarse en una
izquierda no recobrada de su crisis. Pero sí se organiza a la
derecha. El compañero Mun le dio un nombre a este fenómeno, que
tiene su reflejo real en la física, polarización
inversa.
6.
China y EEUU disputan la hegemonía mundial
El
periodo actual (con todas sus diferencias), podemos compararlo al de
1914-45. Entonces, como Trotsky observó, ya en 1919-20, había un
capitalismo más poderoso que empezó
a dictar reglas a los demás, el norteamericano.
Sin embargo, a los
EEUU, después de superar a Gran Bretaña, le costó un cuarto de
siglo imponer plenamente sus reglas al resto del área capitalista
Gran
Bretaña, con su Imperio, empezó la guerra siendo el poder político
y económico más poderoso del planeta. Su moneda, la libra, era la
que se usaba como referencia en los mercados internacionales. La
principal plaza financiera era Londres. Tenía recursos para mantener
su política naval, basada en que siempre iba a tener más barcos que
la suma del segundo y tercer país con mejores armadas.
Sin
embargo, la economía de las islas británicas, ya antes de 1900
había sido alcanzada por los EEUU y, poco después, por Alemania.
Las relaciones mundiales, la política, las finanzas, todo lo que
conformaba la supeestructura política e ideológica bajo el
capitalismo, entonces, antes de 1914, necesariamente no había podido
adaptarse ipso facto
a los cambios económicos.
La
guerra sirvió, como transición de fase, para que la realidad
económica emergiera, expresándose en toda su plenitud. Y esto,
entonces, sorprendió a todos los analistas. Trotsky fue de los
primeros en exponer el gran salto que se había revelado. Los EEUU
tenían el 40% de las reservas de oro mundiales, junto con la más
moderna industria. Absorbía por medio de la inmigración una parte
de la mano de obra más fuerte y creativa del resto del planeta. Los
dos grandes imperios coloniales, francés e inglés, estaban en
descomposición y endeudados con los EEUU, que había reafirmado
durante la contienda sus lazos económicos con algunas de las
colonias británicas más pujantes, como Canadá, Australia o
Sudáfrica. Gracias a su robustecimiento, los EEUU pudieron imponer
al resto de burguesías la limitación de la flota naval mundial.
Sin
embargo, a pesar de que ya había un imperialismo que sobrepasaba al
segundo, y de que la diferencia crecía de año en año, el
equilibrio capitalista seguía destrozado.
Todavía los EEUU no eran
tan poderosos como para dictar plenamente sus condiciones al resto de
estados capitalistas avanzados. Todavía se tenía que dilucidar esto
aún más claramente. Por eso tuvimos dos décadas de convulsión en
el periodo entreguerras.
Para
que los EEUU impusieran su pleno dominio en el campo capitalista
tuvimos que esperar a 1944-45, una vez derrotados militarmente Japón
y Alemania, y con los imperios coloniales de Francia y Gran Bretaña
ya en abierta disolución. Y, no lo olvidemos, con la amenaza de un
refortalecido campo socialista, además de una revolución colonial
desatada, que echó en brazos de EEUU a unos desbordados países
europeos.
¿Qué
situación tenemos hoy? Entre 1900 y 1980 los continentes de Europa y
América concentraron en torno al 70-80% de la producción mundial.
En 2010 este porcentaje había caído al 50%, y en muy pocos años
puede situarse en torno al 40%.
China
ya adelantó a la UE
El
objetivo del XIII Plan Quinquenal chino, que acabó su aplicación en
2020, consistía en pasar del modelo de "fábrica del mundo"
a instituirse como gran "centro tecnológico mundial",
buscando ser líder global en 10 áreas críticas, incluyendo
tecnologías de información, biotecnologías e inteligencia
artificial, vehículos eléctricos, robótica o aeroespacial. En gran
parte este objetivo se logró.
Europa
se atrasó en la carrera. De cara a la actual crisis, a corto y medio
plazo, la capacidad de respuesta del capitalismo chino se antoja muy
superior a la economía central europea, que es la alemana. Y no
sólo por contar con más recursos económicos y poblacionales, que
también. La diferencia entre Alemania y China es el peso del sector
público. Se puede prever que, aunque en todos los países el Estado
va a ganar un mayor peso en la economía a raíz de esta crisis, la
capacidad que tiene el Estado de dirigir y reglamentar la economía
es cualitativamente superior en el caso chino. Con respecto a
Alemania, y con respecto a cualquier otro rival. Y esto, en
circunstancias como las actuales, le va a conferir una ventaja
añadida muy grande. El régimen bonapartista chino está
reorientando sectores productivos enteros más rápidamente que sus
rivales europeos en este contexto global de cambio hacia las nuevas
áreas emergentes.
Los
chinos están haciendo un esfuerzo importante para lograr alianzas
con empresas fundamentales europeas, lo que es claro en el sector del
automóvil, y en la transición al coche eléctrico. Mientras ellos
buscan alianzas con la UE, Biden apenas acaba de parar la guerra
comercial entre EEUU y la UE. Biden busca aislar cueste lo que cueste
al capitalismo de estado chino, a quien ve como a su principal rival,
y que, de no cambiar mucho las cosas, le va a sobrepasar en unos
años.
Frente
a la beligerancia de EEUU, quizás China logre la alianza o
neutralidad de una UE que, en cualquier caso, está recelosa del
creciente poderío chino. Esto, a su vez, puede cambiar más
adelante. Los años que tenemos por delante van a poner encima de la
mesa la situación vivida en los años 20 y 30 del pasado siglo:
aliados que cambian de bando ante una situación excepcionalmente
dinámica.
La
mayor parte del valor generado en las últimas décadas se ha
desarrollado en Asia, y allí China está amplificando su papel
dominante en la región.
Hay
un capitalismo pujante que tiende a alcanzar a los EEUU.
Precisamente por ello, los
EEUU pretenden impedir infructuosamente este sorpasso.
Alargarán el desenlace a costa de generar una situación mucho más
convulsa. Frente a problemas globales a los que se enfrenta el
capitalismo, nuevamente, como hace cien años, no va a haber una
salida consensuada. Y es necesario que sea así, pues de lo que
estamos hablando es que el mundo se ha quedado demasiado pequeño
para los dos colosos, con intereses opuestos e irreconciliables.
Analicemos
ambos capitalismos.
China
En
2006, el sector secundario representaba el 48% del PIB de China. El
terciario representaba el 42% del PIB. Para final de 2019 las
proporciones se habían invertido: 39% del PIB para el sector
secundario y 53,9% para los servicios. Como señala Roach, “para
las grandes economías, los cambios estructurales de esta magnitud en
un período tan corto no tienen prácticamente precedentes”. Pero
estas cifras no indican toda la realidad. El actual sector secundario
ha cambiado totalmente con respecto a una década atrás, y gran
parte de la producción industrial hoy es tecnología punta,
productos y servicios de alto valor añadido.
El
analista Vijay Prashad explica los cambios que lleva intentando
implementar la dirección del PCCh desde hace tiempo:
“En
2005 había quedado claro para una parte de la dirección del PCCh
que no todo estaba bien en el experimento chino. El presidente Hu
Jintao y el primer ministro Wen Jiabao hablaban en nombre del inmenso
interior de China, que era donde se hundían sus raíces políticas
(…) El coeficiente de Gini para China pasó de una posición de
igualdad razonable (0,29 en 1981) a ser menos igualitario (0,39 en
1995) y muy desigual en la época en que Hu accedió al cargo (0,41
en 2007). Esto sin duda significaba una señal de alerta. También lo
significaba el aumento de las protestas públicas (lo que el gobierno
llama “incidentes de masas”). En 2005 el ministerio de Seguridad
pública informó que se produjeron 87.000 de estos “incidentes”,
casi un siete por ciento más que el año anterior”.
Piketty
afirma en su última obra que “el proceso de privatización de la
propiedad se detuvo en 2005-6”, manteniéndose desde entonces un
equilibrio entre el sector privado y público.
Los
dirigentes chinos querían tener el control para ir a una economía
de más servicios, y así generar mayor estabilidad social. Antes de
2007 sondearon repetidas veces a los occidentales para cambiar las
condiciones de la relación existente en el concierto global, a
saber: China era la “fábrica exportadora” cuyo superávit en la
cuenta corriente iba en parte a comprar bonos de EEUU que sostenían
al dólar, favoreciendo su consumo interno. A cambio de favorecer una
flotación del yuan más libre en los mercados, y abrir más su
economía, pidieron ocupar mayor poder en algunos de los foros de
decisión económica internacionales, como el Banco Mundial y el FMI,
pero esto les fue negado.
En
la reunión del G20 de la primavera de 2009 China propuso una
política concertada que cambiase las reglas de juego establecidas a
nivel internacional desde Bretton Woods. Se trataba de dar peso a la
divisa formal que utiliza el FMI de referencia entre las diferentes
monedas, el derecho
especial de giro
(DEG). Pekín quería estabilizar su economía, reducir su superávit
comercial, pero a condición de reequilibrar su relación asimétrica
y dependiente con respecto s los EEUU. Nuevamente, los EEUU se
negaron, no iban a renunciar graciosamente al privilegio del dólar.
Paradógicamente,
en 2008, cuando el gobierno chino había decidido ir a una economía
más dependiente del sector servicios, con un mercado interno más
fuerte, la economía de Occidente cayó. China, muy a pesar suyo,
tuvo que acudir en socorro de la economía mundial, so pena de correr
el riesgo de verse afectada con disturbios sociales crecientes.
Cinco
años después de 2009, en seis de los ocho principales sectores
industriales (acero, aluminio, cemento, refinerías, vidrio, papel)
el índice de utilización de las fábricas era incluso más bajo de
lo que era en 2008, en plena crisis mundial. Se acrecentó en demasía
la sobrecapacidad y el endeudamiento. El gobierno chino puso sobre la
mesa un plan de cierre de empresas deficitarias, promoviendo el
desarrollo de empresas de más alta tecnología en todas las áreas.
Ese ha sido el eje de la última década. Y Roach, privilegiado
estratega burgués destacado sobre el terreno, alertó de este cambio
ya en 2011:
“…China
ha puesto en marcha un plan para buscar nuevas fuentes de empleo,
elevar los sueldos y reducir la tasa de ahorro construyendo el
embrión de una red de seguridad social. Son los cimientos de una
sociedad de consumo. Eso es imprescindible. Pero a la vez un riesgo
enorme (…) China es el mayor ahorrador del mundo. Elevar el consumo
reducirá la tasa de ahorro y con ella su nivel de acumulación de
reservas, su demanda de bonos, de dólares estadounidenses (…) Si
el mayor ahorrador empieza a consumir, pero el mayor consumidor no
empieza a ahorrar, ¿cómo va a financiarse Estados Unidos? (...) Los
riesgos de una caída desordenada del dólar son significativos…”.
Escrito en 2011, parece estar hablando de hoy.
Una década más tarde,
Roach exponía cómo las exportaciones suponían el 20% del PIB,
desde el máximo del 35% al que llegó en 2005-6.
Así,
tenemos que desde hace años el consumo es la parte fundamental de la
economía. Los datos de la Oficina Nacional de Estadísticas china
muestran que el consumo contribuía, con un 76,2%, al crecimiento del
PIB de 2019, en mucha mayor medida que el peso total que tenía ese
año en la economía.
Desde
hace más de una década repetimos, a veces como papagayos, que China
debía crecer un mínimo de un 6% anual para absorber la masa de
población que se traslada del campo a la ciudad, para mantener así
una senda mínima de crecimiento. Hace una década eso era así
debido al brutal nivel de inversión que había, que se mantiene de
hecho en una parte importante, una parte del cual estuvo siempre
dirigido a empresas “zombis”, como veremos más tarde. Eso
reflejaba el carácter del crecimiento chino, donde una fenomenal
inversión para renovar el stock de capital era consustancial al
mismo.
Pero
China ya transitó el camino, años ha, de cara a efectuar el cambio
de una economía que era fundamentalmente
de exportación a otra donde el consumo empieza a jugar un papel
mayoritario. Aunque se mantienen problemas básicos de la etapa
anterior (ya que se
está en una etapa de transición),
ha habido cambios claros.
Ese
6-7% que ha crecido China cada año entre 2006-19 no es el “mínimo”
que necesita su economía ahora. Vamos a los hechos: han sido los
años de un crecimiento cualitativamente diferente, donde el sector
tecnológico se multiplicó, donde hubo crecimientos anuales del 15%
en la masa salarial. Frente a la retórica de EEUU, según Roach, en
los últimos lustros China no compitió en base a una depreciación
del yuan. Al contrario, este se apreció un 25% respecto del dólar
entre 2005 y 2015. Esto explica que el superávit por cuenta
corriente de China cayera desde un 10,1% del PIB en 2007 a un 2,7% en
2015, y a un 2,5% en 2016.
El
imperialismo chino
De
ser una economía que servía de base industrial básica a la de las
principales potencias, gracias al mecanismo de copia inicial de las
inversiones potenciado por el gobierno chino, se ha ido desarrollando
su economía, absorbiendo el know
how
exterior y, cada vez más, desarrollándolo originalmente de forma
acelerada.
Desde
hace años China no es una economía dependiente, aunque las inmensas
tierras alejadas del este del país tuvieran un nivel de vida que
rozaban la pobreza. Es el desarrollo desigual y combinado aplicado a
la era actual, la que vivió los cambios más acelerados de toda la
historia de la humanidad. Hoy, China teje una relación imperialista
con otros países menos desarrollados a los que proporciona
financiación, inversiones, mercancías y, desde hace años,
productos con cada vez mayor valor tecnológico.
China
busca derivar industrias básicas hacia estos países, donde la
fuerza de trabajo es más barata y se extrae mayor plusvalía,
generando a su vez nuevos mercados. Estos países exportan a China
materias primas, pero también mercaderías semielaboradas.
China
también promueve, a través de la deuda, una relación de dominio
imperialista en un área de influencia cada vez mayor en los cinco
continentes en torno a la que basar el yuan, al que quiere establecer
como una divisa dotada de estabilidad propia, basada en esa área
económica. Los pasos en los últimos años han sido claros en este
sentido, y se han acelerado a raíz de la crisis de la covid.
Las
nuevas rutas de la seda
En
2013 China se destapó. Una vez superado el bache de la Gran Recesión
mundial, lanzó la iniciativa Belt
and Road (“cinturón
de carreteras”), o “Nuevas rutas de la seda”, como la están
llamando la mayor parte de analistas. Este plan agrupa a más de 70
países para crear una red de infraestructuras que, en última
instancia, faciliten la conectividad física de China con el resto
del mundo. A mediados del presente año, China ya ha prestado, o
invertido, 461.000 millones a naciones participantes, pretendiendo
llegar a un billón de dólares.
Latinoamérica
ya no es el “patio trasero” de los yankees…,
desde hace años. China es el primer socio comercial de Brasil,
Chile, Perú y Uruguay, y el segundo de Argentina. También es el
primer inversor en Venezuela, Ecuador y Argentina.
China
concedió una línea abierta swap
a Argentina, por valor de 8.500 millones de dólares, renovada en
julio de 2020, en un momento en el que el gobierno de Alberto
Fernández se quedaba sin financiación y nadie se la daba…
África
es territorio crecientemente chino. Pekín ha conquistado el mercado
africano, es el primer socio comercial, así como el mayor acreedor,
con cifras que superan los 145.000 millones de dólares.
¿Qué
está sucediendo ahora, cuando China ofrece a un precio barato su
vacuna contra la covid a países que tienen dificultad para
acapararla? Y no sólo la vacuna. La diplomacia
sanitaria juega un
papel en momentos como el actual. Lógicamente, siempre será a
cambio de algo. Primero el comercio, y luego las armas. Pekín tiene
su primera base militar en el extranjero, en Djibouti. Y construye
más en otros países.
Peso
y PODER del sector estatal
China
tiene a 119 de sus empresas en la lista de las 500 corporaciones más
grandes del mundo, según el listado de 2019 de la revista Fortune.
La mayor parte de ellas son empresas estatales.
Aunque
hay discusión en torno a las cifras exactas, el peso del sector
público en el capitalismo de estado chino puede estar
aproximadamente en torno a un 35-40% del PIB global, a medias entre
el estado central y las provincias, municipios y fundaciones
públicas. Hay autores que suben esta cifra y otros que la bajan.
Piketty, en 2019, defiende que el Estado posee más del 50% del valor
producido por las empresas manufactureras, y el 30% del patrimonio
global chino.
El
30% de los afiliados al PCCh son “cuadros y técnicos del Estado”,
porcentaje superior al de la población global. La alta burguesía,
igualmente, está sobre-representada en la Asamblea Nacional Popular
y en el resto de altos organismos del Estado y del partido.
El
carácter capitalista predomina sobre todo. Pero el Estado
interviene, aprendiendo del ejemplo ruso, para evitar que la mayor
parte de los beneficios escapen a Suiza o Londres. La crisis de la
covid dio otra vuelta de tuerca hacia la reafirmación del estado
chino para sujetar el poder de sus ya poderosas multinacionales.
Es
conocido el ejemplo de una de las filiales de la principal empresa
china Alibabá, Ant, que promovió una OPV, una salida a bolsa que
iba a ser espectacular. Ant basa su negocio en la intermediación
bancaria (nicho al que pretenden “hincarle el diente” las grandes
tecnológicas americanas). Pero Ant no es un banco, no está
controlada por los reguladores y sí se servía del soporte físico
de los bancos públicos para hacer negocio. Otorgaba la cuarta parte
de créditos de consumo que el principal banco público chino (que
tiene un balance 100 veces superior al de Ant). Si hubiera habido una
caída por impagos, Ant no se hubiera visto perjudicada, pero los
bancos públicos con los que hace negocio sí.
Ante
este escandaloso beneficio el capital acudió a mansalva a la OPV. En
los meses anteriores, el valor de salida de Ant se decuplicó. La
valoración final de la OPV propuesta era de 200.000 millones de
dólares. Había una burbuja (había varias más en la economía por
entonces) en un momento más que peligroso, cuando la economía
seguía convaleciente tras la pandemia, y la situación podía
tornarse peligrosa. Así que el gobierno intervino, dando un giro
total a la hora de controlar el valor, inversiones y fiscalización
de todas sus principales tecnológicas.
En
apenas dos meses, el estado chino paralizó esta y otras salidas a
bolsa, encarceló a un presidente de un banco corrupto, al que
condenó a muerte. El presidente de Alibaba, Jack Ma, el hombre más
conocido de China tras Xi Jinping, estuvo desaparecido durante meses
y su compañía fue penalizada con una multa millonaria. Sus
posibilidades de negocio (junto con la de Tencent y otras) fueron
mermadas. Cuando reapareció, Jack Ma pidió perdón por su
comportamiento. Al mismo tiempo, se estaba discutiendo el XIV plan
Quinquenal, donde se incrementaba la contribución impositiva de los
ricos, de diferentes maneras.
El
conjunto de todas estas medidas suponen una sonora bofetada sobre los
capitalistas chinos, al mismo tiempo que una advertencia. Esto,
sencillamente, está a años luz de lo que puede hacer EEUU, y le da
al capitalismo de estado chino una ventaja competitiva crucial sobre
el resto.
En
la burbuja perenne de la construcción, que crece vertiginosamente de
forma recurrente se tomaron medidas para pincharla. No era la
primera, ni la segunda burbuja, que el estado contribuyó a pinchar
en este sector.
Deuda
corporativa y deuda global chinas
Igualmente,
el Estado se fijó como objetivo controlar la deuda de sus empresas,
que es la enfermedad más seria a la que se enfrenta el capitalismo
chino, fruto del peso tan brutal que juegan las inversiones, que se
renuevan constantemente, en lo que ha constituido la esencia de su
crecimiento en las últimas décadas.
Según
una investigación realizada por Rhodium Group, empresa de
consultoría occidental, en 2018, el rendimiento promedio de los
activos entre las empresas estatales era del 3,9%, en comparación
con el 9,9% de las empresas privadas. Además, las empresas estatales
representaban el 28% de los activos industriales de China, pero
contribuían únicamente con el 18% de los beneficios totales (este
estudio no computaba a las empresas públicas locales o de las
provincias). De igual manera, acumulaban una deuda de 100 billones
RMB (15 billones de dólares USA) a finales de 2017, equivalente a un
120% del PIB nacional.
Según
el economista chino Guonan Ma, la caída de los beneficios
empresariales ha llevado a que las empresas no tengan capacidad
interna para llevar a cabo sus inversiones, sostenidas en gran parte
por los bancos públicos (los mayores del mundo), provincias y
ayuntamientos.
China
es la economía que tiene un mayor porcentaje de empresas zombies,
que es otra forma de expresar que China es la economía que mejor
expresa la enorme sobrecapacidad existente.
El
mecanismo burocrático por el que, en función del desempeño de una
zona en particular, más rápido se asciende de rango en el aparato
gubernamental, y del PCCh, es determinante para el mantenimiento de
industrias obsoletas. Los funcionarios del partido de las provincias
siempre trataron de eludir las dificultades para facilitar préstamos
que no debían otorgar. Estos préstamos de administraciones locales
o bancos públicos se registraron muchas veces como “deuda
empresarial” cuando no lo eran, eran deuda de la provincia o
municipio.
Ma,
que es un liberal que está en contra de la política actual de Xi
Jinping, sugiere que en China puede ocurrir lo que en Japón en la
década final del siglo XX, que se trasvasen este tipo de préstamos
fallidos al Estado.
El
aumento incesante de la deuda empresarial no hace sino agravar los
riesgos actuales para la economía, que incluyen una burbuja en el
mercado inmobiliario y un sector bancario hinchado que, tras
cuadruplicar las carteras de préstamos en el último decenio, está
sentado sobre montañas de deuda tambaleante.
Así,
el Banco Internacional de Pagos afirma que la deuda global china es
la mayor de todos los países industrializados, un 320% de su PIB.
Desde otoño de 2019 a otoño de 2020 se han reconocido más de
490.000 millones de dólares en préstamos como incobrables por parte
de los bancos públicos, según Reuters,
pero otros analistas consideran que esta es una cantidad mínima. En
cualquier caso, la inmensa mayoría de los créditos están otorgados
por los grandes bancos públicos, lo que permite al gobierno
reconocer los créditos tóxicos cuándo y cómo le convengan.
Pero
sucede que en los últimos años, y meses, el gobierno chino ha
reaccionado ante esta situación, tomando medidas para prohibir los
“préstamos en la sombra” y poner coto a la “banca en la
sombra”. De esta manera, ha obligado a los gobiernos provinciales,
entidades locales y empresas locales (cuyas relaciones están
bastante entrecruzadas) a pedir préstamos en los mercados de bonos
en lugar de a los bancos, para mejor fiscalizar la deuda, haciendo
además accesibles los mercados de bonos a inversores extranjeros.
China
oferta ya el segundo mercado mundial de bonos públicos, en la medida
en que su deuda global creció ingentemente en los últimos doce
años. Ofrece una rentabilidad mayor que ningún país avanzado,
cuando la QE provoca que 11 billones de dólares de deuda mundial (el
36% de la misma) ofrezcan rentabilidades directas negativas. Esto
amenaza aún más la estabilidad global de otros gobiernos y empresas
a escala planetaria, pues todos quieren colocar su creciente deuda.
El
momento, de transición entre dos formas de crecimiento, es delicado.
Precisamente cuando se habían dado pasos sustanciales para poner fin
a estas prácticas es cuando la economía cayó por la pandemia.
Antes, en 2018, varios bancos pequeños habían tenido problemas de
liquidez y fueron nacionalizados, tendencia que se reforzó en 2019.
En los últimos meses de 2020 las escenas de colas y pánicos locales
se extendieron. El gobierno promovió la fusión de los bancos más
insolventes, pero esta salida es limitada. Probablemente, más tarde
o temprano, tendrá que acometer una gran reforma financiera,
incrementando más aún el peso del Estado en el sector.
La
empresa constructora mayor del país, China Evergrande, tenía una
deuda de 123.000 millones de dólares y pidió a fines de septiembre
de 2020 a las autoridades una operación urgente en Bolsa para lograr
financiación exprés. La respuesta del gobierno para evitar por
ahora la intervención de la empresa fue obligar a la compañía a
vender sus pisos un 30% más baratos, y así obtener liquidez. Si
este tipo de respuestas se generaliza, incentivarán la tendencia a
la deflación de manera clara: la urgencia cortoplacista de liquidez
lleva a que el valor de una empresa y sus propiedades caiga con mayor
rapidez que el préstamo o la deuda, se deprime la inversión, y cae
más la economía. Al final, el Estado tendrá que intervenir. La
probable diferencia en China es que va a ser de una forma más
controlada desde arriba, en algún punto entre Keynes y Schumpeter. Y
que el Estado tiene ahorros, cosa que no sucede en los EEUU, puede
cerrar determinadas áreas de la economía o reconvertirlas.
Sin
embargo, la crisis de la covid llevó a seguir manteniendo abierta el
grifo del crédito, por el miedo a una explosión social.
Salarios
y estado del bienestar
Según
el Banco Mundial, en China, el porcentaje de población en
condiciones de pobreza ha caído desde el 88% en 1981 a menos del 1%
en la actualidad.
Hay
una diferencia enorme entre los salarios de la costa y los del
interior. Y, dentro del interior, entre la ciudad y el campo (casi el
40% de la población vive en el campo, el porcentaje más alto de los
países industrializados). De hecho, una parte básica del salario de
muchos trabajadores inmigrantes sigue volviendo al campo para ayudar
a la familia que se dejó atrás. Y no puede ser de otra manera: en
mayo de 2020, el primer ministro Li Keqiang hizo público que el
ingreso per cápita en la mayor parte de las áreas rurales era de de
117 euros al mes.
El
objetivo del recientemente aprobado XIV Plan Quinquenal (para los
años 2021-25) es incrementar las ayudas sociales al campo y zonas
más pobres, liberar ahorro y reforzar aún más el mercado interno.
Se pretende con esto, igualmente, controlar la lucha de clases. Dicho
esto, en el conjunto de prestaciones sociales se parte de cifras aún
muy bajas en relación con los países capitalistas más avanzados.
En
cualquier caso, hay que remarcar que hace solo veinte años
únicamente el 3% de la población china contaba con un seguro de
salud, principalmente empleados de empresas públicas. El resto debía
apoyarse en su círculo cercano, y una enfermedad grave podría
causar la ruina de toda una familia. En 2018, la cifra de asistidos
sanitariamente por el Estado había ascendido al 95%. En 2020, en
torno a la mitad de los gastos de hospitalizaciones y de tratamientos
de enfermedades graves quedaban cubiertos, además de los reembolsos
vinculados a las consultas médicas y a los procedimientos médicos
básicos. En las provincias ricas, como Zhejiang y Jiangsu, la tasa
de reembolso asciende al 80%.
En
educación, se quiere llegar a que el 60% de jóvenes sean
universitarios en 2025, lo que dice mucho del nivel de cualificación
que se pretende que tenga la mayor parte de la mano de obra.
En
el informe anual de Crédit
Suisse sobre riqueza
global de 2019 se recoge que un 33% de lo que consideraba “clase
media mundial” (con un nivel de vida entre 10.000 y 100.000
dólares), estaba en China, lo que representa unos 300 millones de
personas. Lo que aquí se llama “clase media” es la casi
totalidad de la clase obrera urbana, más las clases medias, en
sentido marxista.
China
no es inmune de ninguna de las maneras a la lucha de clases, pero su
gobierno posee recursos de los que carecen otros países para hacer
concesiones relativas a los trabajadores en mucha mayor medida que
sus competidores a nivel global.
La
Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo XIX mantuvo relativamente
controlada la lucha de clases, merced al papel imperialista que
jugaba como primera potencia global en el conjunto del planeta.
Similar papel pudieron jugar los EEUU cuando sustituyeron a Gran
Bretaña, a pesar de los años turbulentos de la segunda mitad de los
30. La presente crisis va a acentuar la desigualdad en toda la OCDE,
pero parece que China va a acentuar aun más que sus rivales la
adopción de políticas que atenúen las posibilidades de un
estallido social.
El
nuevo Plan Quinquenal pone el énfasis en la “circulación dual”.
Es una expresión perfecta, que sintetiza todo lo aquí explicado.
Significa dominio
imperialista, muy inteligente por ahora, fuera. Y dentro, estímulo
del mercado interno. Ser más autosuficiente, ser más fuerte
tecnológicamente para mejor dominar fuera y generar estabilidad
social dentro. Para ello el plan Quinquenal apuesta por subir los
impuestos a los salarios altos, así como endurecer los impuestos
sobre el patrimonio.
En
definitiva, China ha logrado establecer una red de países en torno
suya, más o menos dependientes, que la proveen de hidrocarburos
(importa el 70% y 45% del petróleo y gas natural que consume),
materias primas y mercaderías básicas. En determinadas áreas muy
concretas necesita importar aún determinados productos de alta
tecnología, como semiconductores, pero aprobó en su último Plan
acabar con dicha dependencia. Y lo logrará.
EEUU
El
imperialismo americano quedó retratado ante la ruptura del orden
global que alumbró la Gran Recesión. Ya no es el 40% de la economía
mundial que representaba a fines de los 60. A principios de 2020
suponía un 24%, pero la tendencia es menguante, en permanente
declive. Aun siendo la principal fuerza militar global, en las
guerras de Irak y Afganistán, dedicando ingentes recursos humanos,
militares y económicos, fue incapaz de estabilizar dichas zonas.
En
función del modo de funcionamiento adoptado desde los años 80, el
economista Osvaldo Rosales
explicaba algunos problemas estructurales de la competitividad
estadounidense respecto a China:
“El
ahorro de las personas en EEUU presenta una tendencia fuertemente
declinante desde hace décadas. La tasa sobre el ingreso disponible
era del 10% al 13% entre 1960 y 1980, solo de un 5,5% en la primera
década del 2000 y apenas del 3% al 4% en 2017 (…) Este dato de la
debilidad estructural de las cifras de ahorro-inversión en la
economía estadounidense es fundamental para entender las
proyecciones del conflicto con China. Mientras las tasas de
ahorro-inversión de EEUU se mueven en torno al 20% del PIB en los
últimos 40 años, las de China superan el 30% hasta inicios de la
primera década del siglo XXI y se estacionan en torno al 40% desde
entonces. Es cierto que la elevada magnitud del esfuerzo chino de
ahorro-inversión refleja ineficiencias marcadas en la asignación de
recursos, pero también es cierto que la inversión en
infraestructuras (carreteras, vías férreas de alta velocidad,
puertos, aeropuertos) y capacidad tecnológica constituye una
expresión precisa de los avances chinos en competitividad e
innovación, redes 5G incluidas. China está consiguiendo cerrar la
brecha con EE.UU. de un modo muy rápido y en algunos de ellos, como
redes 5G, trenes de alta velocidad o calidad de carreteras, lo ha
sobrepasado”.
Una
parte de la inversión (y deuda privada) en China encubre el
funcionamiento de empresas zombies,
pero esto también ocurre en EEUU (un 20% de sus empresas aquí
merecen el calificativo anterior). Pero parece que una parte más
importante del endeudamiento chino se debió a nuevas inversiones
llevadas a cabo en maquinaria o infraestructuras, en mucha mayor
medida que los EEUU… En base al contexto actual, hay más
posibilidades de que el capital invertido se maximice y replique en
China.
“…El
capital fijo de las corporaciones de EEUU envejece; la antigüedad
media de las estructuras y el equipamiento es la más grande desde
1964 y 1995 respectivamente, y, para los productos de propiedad
intelectual, como el software, desde 1983 (…) La tasa global de
actividad cayó hasta el 63% a finales de 2014. La más baja desde
1978…”, indicaba Roberts en su libro.
Mientras
la UE apuesta sin ambages por fomentar el coche eléctrico, los EEUU
están presos de su autosuficiencia en hidrocarburos, y hasta hace
poco la política del gobierno era apoyar decisivamente este sector,
pues representa un porcentaje nada despreciable de su economía.
Si
se hubiera mantenido la política de Trump de abrir Alaska a la
explotación petrolífera y se hubiera seguido potenciando el
fracking,
EEUU se hubiera echado un ancla al hombro, precisamente en un momento
de disrupción, donde ya las inversiones en las nuevas formas de
energía (que son cruciales en China por su debilidad en
hidrocarburos) las hacía competitivas.
Así,
por primera vez en décadas, estaba sobre la mesa el que incluso
Europa pudiera adelantar a los EEUU en un sector de innovación de
primer nivel. En camiones, furgonetas y trenes eléctricos la UE ya
está más avanzada que EEUU. En Noruega, el país donde más coches
eléctricos hay por porcentaje de población, Tesla era la marca más
comprada hace tres años. Ahora es Volkswagen. La misma tendencia
vale para la mayoría de países europeos. Las compras chinas en
Europa, cruces de acciones mutuas, y diferentes alianzas y joint
ventures entre
empresas chinas y europeas para el desarrollo del coche eléctrico,
generan ya una gama mucho más variada, y cada vez más creciente, de
modelos bastante más asequibles para el consumidor medio que Tesla
¿Los estrategas norteamericanos más inteligentes van a permitir
esto?
Como
siempre ocurre ante las posibilidades de un nuevo mercado en
expansión, decenas de miles de millones de dólares están
dirigiéndose, crecientemente, hacia el mercado de los coches
eléctricos. Volkswagen, en el último año, cambió al alza hasta
por tres veces sus gigantescas inversiones previstas para los
próximos años. La última cifra está en torno a los 30.000
millones de dólares.
Evidentemente,
habrá problemas, como poco, de dos tipos: de una parte, una burbuja
en formación en torno al nuevo sector que aparentemente promete
pingües plusvalías. De otro, cierres de factorías y empleos en la
“vieja economía”, que sea sustituida por la “nueva”. Al
mismo tiempo, estas gigantescas inversiones no van a hacer que en el
corto plazo la clase trabajadora, de forma masiva, puede acceder a
comprar los por ahora caros coches eléctricos. Si, en mitad de este
proceso, hay una caída de la economía, veremos una caída que puede
arrastrar hacia su definitivo fin a compañías históricas. Por eso
el Estado, como en ocasiones anteriores en épocas de crisis,
interviene para respaldar inversiones en el nuevo sector.
El
recién llegado Biden,
para empezar, ha presentado un programa económico que abraza parte
del nacionalismo económico de Trump bajo el lema “compra productos
americanos”. En el plan
de infraestructuras que ha diseñado, en realidad buena parte de las
cantidades asignadas van dedicadas a subvenciones a empresas y
programas de inversión privados. Como hace la UE. A pesar de su
reciente reunión con sus socios del G7 y el acuerdo sobre el fin de
las sanciones mutuas en la industria de la aviación, las tensiones
se mantendrán con los europeos. Hay intereses comunes contra China,
pero hay necesidades diferentes respecto a ella: Alemania y Holanda,
junto con sus países satélites en Europa, necesitan seguir
exportando allí.
No
por casualidad se produjeron tras el estallido de la pandemia las
históricas movilizaciones del verano de 2020 ante el asesinato de
George Floyd, Con millones de manifestantes en prácticamente todas
las ciudades de EEUU, con escenas semi-insurreccionales. Hay
elementos fundamentales de las mismas que tienen su último origen
en la discriminación racial y en la condición social de los
afroamericanos que nos retrotraen a la propia conformación de los
EEUU como una nación esclavista. La discusión sobre la memoria
histórica se concreta en EEUU en este aspecto. Y se llena aún más
de contenido con la discriminación que sufren otras minorías. En
este sentido, vinculado a otros problemas profundos que sufre, los
EEUU sufren una crisis de régimen.
Los
Demócratas Socialistas Americanos, DSA, que eran unos 6.000 hace muy
pocos años, ahora dicen ser más de 60.000. Su influencia crece.
Dentro hay desde socialdemócratas (Alexandra Ocasio-Cortez militó
dentro) hasta muchos que se reclaman marxistas o comunistas. Los EEUU
son un país donde existe el potencial para una crisis revolucionaria
en los próximos años.
Significativamente,
el país más rico de Occidente es el más desigual, más que China.
Donde un 1% de la población está en la cárcel, más que en China.
Salió antes de la recesión que la UE porque en los EEUU los
sindicatos son más débiles, hay menos derechos y más
desregularización social. Pero todo tiene un límite, no puede
llegar a lograr de forma generalizada los niveles de explotación
para el conjunto de la clase trabajadora que existen en China. El
trabajador norteamericano ya llegó a un tope y se está preparando
una explosión social de seguir la actual dinámica.
Había
que hacer algo. Y se hizo. De ahí el plan de Biden, que ha
sorprendido a todos. Y a nosotros también. Por eso, como marxistas,
debemos tener una visión general y amplia de la historia del
capitalismo. Históricamente hablando, la nueva “guerra fría”
desencadenada entre los EEUU y China, junto con la ventaja
competitiva del modelo de Estado chino impele a los EEUU a dotar al
Estado de más recursos, así como a subir la contribución a sus
hiper-ricos para renovar su stock de capital. Al mismo tiempo,
intenta conjurar una explosión de la lucha de clases, que le fue
avanzada por los disturbios de millones tras el asesinato de George
Floyd.
¿Hacia
una desglobalización del capitalismo?
La
ruptura que se ha dado con la crisis de la covid en la cadena de la
creación de valor, puede tener efectos importantes. Para el sistema
capitalista, se ha mostrado el reverso tenebroso del just
in time y de la
mundialización. Igualmente, ante la visibilización cada vez más
clara de futuras rupturas geopolíticas que acaben afectando a las
cadenas de valor, se incita a las diferentes potencias a que acorten
las mismas, tendiendo a acercar a sus respectivas zonas de influencia
la manufactura o acopio de determinados bienes esenciales.
Por
tanto, por diferentes motivos, forzados o no, se van a producir
quiebras, desinversiones o traslados a otros países, que se
beneficiarán de los cierres de empresas (no sólo en China). El
efecto subsiguiente puede ser el de una reducción, tanto del
comercio mundial, como de la tasa de crecimiento global de la
economía, lo que veremos más claramente cuando se estabilice la
economía capitalista (si llega a hacerlo) tras el rebote
postpandémico.
Diferentes
investigaciones muestran que las Cadenas de Valor Mundiales generadas
con la mundialización de las últimas décadas suponen
aproximadamente el 75% del crecimiento del comercio mundial, siendo
China la fuente más importante de esta expansión.
La
historia de la humanidad es la lucha por el aumento en la
productividad del trabajo, y va a ser muy difícil contrarrestar las
ventajas que ofrece China para las multinacionales occidentales.
Hace
años, la economía china tenía una dependencia del sector exterior
extrema. Como hemos explicado, ahora no es así. Dentro del mundo
occidental, Alemania se enfrenta a una dependencia en este sentido
mucho mayor.
El
torbellino de la actual crisis puede reducir temporalmente la
globalización capitalista, pero todas las fuerzas empeñadas en las
últimas décadas no han quedado en vano. Se irá a una variante de
la actual globalización que conocemos, donde se expresará una
acentuación de los diferentes bloques comerciales.
El
proceso de deslocalización que en su día vivieron las economías
occidentales en favor de China (y otros países), lo vive la propia
China desde hace años. Empezó en el sector textil y prosigue en
otros, primero trasladando industrias al interior más pobre del
país, pero también a otros países donde ahora hay mano de obra más
barata: Bangladesh, Myanmar, Camboya... Y, desde hace años, también
a África.
Un
burgués muy inteligente, y muy influyente a nivel mundial, Klaus
Schwab, fundador y Presidente del Foro de Davos, fue uno de los
primeros en definirse ante la ruptura que supuso la pandemia, en
septiembre de 2020, con su libro Covid-19:
el gran reinicio,
entendiendo cómo la
crisis de la covid suponía un parteaguas en la política mundial.
Habla de una regionalización de la globalización, con alzas y
bajas:
“…En
el periodo previo a 1914 y hasta 1918, se produjo un fuerte impulso
antiglobalización, que disminuyó durante la década de 1920 para
reavivarse en la década de 1930 como resultado de la Gran Depresión
(…).”
Vamos
entonces a una globalización por bloques regionales, donde las
potencias dominantes van a ser, de un lado, los EEUU y, de otro,
China, con sus países satélites y áreas de influencia. Entre
medias, la UE queda como una construcción cada vez más débil
donde, en este contexto, las fuerzas centrífugas parece que van a
dominar sobre las centrípetas.
¿Cómo
acabará esta disputa? “…La pura verdad es que nadie puede
anticipar (…) cómo evolucionará la rivalidad entre EEUU y China,
aparte de decir que inevitablemente crecerá (…) EEUU ha dado un
traspiés en la crisis pandémica y su influencia ha disminuido.
Mientras tanto, China podría estar tratando de beneficiarse de la
crisis ampliando su influencia exterior”.
¿Sorpasso
de China?
El
1 de julio de 2020 el economista Harold James publicó un artículo
donde alertaba de que “el desarrollo más importante es que la
hegemonía del dólar americano puede finalmente estar llegando a su
fin”. Otro economista norteamericano, Robert J. Gordon, predice que
hay varios vientos en contra de su país: envejecimiento de la
población, desigualdad creciente, competitividad decreciente
respecto a Asia, recortes en educación que afectan a la
productividad, regulaciones medioambientales al alza y una deuda
excesiva. Cree que la tendencia del crecimiento de los EEUU puede
reducirse de manera generalizada en un futuro próximo.
Uno
de cada dos vehículos eléctricos que funcionan en el planeta está
en China. En 2019, los fabricantes chinos suministraron el 42% de las
turbinas eólicas del mundo, y el 76% de los módulos solares.
Quieren reducir en breve plazo su extrema dependencia de la
importación de hidrocarburos. Va a multiplicar la electrificación e
hidrogenización
de su economía.
China
depende en exceso de los semiconductores producidos en otros países.
Y no sólo en este sector está aún más atrasada que en Occidente.
Pero tiene las herramientas de la que carecen sus competidores, que
le están permitiendo tomar medidas con antelación de cara a generar
las cadenas de valor que la hagan menos dependiente de Occidente.
Si
en el cambio del milenio la economía china suponía un 13% del PIB
de Estados Unidos, para 2016 ya era el 60% (y alcanzará, en 2023, el
88% según el FMI). Con un crecimiento medio para los EEUU del 2%, y
del 6% para China, alrededor del 2030 China podría superar el PIB de
los EEUU. Otras instituciones, adelantan la llegada de este
acontecimiento.
7.
Hacia una grave crisis financiera
Roubini
escribía en su libro de 2010, que entre 1826 y 1933, todas las
crisis financieras habidas en los EEUU se saldaron con
reestructuraciones generales del sistema financiero. Contrariado ante
la política de Obama en 2009, escribía: “ahora parece que los
legisladores y políticos están satisfechos con el statu
quo”.
Se
está comprando crecimiento económico, a través de engrosar los
balances de los bancos centrales con niveles históricos de deuda
mundial bajo la idea de que dichos bancos “jamás pueden caer”.
Esto es muy peligroso. Es un juego donde, con conocimiento público,
se están haciendo “trampas al solitario”. Ante la persistente,
previsible e ingente nivel de la QE, el rendimiento de la deuda
pública baja. A finales de julio de 2020 el 80% de la rentabilidad
de la deuda mundial (si se le descontaba la inflación) era negativa.
Los
tipos de interés a 0 limitan las posibilidades de beneficios de la
banca de forma drástica. Por tanto, el valor en bolsa de las
empresas del sector financiero se reduce sin pausa. Se puede llegar
en algunos casos a un momento en el que, a pesar de toda la
prestidigitación contable, el pasivo sumará más que el activo.
Algunos bancos empiezan a jugar con fuego, como el BBVA español, que
recientemente autorizó operaciones con bitcoims.
No va a ser el mejor escenario el de los próximos años para
conceder créditos si no hay un boom sólido, más allá del rebote
postpandémico.
Por
tanto, la política de flexibilización cuantitativa es más
necesaria hoy que nunca para mantener con respiración asistida a la
banca privada, hoy más dependiente que nunca de los poderes públicos
que, sumisamente, le ofrecen su asistencia infinita ¿Hasta cuándo?
Esto pasará a convertirse en otro pesado fardo.
La
deuda ofrece poca rentabilidad (la china es una excepción). Billones
de dinero de especuladores (y de ahorradores, que manejan
especuladores) tienen que buscar entonces otro acomodo más rentable.
De ahí el auge irracional de la bolsa en EEUU y la subida del precio
de las materias primas. Son burbujas que acabarán reventando.
El
dominio del capital financiero es demoledor, con todas las
contradicciones que hemos intentado analizar. En la UE, los
diferentes vehículos financieros existentes en 2018 totalizaban un
asombroso 1.100% de su PIB frente a “solo” el 300 alcanzado de
media entre 1970-80. En Gran Bretaña o Norteamérica estas cifras
son mayores.
Los
keynesianos y escuelas afines no entienden las contradicciones
básicas del capitalismo, empezando por la propiedad de los grandes
medios de producción y la existencia del estado nacional. Venden la
idea de que dominando o minimizando el poder del capital financiero,
que es solo otra contradicción más del capitalismo, se resolverán
nuestros problemas.
Pero,
incluso aquí, revelan su incapacidad para ofrecer soluciones viables
en este sentido. Sea Piketty, Malinovic, Stiglitz, Roubini o Roach,
todos demuestran una mezcla de ingenuidad, incapacidad y voluntarismo
clamorosos a la hora de “ponerle el cascabel al gato”.
Por
ejemplo, sus soluciones van en la línea de gravar con un 1% las
transacciones financieras ¿Quién,
qué órgano, qué país lo impone? Si,
ni siquiera dentro de la UE Alemania se atreve a imponerle esa
condición a Holanda o Luxemburgo. También proponen separar la banca
de inversión de la banca comercial. Como si el capital financiero
siempre no encontrase resquicios grandes y pequeños para “hacer
dinero del dinero”, y cada vez más a lo grande. Si un país pone
regulaciones más estrictas ¡ay de él! porque los gobiernos viven
sometidos a deudas descomunales y al interés de los grandes fondos
de inversión y bancos globales. Nadie puede regular nada porque
desde hace décadas el capital financiero tiene sometido al capital
industrial y se ha convertido en una hidra gigantescamente descomunal
que somete a la economía y a la política. No hay apenas transición
entre ocupar el sillón de un consejo de administración de cualquier
entidad financiera y acabar en el Consejo de ministros de un gobierno
del sistema.
En
la próxima gran crisis financiera mundial que se dé, China se verá
seriamente afectada, pero menos que sus competidores capitalistas. La
realidad está ahí: China demostró en la última década y media
ser más fuerte que el resto de países occidentales frente a los
vaivenes de los tipos de interés dictados desde Nueva Yorq. Frente
al dólar, trata de extender la influencia del yuan en sus
intercambios económicos, mientras se prepara para ser el primer país
en usar de forma masiva una nueva moneda digital. No experimentó con
el engendro de la QE. Pinchó con relativo éxito varias burbujas,
que se reproducen debido a su dependencia de la inversión en su PIB,
pero que hubieran hundido a otras economías, etc.
“En
el país de los ciegos, el tuerto es el rey”. En un planeta donde
el capital financiero supone una sífilis para el sistema, dictando
sus normas a los gobiernos, el capitalismo chino tiene recursos y
herramientas, políticas y económicas, de las que carecen el resto
de países capitalistas avanzados. El diferente peso económico y
político del capital financiero en China y EEUU no es solo
cuantitativo, es cualitativo. La gran banca norteamericana no dejó
de tener a “sus” hombres dentro de todos los Ejecutivos de EEUU
en las últimas décadas. En la lista Forbes, los bancos públicos
chinos están entre las diez primeras empresas mayores del mundo
¡pero son bancos públicos que dependen del Estado!
¿Hasta
cuándo puede subir la Deuda Pública?
Se
suele olvidar que Keynes escribió su “Biblia”, la Teoría
general de la ocupación, el interés y el dinero,
en 1936, después de que Roosevelt hubiera practicado sin ningún
asesoramiento suyo la relativamente improvisada política de
intervención pública por parte del Estado en la economía durante
varios años. Pero se suele desconocer más que los antecedentes más
directos de esta política, aparte de la política desarrollada
después de la I Guerra Mundial, están en Suecia. Galbraith lo
explica:
“Lo
que proponían era el endeudamiento del Gobierno, el empleo público,
una importante devaluación de la moneda y la promesa de unas
finanzas más conservadoras después de la recuperación. Creían en
el apoyo a los precios agrícolas y en un sistema de Seguridad Social
mucho más reforzado, con pensiones de ancianidad y compensaciones
por desempleo. Este programa se puso en práctica a principios de la
década de 1930, bastante antes del mensaje de Keynes. En ningún
otro sitio hubo economistas tan influyentes en la política práctica
(…) En un mundo justo, no debería hacerse referencia a la
revolución keynesiana, sino a la revolución sueca”.
Lo
que no explica Galbraith es que estos economistas y políticos suecos
no hicieron otra cosa sino recoger el mandato de los trabajadores
suecos, que se expresaron muy claramente en las feroces luchas de
clase que se dieron en los años anteriores.
Recordemos
lo que propone Keynes básicamente: el Estado interviene, invirtiendo
en la economía real, en un momento en el que la inversión privada
está paralizada durante la recesión, para preparar la recuperación
de la economía posterior. Logrado esto, buscará unas “finanzas
conservadoras” para pagar la deuda. La práctica siempre es
diferente a la teoría. Los postulados keynesianos no sacaron nunca a
los EEUU de la depresión. Vino a ayudarles para ello su conveniente
entrada en la II Guerra Mundial en 1941.
Igualmente,
al fin de la misma, el papel preponderante de los EEUU; la imposición
de su moneda, el dólar, como moneda mundial (contra los deseos de
Keynes, presente en Bretton Woods); el auge del comercio mundial de
la mano del poder americano; el fin de la revolución en Occidente
con la colaboración de Stalin y los PC’s; el desarrollo de fuertes
mercados internos gracias a las concesiones hechas a los trabajadores
a través del estado de bienestar; junto al desarrollo de numerosos y
nuevos sectores de la economía…, todo ello, y algunas causas más,
que no fueron anticipadas por Keynes, permitieron el auge posterior.
Ahora,
para solucionar el problema de la “trampa de liquidez” existente,
los keynesianos partidarios de la teoría cuantitativa del dinero
proponen en la práctica la “solución” que adoptó China en
2009-10. El dinero, eso sí, a diferencia de lo que se hace ahora con
la QE, debe ir a la economía real. A diferencia de Keynes, proponen
seguir con esa política de endeudamiento estatal durante más
tiempo.
Teóricos
keynesianos, para tranquilizarnos sobre cómo es posible solventar el
problema de una deuda ingente en continuo ascenso nos ilustran sobre
cómo el Reino Unido pudo reducir dos altísimas deudas públicas en
dos etapas de su historia: desde fines del siglo XVIII hasta 1910; y
desde la segunda guerra mundial hasta los años 70. La comparación
es mala.
Entre
los siglos XVIII y principios del XIX se dieron varias guerras entre
franceses e ingleses que determinaron al final de las mismas la
victoria definitiva del Imperio Británico, y su papel preponderante
en el capitalismo mundial durante el siguiente siglo. Gracias a que
pudo edificar el imperio colonial mayor sobre la Tierra, pudo
succionar ingentes recursos cada año a sus colonias, mientras sus
empresas encontraban un mercado allí. Gracias a un siglo casi
permanentemente virtuoso, su deuda pública de casi el 200% de su PIB
al final de las guerras napoleónicas (en otro combate de “todo o
nada” por el dominio global) se pudo reducir en la medida que el
PIB británico se expansionó sin frenos en el siglo del
desarrollismo industrial inglés.
Los
otros dos grandes contendientes en dicha conflagración, Francia y
España, igualmente sufrieron una alta deuda pública ¿Cómo se
enfrentaron a ella? El camino francés se vio facilitado por una
revolución que liquidó la deuda con altos impuestos a los ricos y
la inflación que pudo arrostrar el fuerte gobierno revolucionario.
La
vía española tuvo menos suerte. La decadente España, y sobre todo
su imperio colonial, era el despojo por el que lucharon con denuedo
Francia e Inglaterra. Su deuda pública fue impagable, liquidando la
acumulación comercial previa. Parte de su burguesía comercial, a
través de los papelitos devaluados de la deuda pública, selló
definitivamente su miserable destino entroncando con la aristocracia
rural para generar el débil capitalismo agrario hispano del XIX. El
desarrollo europeo del siglo XIX coincidió con décadas de
subdesarrollo hispano.
Igualmente,
los economistas keynesianos, ponen particular celo en trasladar a
hoy el ejemplo de
lo que hizo el gobierno británico después de la Segunda Guerra
Mundial para rebajar su deuda, al dejar que en la economía
funcionara una cierta inflación que, junto al altísimo crecimiento
de la economía tras la destrucción ocasionada por la contienda,
permitieron una bajada drástica de la deuda.
Pero
entonces
estábamos a las puertas de un fuerte periodo de auge del capitalismo
que duró un cuarto de siglo. Hoy estamos asomados a una situación
de baja inversión privada, sobrecapacidad generalizada, diversas
burbujas financieras internacionales, ingentes masas de dólares (o
vehículos financieros referidos a dólares) que empiezan a oler a
pasado... Son circunstancias materiales, y de contexto, diferentes.
Ya
antes de la Gran Recesión de 2008, algunos neokeynesianos abogaban
por el empleo de la inflación para reducir la alta deuda de EEUU
(que hoy es el doble de entonces). Los economistas serios avisan que
este mecanismo puede usarse para ese objetivo, pero advierten que es
muy fácil que se descontrole y, en cualquier caso, ocasionaría
serios transtornos impredecibles a nivel global.
Los
principales tenedores extranjeros de la deuda USA, ¿van a dejar que
un valor que tienen se deprecie? ¿Lo harán los fondos de inversión
norteamericanos por consideraciones patrióticas?
Roubini,
en su libro de 2010, afirmó que la deuda de EEUU de ese mismo año
era insostenible. Entonces la deuda era el 90% del PIB. A finales del
2019, gracias a las rebajas fiscales de Trump, superó el 100%, y al
acabar este año batirá el récord histórico nacional, que está en
el 122% del PIB, logrado después de la Segunda Guerra Mundial.
Entonces, lograron recortarla con un ritmo de crecimiento alto y con
una inflación que, de media, fue del 5% en los años siguientes.
Este contexto no es el de hoy. Sin embargo, la enfermedad del sistema
lleva a que el convaleciente reclame más dosis para liquidar el
dolor, cosa que logra cada vez más temporalmente, provocando males
sucesivos mayores. La solución es ¡seguir acumulando más deuda! Y
esto es posible porque los
bancos centrales y los estados nunca van a quebrar ¿Si? La historia
demuestra que no: unos no quiebran, si crecen lo suficiente, a costa
del resto, pero no todos pueden seguir esta peligrosa carrera con
éxito.
Diez
años después de la Gran recesión, la deuda conjunta de Gobiernos,
hogares y empresas se ha disparado en más de un 50%. Tal
cantidad de deuda, en un entorno de baja inflación, solo parece
sostenible y repagable si su coste permanece bajo y controlado
mientras la economía crece ¿Será esto posible?
Piketty
aún explica que el endeudamiento puede crecer aún más porque el
total de la riqueza privada mundial es de alrededor del 500% del PIB
mundial, y la participación del 1% superior en este total es de
alrededor del 35-40%. Según él, en un momento dado, en base al
ahorro interno, las grandes economías pueden sostener niveles aún
más desorbitados de deuda. Olvida que gran parte de este patrimonio,
en condiciones de una crisis financiera o de caída grave de las
bolsas, se evaporaría. Igualmente se podría ver afectado parte del
valor de las casas (sobre todo en las grandes ciudades), que es la
otra pata del incremento de patrimonio dado en las últimas décadas.
Por otra parte, no está claro que mucha gente fuera a hipotecar sus
casas en virtud de salvar la deuda nacional…
En
un momento dado, habrá un desacople dentro de las grandes economías
avanzadas, que reflejará inevitablemente la viabilidad de las
diferentes economías o su diferente manera de enfrentarse a la
crisis. Y, más probablemente, este problema puede empezar en un país
de la periferia, con menos posibilidades de endeudamiento, que se vea
forzado a caer en impago ante la imposibilidad de pagar deudas
crecientes en un contexto de caída de ingresos brutales ante una
recesión lacerante, situación que padecen bastantes países de la
periferia capitalista.
Recordemos
en este sentido cómo comenzó la crisis en el sudeste asiático, que
saltó a Rusia y otros continentes, a finales de los años 90 del
siglo pasado, en un contexto, como hoy, de “exuberancia irracional”
de las bolsas, que precedió a la crisis de las puntocom
de 1999-2000.
Crisis
del dólar
Roubini
expresó su opinión sobre el futuro del dólar antes de las últimas
elecciones norteamericanas:
“…Si
los Estados Unidos siguen monetizando grandes déficits
presupuestarios, alimentando así grandes déficits externos, una
oleada de inflación podría acabar degradando el dólar y debilitar
su atractivo como moneda de reserva. Dada la actual combinación de
políticas económicas de los EE.UU., este es un riesgo creciente.
“Otro
riesgo es la pérdida de la hegemonía geopolítica de los Estados
Unidos, que es una de las principales razones por las que tantos
países utilizan el dólar en primer lugar. No hay nada nuevo en el
hecho de que la moneda del hegemón
sea la moneda de
reserva mundial. Este fue el caso de España en el siglo XVI, los
holandeses en el siglo XVII, Francia en el siglo XVIII y Gran Bretaña
en el siglo XIX. Si las próximas décadas traen lo que muchos ya han
llamado el "siglo chino", el dólar puede muy bien
desvanecerse a medida que el renminbi sube.
“La
armamentización del dólar mediante sanciones comerciales,
financieras y tecnológicas podría acelerar la transición. Incluso
si los votantes estadounidenses eligen un nuevo presidente en
noviembre, es probable que esas políticas continúen, ya que la
Guerra Fría entre los Estados Unidos y China es una tendencia a
largo plazo, y los rivales estratégicos de los Estados Unidos (China
y Rusia) están diversificando, sus intereses, alejándose de los
activos en dólares que pueden ser sancionados o confiscados.
“Al
mismo tiempo, China ha estado introduciendo más flexibilidad en su
propio tipo de cambio, relajando gradualmente algunos controles de
capital y creando mercados de deuda más profundos. Ha convencido a
más socios comerciales y de inversión para que utilicen el renminbi
como unidad de cuenta, medio de pago y depósito de valor, incluso en
las reservas exteriores. Está construyendo una alternativa al
sistema de la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras
Interbancarias Mundiales (SWIFT), dirigido por Occidente, y está
trabajando en un renminbi digital que eventualmente podría
internacionalizarse. Y sus propios gigantes de la tecnología están
creando enormes plataformas de comercio electrónico y de pagos
digitales (Alipay y WeChat Pay) que otros países podrían adoptar en
su propia moneda local.
“Por
lo tanto, si bien la posición del dólar está segura por ahora, se
enfrenta a importantes desafíos en los años y décadas venideras.
Es cierto que ni el sistema económico de China (capitalismo de
estado con controles financieros) ni su régimen político
tecnocrático-autoritario tienen mucho atractivo en Occidente. Pero
el modelo chino ya se ha convertido en bastante atractivo para muchos
mercados emergentes y países menos democráticos. Con el tiempo, a
medida que el poder económico, financiero, tecnológico y
geopolítico de China se expande, su moneda puede hacer incursiones
en muchas más partes del mundo…”.
Como
hemos explicado, la respuesta global dada a la crisis de 2008-9,
lejos de debilitar la responsabilidad global del dólar la ha
hinchado hasta límites que van, con mucho, bastante más allá del
papel real que juega la economía norteamericana en estos momentos.
Acordémonos de lo que representaban la libra y todo el entramado
político, militar y diplomático del Imperio británico antes de
1914.
Reflejando
esto, a principios de 2020, el 61,7% de las reservas mundiales
estaban en dólares. Por el contrario, el yuan chino solo tenía un
peso del 1,9%. Un año después el billete verde cayó más de 2
puntos, y el yuan subió tímidamente al 2,5%.
Y
ello a pesar de que China acabó 2020 con un superávit por cuenta
corriente del 2,5% del PIB (360.000 millones de dólares), lo que
tira hacia arriba el valor del yuan, que se ha revalorizado frente al
resto de monedas.
En
el actual contexto, si los EEUU dieran el paso de 1971 de devaluar el
dólar para así reducir su Deuda, al igual que entonces, habría
devaluaciones competitivas del resto de monedas. Pero, en este caso,
podríamos asistir a situaciones más graves para los EEUU, dado el
menor peso relativo de la economía norteamericana. Podría darse
incluso, en este periodo excepcionalmente convulso por diferentes
motivos, casuales o no, una venta de bonos estadounidenses, más o
menos concertada, y una crisis muy seria del dólar.
Galbraith
hijo explicó el momento de transición en el que vivimos, donde el
dólar refleja una economía y unas relaciones mundiales que están
periclitando:
“...El
mundo actual, centrado en el dólar, refleja los alineamientos de
poder del periodo comprendido entre el final de la Segunda Guerra
Mundial y el final de la Guerra Fría en 1989. El poder de EE.UU. se
ha erosionado desde entonces, abriendo la posibilidad de que el
sistema monetario mundial pueda dar un vuelco algún día. Puede que
eso no ocurra pronto. Pero si llega el momento, será consecuencia de
décadas de decadencia, de mejores estrategias aplicadas en otros
lugares, de las heridas autoinfligidas en las eras de Reagan, Clinton
y Bush, del sacrificio de la base industrial de Estados Unidos en la
década de 1980, de la fragilidad del orden mundial que surgió en la
década de 1990 y de la extralimitación militar de la década de
2000.”
Un
Bretton
Woods
o un Acuerdo
del Hotel Plaza
parecen difíciles de lograr. La China de dentro de 3, 5 o 7 años no
será lo que fue el Japón de finales de los 80. Podemos asistir a
una grave crisis financiera, y no es una posibilidad menor. Quizás
eso marque el sorpasso
definitivo de China sobre los EEUU.
El
Plan de Biden
Biden
ha demostrado ser un político burgués muy inteligente que nos ha
sorprendido a todos. Inteligente porque, sabedor de sus limitaciones,
se deja aconsejar y sabe escuchar. Es una reacción total frente al
bocazas
de Trump. Inteligente igualmente porque está usando con bastante
astucia a los “socialistas” Sanders y Ocasio-Cortez. Si hubiera
actuado contra ellos, despreciándolos, les hubiera empujado, quizás,
fuera del PD, alimentando el proceso hacia la formación de un
Partido Laborista.
Desde
enero de 2021 el gobierno de Biden ha gastado, o se ha comprometido a
gastar, 1,9 billones de dólares para el alivio inmediato de la
crisis de la covid-19, que se sumaron a los 3,9 billones aprobados en
el año anterior. A medio plazo ha delineado planes para invertir 2,7
billones de dólares para el “plan de infraestructuras” (una
parte sustancial irá derivado hacia la inversión y el apoyo a las
empresas), más otros 1,8 billones de dólares para planes sociales y
la educación, que buscan elevar la productividad de la economía y
generar paz social. El gasto se financiará en gran medida con la
compra de bonos por parte de la Reserva Federal de EEUU, mientras que
las subidas de impuestos a las rentas altas, a través del IRPF, e
incrementando el impuesto de sociedades, vendrán después. Además,
se está debatiendo sobre incrementar otros impuestos (a las grandes
tecnológicas, para la descarbonización de la economía…).
Los
capitalistas más inteligentes de EEUU, entre los que se apoya Biden,
tienen razones poderosas para seguir profundizando en esta estrategia
keynesiana:
1)
China le disputa el liderazgo mundial. EEUU necesita mejorar la
infraestructura y la competitividad de sus empresas. Va a hacer pagar
más contribuciones a los ricos, pues los trabajadores tienen poco
más que pagar, si no se quiere tensar más la deteriorada situación
social interna en EEUU, que demostró ser explosiva.
2)
Biden quiere recuperar para su causa, con el uso de medidas sociales,
a los trabajadores que le retiraron el apoyo al Partido Demócrata.
Quiere estabilizar la conflictiva situación social interna en EEUU,
y eso se hace con "pan".
Biden
va a seguir, por todo esto, haciendo pagar más a los ricos ¿Por qué
no? Como hemos visto al principio, no hay nada nuevo en esto: “es
la guerra”. Es la nueva guerra fría por el dominio global. El
estado capitalista que adquiera una ventaja competitiva se lleva el
"premio" del dominio para sus empresas. Durante la I y II
Guerra Mundiales, y con la Guerra Fría posterior, ya hicieron pagar
a los ricos MUCHO MÁS de lo que ahora se propone.
En
la disputa entre las tres grandes regiones económicas, preñadas de
deuda y de empresas “zombies”, con una enorme sobrecapacidad
instalada, con el salto hacia delante de las inversiones en la nueva
economía que supone la electrificación creciente de la misma, es
Europa (como España en el siglo XVIII) quien corre el riesgo de
pagar los platos rotos ante las apuestas crecientes de las dos
grandes economías del planeta. El plan de Biden, que probablemente
tomará nuevas medidas, no deja de ser otra forma de nacionalismo
económico.
El
objetivo es obligar a los capitalistas a incrementar la
productividad del trabajo, en primer lugar con el concurso del
Estado, incrementando la capacidad de crecimiento de la economía por
encima del crecimiento de la deuda, que quedará paliada si se suben
lo suficientemente los impuestos a los ricos.
Ahora
bien, esto es muy fácil de enunciar, como hace Piketty, y mucho más
difícil de conseguir, porque se trata de obligar
a los capitalistas,
y estos se resisten. Es una cuestión de poder y de lucha de clases,
que es una cuestión que mayormente obvia el paladín de la teoría
socialdemócrata más conocido. Pero, como decía el poeta, “también
aquí son muchos los llamados y pocos los elegidos”. Puede que los
EEUU puedan afrontar esta política, limitando su deuda, en su
“guerra” contra China. Otros lo van a tener aún mucho más
difícil, en primer lugar los europeos.
Una
perspectiva cierta. Hay rebote postpandémico temporal de la economía
en los países avanzados
En
el Occidente capitalista, al norte del Ecuador, han pasado los
estragos más inclementes de la pandemia. Los países ricos
acapararon las vacunas que van a posibilitar en Norteamérica,
Europa, o los países con más peso industrial relativo de Asia
proteger a una gran parte de la población a finales del verano. Esto
está dando lugar ya a un rebote de la economía en Occidente, que se
suma al previo de gran parte de Asia Oriental.
Como
siempre, y como está ocurriendo ya (véase las enormes caídas de
economías como las de Perú o India…), el devenir en los países
menos desarrollados para los más humildes será terriblemente
muchísimo más proceloso.
En
la primavera pasada, Stephen Roach mencionaba cómo: "las
economías con más dificultades a las que hay que prestar atención
son la India, Rusia, Turquía, Brasil, Sudáfrica, muchas partes de
África subsahariana y las regiones más frágiles de Medio Oriente
que importan petróleo. En muchos países, no hay recesión, sino
depresión. Más de 200 millones de personas corren riesgo de volver
a caer en la pobreza extrema. Y para colmo de males, los países más
vulnerables al hambre y a la enfermedad también tienden a ser los
más expuestos al riesgo del cambio climático, de modo que seguirán
siendo fuentes potenciales de inestabilidad...".
Pero
este rebote en la mayor parte de las economías más fuertes,
¿generaría el crecimiento necesario para volver a los niveles
previos a la crisis en todos los países? En Latinoamérica, por
ejemplo, va a ser difícil. Y, también, ¿las bases materiales que
empujaban a finales de 2019 al mundo a una nueva recesión eran
falsas? ¿No existe sobrecapacidad? ¿No hay empresas zombies
ni una deuda corporativa insoportable? ¿La deuda pública va a
sostenerse indefinidamente? ¿Los choques y rupturas políticas que
alumbró la presente crisis, y que influyen poderosamente en la
economía, se recompondrán? No, no y no.
Es
muy útil la comparación con la etapa comprendida entre 1913-21.
Entonces, las dos crisis que sufrió el capitalismo, política y
epidémica, condicionaron de forma fundamental el ciclo económico.
La crisis del sistema en esos años fue comparada por Trotsky a la de
un organismo humano que sufre un colapso cardíaco y es reanimado por
los médicos. Al ritmo taquicárdico le sucede un parón casi
definitivo, luego una reanimación débil, hasta que parece que el
organismo recupera el pulso ordinario. Pero los problemas de fondo
subsisten.
Al
igual que entonces, cuando el ciclo económico quedó roto, es
imposible predecir exactamente lo que va a suceder. Si acaso, podemos
acercarnos a aventurar una perspectiva sobre determinados
imponderables generales que imposibilitan, en todo caso, un auge del
capitalismo a medio plazo.
Pero
incluso en la Europa de los años 20, que no había restaurado en
diferentes países el crecimiento anterior a la guerra, Trotsky
escribía aún en 1924 que podían quedar unos años de “reformismo”,
“algunos modestos sacrificios del estado burgués a favor de la
clase obrera”. No podemos saber exactamente, ni nosotros ni nadie,
cómo ni cuándo vendrá la siguiente crisis. Esta etapa puede durar
uno, dos, o más años ¿Por qué no?
Rebrote
de la inflación
En
los EEUU el índice de precios al consumo (IPC) se disparó un 4,2%
interanual en abril, el mayor crecimiento desde 2008. El índice de
precios de la producción, cuya tendencia en las últimas décadas de
mundialización fue caer sin parar, creció en los últimos meses,
tanto en los EEUU como en China.
Stiglitz
y Krugman quitan importancia al temor existente a un rebrote
inflacionario. Creen que las alzas de precios más importantes serán
temporales, achacables a los cuellos de botella creados por la
ruptura del ciclo económico y las cadenas de suministro durante la
pandemia (por ejemplo en los semiconductores para vehículos), y que,
llegado el momento, si existiera riesgo real, la FED actuará
correctamente. Stephen Roach, Robert Skidelsky, Roubini, y cada vez
más analistas, sienten más temor: creen que hay una amenaza real de
que las presiones sean tan grandes que a corto plazo la FED incumpla
su promesa de esperar a 2023 antes de plantearse una subida de los
tipos de interés. En ese caso, la recesión podría darse.
Un
artículo aparecido en el Cinco
Días español en
junio titulado: “La inflación, el detonante de la próxima crisis
financiera” nos arrojaba más claridad:
“...A
lo largo de la historia podemos encontrar distintas fases en las que
se han producido procesos inflacionistas problemáticos, como en
Alemania en 1922, en Hungría en 1945, en Yugoslavia en 1992, en
Zimbabue en 2007, en Corea del Norte en 2009 o en Venezuela en 2016.
En todos ellos encontramos la combinación de tres factores con
anterioridad a la aparición de las presiones inflacionistas: fuerte
aumento de la masa monetaria, un nivel de endeudamiento excesivo y
una caída de la capacidad productiva (…) La realidad es que vivir
con un nivel de endeudamiento como el que tenemos en el mundo actual
solo es posible cuando el coste que lleva aparejado es ínfimo, es
decir, cuando los tipos de interés están al 0% o incluso son
negativos. La inflación es lo único que puede obligar a los bancos
centrales a cambiar su modo de actuar, pero no será algo que hagan
de motu proprio
(…) Hablemos ahora de los efectos que tiene una inflación al alza.
En primer lugar, provoca una clara discriminación social, ya que la
inflación suele ser el impuesto más injusto que se puede exigir a
la sociedad, donde el trabajador de clase baja normalmente no ve
actualizado su salario al ritmo de la inflación real, ya que el
cómputo de dicha inflación es manipulado a través del ajuste
hedónico, para que no refleje la realidad de los precios. Es decir,
que la subida del coste de vida no se ve compensado por la subida de
los ingresos”.
Más
allá del aumento de precios vinculados al transporte, como los
automóviles o la aviación, la cuestión clave es el impacto, más
duradero, del coste de las materias primas, la escasez de la mano de
obra y las presiones del precio de la vivienda. Y la lucha de clases.
La inflación va a acicatear la lucha de clases en la breve
recuperación que tenemos por delante.
Rebrote
de la lucha de clases
Políticamente,
es significativo que, como sucedió tras el fin de la I Guerra
Mundial, los gobiernos capitalistas de los países más avanzados
(donde hay recursos) hayan implementado políticas de apoyo a los
trabajadores en paro o hayan pagado el salario de los trabajadores
para evitar despidos, sin ninguna distinción ideológica. Para
salvar a las empresas, sí, pero también para intentar conjurar el
fantasma de la protesta social. Y han sobrepasado los límites que
preveíamos nosotros.
A
pesar de ello, toda la frustración, tensión y cabreo existentes, se
van a multiplicar cuando se constante nuevamente que la “nueva
normalidad” significa que las condiciones laborales empeoraron
claramente con respecto a antes de la covid. Va a llegar un momento
donde el grito de ¡basta! va a ser generalizado y no el de sectores
de la juventud o de batallones adelantados de la clase trabajadora. Y
el crecimiento de la economía, como en 1919, ayudará a que el
movimiento de protesta unifique a sectores mucho más mayoritarios de
la clase trabajadora.
En
Colombia, Chile, Ecuador, y más países, la lucha de clases se tiene
que cobrar pagos aplazados que quedaron postergados por imponderables
imprevistos.
Sin
embargo, una crisis económica, no significa que la clase trabajadora
sea más radical la semana que viene, más aún el mes próximo, y
más todavía el año que viene. Normalmente, el embate inicial de la
caída económica (más aun si esta es importante) desmoraliza y
genera miedo e incertidumbre ante el futuro en los trabajadores, que
ven impotentes cómo crece la desocupación alrededor de forma
generalizada y se pierden derechos importantes.
En
particular, ahora, en los próximos meses, en los países que se ven
sacudidos por lo más negro de la crisis de la covid, es difícil
unificar a la mayoría de la clase trabajadora en un contexto en el
que la aglomeración social significa complicarse seriamente tu salud
y la de tu familia.
Es
muy posible que contemplemos una oleada de luchas tras el fin de la
pandemia de la covid. Y veremos caer a gobiernos, lo estamos viendo
ya, caso de Perú. Y habrá cambios muchos más radicales. En zonas
como Latinoamérica, y otras, veremos giros a la izquierda. Pero la
recogida del fruto final de la insatisfacción de las masas depende
en buena parte del nivel de organización de la izquierda y de su
capacidad para generar una dirección viable. Y esto no abunda. En un
momento donde hay, sí, polarización a la izquierda, pero igualmente
a la derecha, veremos en mayor medida, a escala global reforzarse las
posiciones nacionalistas y reaccionarias en una primera etapa.
En
Europa por ejemplo, ahora
mismo, en la gran mayoría de los países de Europa, que va a ser en
casi todos antes de un año, los partidos de la derecha,
crecientemente más
a la derecha,
están en el poder. Fracasarán en los próximos años a la hora de
estabilizar la crisis capitalista. Pero durante un tiempo pondrán su
sello en los acontecimientos ante la crisis de la izquierda. Quizás
en un año la izquierda esté en el poder tan sólo en la península
ibérica, en parte de Escandinavia y quizás en algún país más.
Esto va a hacer reflexionar a muchos dirigentes de la SD. Habrá, más
pronto o tarde, una respuesta por la izquierda.
Cambios
geopolíticos
En
2008, a través de su victoria sobre Georgia, Rusia mandó un mensaje
claro y visible para todos: no iba a permitir más retrocesos en su
vieja área de influencia. Posteriormente, en Siria y en Ucrania
amplificó su respuesta. Las sanciones de EEUU a la toma de Crimea
por parte de Rusia, apoyadas reiteradamente por la UE, originaron una
crisis en Rusia, que pudo salvarse merced a las reservas de divisas
atesoradas gracias a las exportaciones de hidrocarburos.
Poco
a poco se volvió hacia China, con quien mantenía crecientes
intereses comunes.
Las
sanciones occidentales a Rusia hicieron a la economía eslava más
dependiente de Pekín. Finalmente, el acuerdo definitivo por el que
Rusia se echaba en brazos de China se firmó en 2014 con el contrato
de compra durante décadas de gas ruso por los chinos por valor de
400.000 millones de dólares. Era algo obligado: la economía china,
en expansión, sí podía absorber con creces gran parte de las
exportaciones rusas. Ahora bien, frente a las ínfulas imperiales de
Putin, había una realidad evidente. En 2010 el PIB chino era ya tres
veces superior al ruso, ahora lo es casi diez veces.
El
desastre de Norilsk, que se puede replicar en otros centros
industriales siberianos, es un reflejo del capital obsoleto existente
en Rusia. Como en todo país aquejado de problemas, el potencial
revolucionario es claro en Rusia. Pero la ayuda china, frente a otros
capitalismos declinantes, puede ser un bálsamo para que la cada vez
más dependiente economía rusa pueda remontar el vuelo.
Las
organizaciones de masas. De 2008 a 2020
La
Gran Recesión dio lugar a grandes luchas de masas, como el estallido
de la Revolución Árabe, saldada en un principio con la caída de
dictadores proclives al imperialismo, pero cuyos procesos políticos
acabaron copados por nuevos movimientos reaccionarios o
fundamentalistas de uno u otro signo.
Los
movimientos de los indignados, y Occupy,
en diferentes países, revelaron la desafección de un sector
importante de la juventud, síntoma de un malestar profundo en la
sociedad. Fueron la base de movimientos políticos que se dieron
justo después.
Hace
décadas que no cristalizan corrientes de masas en la izquierda de
las organizaciones tradicionales, cosa ya apuntada por el compañero
Mun, de España, hace ya 15 años. Al mismo tiempo, hubo un
debilitamiento generalizado de los sindicatos, que sigue.
Las
organizaciones tradicionales, políticas y sindicales, eran y son
miradas por la juventud más resuelta con recelo, o bien como parte
del sistema, del problema contra el que hay que luchar.
De
esta forma, la inquietud se expresó a través de nuevos partidos
alternativos, o partidos a la izquierda de la socialdemocracia
tradicional que eran muy pequeños anteriormente. Todo ello reflejaba
originalmente un cierto cuestionamiento del sistema: Podemos, Syriza,
PT en Bélgica, Luchadores por la Libertad Económica en Sudáfrica,
Bloco de Esquerdas y PC en Portugal, Sinn Féin en Irlanda.
Es
muy significativo el avance de la idea del “socialismo” en EEUU,
que ya empezó a ser popular antes del postulamiento de Bernie
Sanders a las presidenciales en 2015; o la llegada al liderazgo del
laborismo del socialista Jeremy Corbyn, si bien, en este último
caso, fruto de una carambola, no por el engrosamiento previo de una
corriente de masas en la izquierda laborista. En cualquier caso, su
llegada al poder, y el acrecentamiento posterior del partido, que se
convirtió en el mayor partido socialista de Europa, también
reflejaron la búsqueda de un cambio radical.
Todos
los procesos mencionados son anticipos de cambios más profundos y
numerosos que se desarrollarán en los próximos años.
Ahora
bien, somos marxistas, y debemos hacer un balance serio. Desde la
gran recesión de 2008 los ataques al nivel de vida de las masas han
sido más contundentes que entre 1980-2007. A pesar de la gran
envergadura de la caída de la economía en 2008-15, la respuesta del
movimiento obrero, históricamente hablando, ha sido muy limitada. La
onda larga de la crisis de la izquierda es notoria, en particular en
los países europeos desde 1989.
No
somos mecanicistas económicos: algunos procesos revolucionarios muy
importantes se han dado en un boom o auge económico. Y normalmente,
después de una fuerte recesión la clase trabajadora necesita
tomarse un respiro, que puede durar años, para lanzarse a la lucha.
Trotsky escribió en Flujos
y reflujos, 1921:
“… Bajo
un conjunto de condiciones la crisis puede dar un poderoso impulso a
la actividad revolucionaria de las masas trabajadoras; bajo un
conjunto distinto de circunstancias puede paralizar completamente la
ofensiva del proletariado y, en caso de que la crisis dure demasiado
y los trabajadores sufran demasiadas pérdidas, podría debilitar
extremadamente, no sólo el potencial ofensivo sino también el
defensivo de la clase…”.
El
ciclo de luchas sociales que se dio posteriormente a 2008, teniendo
en cuenta la crudeza de la recesión vivida, ha sido históricamente
el más débil de los últimos 100 años.
Debilísimo, por supuesto, con respecto a 1917-21; mucho más débil
que en los años 30; mucho más débil que durante los años 60 y 70
del pasado siglo XX. Y tenemos que ser sinceros a la hora de
encontrar una respuesta a esto.
Desde
los años 70 del pasado siglo, millones de empleos industriales se
perdieron en los países avanzados. Muchas de esas fábricas eran la
punta de lanza de la lucha de clases en cada ciudad o provincia. La
historia no acabó, a pesar de Fukuyama. El crecimiento global del
capitalismo generó, sobre todo en Asia, centenares de millones de
empleos industriales que fortalecieron a la clase obrera.
Pero
en muchas regiones de Europa, y de otros países avanzados, se
constató la realidad de que había fuerzas poderosas contra las que
los gobiernos no se enfrentaban y ante las cuales las movilizaciones
obreras se estrellaban una y otra vez. Durante años, y durante
décadas. Esto ha generado una actitud recurrentemente pesimista en
los activistas más veteranos y, debajo de ellos, se ha instalado en
un sector de los trabajadores. En los más jóvenes hay una clara
pérdida de tradiciones, que apenas reverdecieron con algunos de los
procesos de lucha tras la Gran Recesión. Esto cambiará, pero ahora
mismo este clima existe en amplios sectores de la clase trabajadora
occidental.
La
apostasía ideológica habida desde los años 90 no fue más que el
armazón ideológico de ideas muy pobres, pero que respondían a un
fenómeno objetivo: derrotas desde los años 70 en Europa,
Latinoamérica y otras partes. La justificación teórica hecha por
los posmodernistas y otros se vio fortalecida en la medida que el
retroceso material continuó, en un proceso que ha durado varias
décadas. En Europa ha tenido más efectos que en otros lados.
A
finales del siglo XIX y principios del siglo XX ya había habido
traiciones y derrotas, decenas y decenas, en el campo del movimiento
obrero. Revoluciones fallidas, represiones sangrientas, toda clase de
derrotas, dirigentes que habían apostatado.
La
“gran apostasía” fue, indudablemente, la de la socialdemocracia
durante la I Guerra Mundial. Pero en muy poco tiempo hubo un
“recambio” poderosos tras la victoria de Octubre. El elemento
físico, material, de la existencia del poder soviético sobre la
tierra, fue clave.
Se
recompuso la autoridad política y moral para crear la III
Internacional y “lanzar una OPA” para ganar, no sólo a la nueva
generación revolucionaria que brotó a la lucha tras las tragedias
de la guerra mundial y la gripe española, sino a lo mejor de otras
tendencias, anarquistas y socialdemócratas, que engrosaron las
fuerzas del comunismo, convirtiéndola en una amenaza global para el
capitalismo como no la había habido nunca.
Ahora,
tras 1989, durante décadas predominó la “onda larga” de la
traición, la apostasía, el cinismo y la cobardía entre los
dirigentes de la izquierda. El “recambio”, con más de década y
media de retraso, que hubiera supuesto Hugo Chávez y la creación de
una V Internacional revolucionaria, fue paralizado por los
estalinistas cubanos, facilitado todo ello por la debilidad de los
auténticos elementos revolucionarios en la cúspide del gobierno
bolivariano.
Ahora
bien, los cuatro mayores periodos de lucha revolucionaria en el
planeta durante el siglo XX se dieron después de las grandes crisis
político-económicas que sacudieron al capitalismo: tras la I Guerra
Mundial; la crisis tras 1929; en los años 70 del pasado siglo; y al
final de la II Guerra Mundial, sobre todo con la Revolución
Colonial.
La
Gran Recesión fue más fuerte que la crisis económica de 1973-74 y
tuvo una importancia similar o mayor a la crisis de 1929-32 en la
mayoría de países. Sobre todo, era la primera gran crisis que
sufrió el capitalismo tras la caída de la URSS y servía para
testear la respuesta de nuestra clase. Y fue limitada en términos
históricos. En cualquier caso, ha servido para recuperar algunas
tradiciones casi perdidas. En los EEUU, ahora, el potencial para la
izquierda revolucionaria existe.
9.
Qué periodo histórico atravesamos
El
periodo que tenemos por delante, de declive y estancamiento del
capitalismo, es uno donde las recesiones se van a imponer sobre los
booms, o van a anularlos en gran parte. Gran parte del capital
acumulado (en este caso ficticio) se volatilizará.
A
medida que sea apreciable el sorpasso
de China sobre los EEUU, esto va a suponer un enorme choque
psicológico: hasta ahora, la mayoría de los americanos, y de otros
países, asumen que el liderazgo de su país es incuestionable. Esta
visión va a verse hecha añicos ante la dura realidad. Pero también
va a tener un efecto indudable sobre países que, hasta ahora,
marcaban el paso al son del imperialismo norteamericano.
La
nueva “Guerra Fría”
Las
medidas que empezó a desplegar el gobierno Trump contra Huawei, y
luego contra TikTok y otras empresas chinas no tienen precedentes.
Pueden provocar que haya dos Internets en el planeta, al igual que,
en los hechos, ya hay dos Bancos Mundiales.
India,
Gran Bretaña…, no precisamente países pequeños, son forzados por
EEUU a deshacer alianzas con países “del otro bando”, con Irán
y China respectivamente. China, más inteligente en las formas, no se
comporta de forma esencialmente diferente. Rusia se ve obligada a
optar entre su tradicional enemigo, del que ahora depende, y su
antiguo aliado, India, del que la obligan a separarse.
Igualmente,
frente a China, EEUU da nueva vida al “Diálogo de Seguridad
Cuadrilateral (Quad)”,
el foro informal de defensa entre Japón, Australia, EE UU y la India
en la región Asia-Pacífico.
El
periodo por el que China va a tender a alcanzar a los EEUU va a durar
años. Y los gobiernos de EEUU, demócratas o republicanos, van a
hacer todo lo posible por alargar este proceso.
La
escalada del enfrentamiento llega a los diferentes organismos
internacionales que las potencias vencedoras crearon tras la Segunda
Guerra Mundial: la OMS está dirigida actualmente por un etíope,
aliado de China; la FAO directamente por un chino; la Interpol
también lo estuvo por otro chino, que fue encarcelado por Pekín en
2018. Se desmarcó demasiado de su línea. Chinos dirigen la
organización de la ONU para el desarrollo industrial; la del
desarrollo social; la de la aviación civil; la comisión de Derechos
Humanos; o la unión internacional de telecomunicaciones.
Este
creciente dominio refleja la nueva correlación de fuerzas, que se
reorienta cada vez más en favor de China. Las tradicionales
potencias políticas occidentales rabian. Los norteamericanos
intentan actuar, los enanos europeos se ven impotentes. Cada vez va a
ser más visible para todo el mundo el delineamiento de dos campos
mundiales, frente a los cuales todos van a tener que definirse, lo
que se ha dado en llamar “nueva guerra fría”.
Desacoples
continentales entre la clase obrera
También
existen desacoples en nuestra clase, hay tendencias diferentes entre
la clase trabajadora china, la europea y la americana.
La
“Curva del elefante”, formulada por Malinovic y C. Lakner en
2015, es un diagrama que expresa cómo entre 1980-2020 evolucionaron
las rentas a escala planetaria: miles de millones bajaron
relativamente su nivel de vida en los países más pobres: son la
cola y el lomo bajo del elefante. Centenares de millones de obreros y
clases medias, de Asia fundamentalmente, mejoraron de forma amplia su
nivel de vida (el lomo alto del elefante). Mientras, en esos años,
los obreros en los países avanzados perdieron poder adquisitivo en
el reparto de rentas planetario (el cuello del elefante). Por
supuesto, los grandes beneficiarios del reparto de rentas planetario
fueron las clases medias de los países occidentales y, sobre todo,
los más ricos. De entre ellos, el 1% de los más ricos captó el 27%
del incremento de rentas global. Es la punta de la trompa del
elefante, que asciende al cielo.
Los
procesos revolucionarios latinoamericanos han sido mucho más
profundos que en el suelo europeo. Comenzaron a mediados de los años
90 del pasado siglo, en un contexto de desarrollo económico mundial
que fortaleció a la clase trabajadora y permitió al sur de Río
Grande pasar página a las dos décadas anteriores de derrotas. En
una década consiguieron la subida al poder de gobiernos aupados por
procesos revolucionarios en Ecuador, Bolivia y Venezuela, impulsando
el giro a la izquierda de todo el subcontinente.
El
desarrollo de la clase obrera africana, y de otros países asiáticos,
a la que los capitalistas explotan al máximo, cuyos países están
sometidos a los diferentes poderes imperialistas, tiene fuertes
concomitancias con el desarrollo del capitalismo ruso que vimos entre
fines del XIX y principios del XX, pero ahora de forma mucho más
acelerada. Las inversiones en estos países están generando una
nueva y joven clase obrera, que inevitablemente tenderá a fortalecer
sus músculos y su experiencia, a través de la lucha colectiva.
La
parálisis de los procesos revolucionarios latinoamericanos, debido a
la práctica política reformista de sus dirigentes, selló el
destino de dichas experiencias, cuyos avances sociales cayeron junto
con Correa o Evo. Con un dirigente centrista
como Chávez, la
mayor profundidad del proceso venezolano quedó en evidencia por su
arraigo entre las masas, a pesar de que la debacle del gobierno
Maduro y la crisis capitalista llevase a la hiperinflación y al
fracaso de la política reformista, al negarse a expropiar a los
capitalistas y a reglamentar la economía en líneas socialistas, a
pesar del boicot de la clase propietaria.
Después
de unos años donde el viento parecía soplar a la derecha, en el
Otoño de 2019 un nuevo ciclo de movilizaciones sacudieron a Ecuador
y Chile, cuyos gobiernos no cayeron por poco. Incluso en
el Brasil de Bolsonaro, lo remarcable es que la clase trabajadora aún
no ha sido derrotada. Latinoamérica está llamada a protagonizar
movilizaciones revolucionarias en el próximo periodo.
En
Europa y los países occidentales la clase obrera vio caer su nivel
de vida y cercenados sus derechos. Las luchas perdidas, mayoritarias
durante décadas, generaron cierto fatalismo, debido a la traición
de los dirigentes de sindicatos y partidos obreros. Francia es una
relativa excepción, pues también hubo retrocesos claros. Las
derrotas, fracasos y traiciones de los procesos habidos en los
últimos años en Grecia, España y Gran Bretaña, por distintas
razones, no ayudan a que esto se vaya a corregir en breve.
La
traición de Tsipras deprimió finalmente al movimiento de lucha en
Grecia, después de una década de recesión y lucha de clases
efervescente. Recordemos cómo en más de una ocasión cifras
superiores a cien mil personas rodearon el parlamento griego con la
intención de tomarlo. Recordemos las más de 30 huelgas generales
convocadas, prácticamente todas sin un plan ni estrategia definida
de lucha, simplemente convocadas para soltar presión acumulada en el
movimiento de lucha.
Pero
la traición de Tsipras tuvo consecuencias en toda la izquierda
continental, en primer lugar en Podemos en España, fortaleciendo el
giro a la derecha de la dirección. Últimamente, no hablamos mucho
en los documentos de la Internacional de Grecia ni de España ¡Y hay
que hablar! Hay que hacer balance. En Flujos
y reflujos Trotsky
expone algo interesante sobre hoy:
“…En
todos los países capitalistas el movimiento obrero luego de la
guerra alcanzó su pico más alto y luego finalizó, como hemos
visto, en un fracaso más o menos pronunciado y en una retirada, y en
la desunión de las filas obreras. Con estas premisas políticas y
psicológicas una crisis prolongada, aunque sin ninguna duda hubiera
aumentado el resentimiento de las masas trabajadoras (especialmente
de los desocupados y los subocupados), sin embargo, simultáneamente,
hubiera tendido a debilitar su actividad, porque ésta está
íntimamente ligada a la conciencia de los obreros de su rol
irremplazable en la producción.”
“El
desempleo prolongado a continuación de una época de ofensivas y
retiradas políticas revolucionarias no trabaja en absoluto a favor
del Partido Comunista. Por el contrario, cuanto más tiempo perdura
la crisis, más amenaza con favorecer estados de ánimo anarquistas
en un ala y reformistas en la otra…”.
Igualmente,
Corbyn podía haber jugado un papel, y desde luego podía haber
tenido más confianza en sí mismo (teniendo el apoyo de la base del
partido), para haber ido más allá y enfrentarse al aparato. Otro
contexto internacional quizás hubiera ayudado a que este proceso se
pudiera haber dado.
Pero
el elemento clave en la debacle de Corbyn y de Tsipras fue el papel
congénito que juega el reformismo de izquierdas: timorato, dubitativo, sin un
programa ni estrategia consecuente para enfrentarse al capital y a
sus representantes en las filas del movimiento obrero. Como ha
ocurrido antes en tantas ocasiones de efervescencia social, duda,
queda paralizado, retrocede y lleva a la derrota. El papel del factor
subjetivo, de una dirección marxista, es clave.
El
desarrollo de Asia, que a su vez ha inducido el de Latinoamérica o
África, ha generado una nueva clase obrera que tiene otra
actitud. Piketty, Malinovic y otros autores han constatado cómo en
la última década y media, a escala global, la desigualdad media
entre países se ha acortado, fruto del crecimiento económico en
India, China y otros países asiáticos, propiciado porque las
principales multinacionales buscaron un trabajador más barato que el
occidental.
En
China, con mucho, los trabajadores urbanos mejoraron su situación en bastante mayor medida que la India, donde la mejora favoreció a una
minoría en las ciudades. Con la crisis de la covid, la economía
hindú se ha pegado un batacazo mayúsculo, revelando sus grandes
debilidades con respecto a China. India es otra candidata, como
ocurrió en 1919 con la gripe española, a fuertes sacudidas
revolucionarias.
El
elemento ideológico y de orgullo patrio juegan un papel. El
desarrollo espectacular de la segunda economía mundial es agitado
convenientemente por el Régimen, lo que nos guste o no entronca con
la experiencia propia del trabajador chino. Y después del salto
cualitativo de la crisis de la covid, es esclarecedor que el país
donde se originó el virus lo haya derrotado, mientras casi la
totalidad del resto del planeta yació postrado ante él en mucha
mayor medida.
Julia
Reichert, codirectora de un aclamado documental sobre la instalación
de una empresa china en los EEUU, American
Fabric, lanza una
opinión muy aguda sobre el hecho de que el trabajador chino muestre
una predisposición mayor a trabajar más horas que el
norteamericano: “…Los trabajadores chinos están orgullosos de su
país, orgullosos de su compañía y realmente de cómo China está
floreciendo en el mundo. Los trabajadores norteamericanos que
conocemos no podemos decir que estén orgullosos de su compañía ni
que sientan que América realmente les está ayudando a crecer en el
mundo”.
En
enmiendas finales al documento de 2014 de la CMI, señalamos
correctamente que la eventual quiebra de la burbuja crediticia china
tendría profundos efectos en la psicología de la clase obrera
china. A la inversa: si Occidente sufre en los próximos años los
estragos de la crisis más que el capitalismo chino, igualmente, esto
tendrá un efecto, en un momento de avance general del nivel de vida
en China, tanto en el campo como en la ciudad. Ahora, el 90% de la
población china es propietaria de su casa. Se calcula que un
porcentaje similar de la juventud china menor de 30 años puede
acceder a la propiedad de su casa, mientras que el porcentaje
estadounidense es casi la mitad.
En
el caso chino, como hemos explicado, por las posibilidades de su
economía, el PCCh va a hacer todo lo posible para “sujetar” a la
clase obrera china.
En
general, parece que en una gran parte de países el capitalismo
seguirá revocando avances sociales conquistados hace mucho tiempo, a
no ser que haya una respuesta muy potente y organizada por parte de
la clase trabajadora. Por miedo a la revolución, o por efectos de
luchas de clases que pueden llegar a tener elementos revolucionarios,
es posible que los trabajadores mantengan o mejoren derechos en
algunos países asiáticos, latinoamericanos, etc. Pero, comparada
esta coyuntura con la de hace un siglo, las debilidades generales
saltan a la vista, y son ellas las que predominan.
Chovinismo
e inmigración
El
propio desarrollo de la economía en su etapa de auge, y también las
crisis económicas, propiciaron grandes movimientos de masas buscando
trabajo o huyendo de la miseria. En España, Italia, Estados Unidos u
otros países, los movimientos internos de inmigrantes hacia las
regiones más prósperas (emigración desde todo el Levante y Aragón
hacia Cataluña en el caso español), que laboraba en empleos
subcualificados normalmente, y fue una de las bases del anarquismo.
Lo mismo se puede decir en Estados Unidos, que siempre fue un
atractor de población inmigrante neta a lo largo de toda su
historia, que se situaron siempre en la vanguardia en los momentos de
fuerte lucha social.
Una
de las consecuencias internacionales de la Gran Depresión fue la
persecución de los inmigrantes en la mayor parte de los países. Se
les denegaba trabajo, protección social… Muchos engrosaron las
fuerzas del comunismo o de las otras tendencias más radicalizadas de
la clase obrera. En el caso del Estado español, centenares de miles
volvieron a España en este periodo, provenientes fundamentalmente de
Francia y Latinoamérica. El proceso de revolución y
contrarrevolución en el periodo entreguerras se dio con este
trasfondo ideológico.
Hoy,
como ayer, una de las tareas actuales más perentorias del movimiento
obrero consiste precisamente en fundir dentro de la clase, a través
de la más variada acción colectiva, a las decenas, decenas y
decenas de millones de trabajadores inmigrantes que arribaron a los
países más desarrollados en los últimos años.
Fortaleza
de la clase obrera
Hay
una diferencia extremadamente positiva ahora con respecto a otros
periodos revolucionarios: la clase obrera es mucho más fuerte. Por
ejemplo, no es lo mismo asesinar diez obreros a principios del siglo
XX (hubo incontables matanzas de centenares y de miles) que ahora. La
repercusión pública ahora es mucho más potente.
En
Colombia, el asesinato de un abogado a principios de septiembre de
2020 fue la gota que colmó el vaso ante los padecimientos extremos
vividos en los últimos meses, desencadenando una semi-insurrección
de la juventud en todo el país, con asaltos y destrucción de
decenas de comisarías de policía.
La
clase media, la pequeñoburguesía, es mucho más débil que en el
pasado y eso limita la capacidad de la reacción. Si ésta es capaz
de atraerse a sectores de obreros atrasados (lo que no es una novedad
histórica) se debe fundamentalmente a la política errónea de los
dirigentes socialdemócratas de uno y otro pelaje.
Pero
esta no es la cuestión: no hay duda de que los procesos de lucha que
se van a dar en los próximos años van a ser más numerosos que tras
la Gran Recesión, y más profundos políticamente.
La
cuestión es que la clase trabajadora es hoy más fuerte
numéricamente a escala global, pero está más desorganizada, y
necesita tiempo para eliminar del todo la pesada herencia de la caída
de la URSS, que pesa. Aún pesa. No es lo mismo ser “clase en sí”
a ser “clase para sí”.
La
crisis de la izquierda, con el tiempo, llevó a la pérdida de
tradiciones y organización, en un proceso que se recombinó y
potenció al mismo tiempo. El próximo periodo servirá,
necesariamente, para empezar a generar nuevas estructuras. Unos
sindicatos se revitalizarán, surgirán "nuevos" o se
desarrollarán a través de otros pequeños. Y allá donde haya una
necesidad, ésta tenderá a generar nuevos órganos.
Revolución
y contrarrevolución
En
un contexto de exacerbación de la lucha de clases, la burguesía
puede tomar la senda bonapartista. En el documento de perspectivas de
2016 desde la CMI se explicaba muy bien lo que también existe en un
contexto de revolución y contrarrevolución:
“Tarde
o temprano la clase dominante decidirá que la democracia es un lujo
que ya no puede permitirse. Pero van a moverse con cautela, paso a
paso, erosionando gradualmente los derechos democráticos y
desplazándose hacia el bonapartismo parlamentario primero. Pero en
condiciones de crisis capitalista un régimen bonapartista
reaccionario sería inestable. No resolvería nada y probablemente no
duraría mucho tiempo. Sólo se prepararía el camino para mayores
levantamientos revolucionarios, como la Junta Militar griega en
1967-74 que terminó en una revolución. Tenemos que estar preparados
para este tipo de desarrollos, y que no nos tomen desprevenidos los
acontecimientos”.
Pero
hay que decir más: como decíamos al principio, revolución y
contrarrevolución se dan de la mano. Un proceso revolucionario
fallido en un país generará una tendencia opuesta en sentido
contrario. Y podemos asistir a derrotas, que pueden ser casi
definitivas por años y décadas en algunos países.
Hace
100 años los obreros y marinos finlandeses fueron fundamentales para
tomar el poder en octubre de 1917 en Rusia ¿Desde cuándo no hay un
movimiento revolucionario de los obreros finlandeses tras su derrota
en 1918? ¿Cambiará esto en este próximo periodo de declive
capitalista? Puede que sí, o no, no lo podemos saber. El marxismo no
hace magia. No lo sabemos. Pero la experiencia histórica debe servir
para no embellecer la lucha de clases.
Si,
por ejemplo, leemos a Trotsky en 1930, escribiendo sobre un
determinado país, y luego lo leemos en 1931, o en años posteriores,
contemplaremos a alguien que se esfuerza por desentrañar cómo el
movimiento avanza o retrocede. Se mofa públicamente de los
estalinistas de por entonces y de su idea de que “hoy somos más
revolucionarios, el mes que viene más aún, y al año siguiente más
todavía”. Depende. Coyunturas revolucionarias se dan. O no. No en
todos los países. Y también se malogran. Y puede sobrevenir otra
coyuntura reaccionaria. Dependen de cada tradición, si se viene de
victorias o no, de la moral de los activistas, de que haya dirigentes
capaces...
Dicho
todo esto, por el propio desenvolvimiento de la lucha de clases, los
próximos años ayudarán a solventar esta contradicción.
En
un momento dado, como ya hemos visto suceder, puede darse el caso
extremo de que incluso aunque no haya un fuerte partido
revolucionario articulado entre las masas, pueda haber procesos como
el que llevó a la victoria de Chávez en 1998, o el de la victoria
de los revolucionarios cubanos en 1959. No se puede descartar ni
mucho menos algo parecido en los próximos años.
Los
analistas burgueses están muy preocupados
Roubini
trató de explicar la causa que estaba detrás de la oleada de
manifestaciones en EEUU tras el asesinato de George Floyd:
“…Este
fenómeno no se limita a los EE.UU. Sólo en 2019, manifestaciones
masivas sacudieron Bolivia, Chile, Colombia, Francia, Hong Kong,
India, Irán, Irak, Líbano, Malasia y Pakistán, entre otros países.
Aunque cada uno de estos episodios tuvo diferentes causas, todos
ellos reflejaron el resentimiento por el malestar económico, la
corrupción y la falta de oportunidades económicas. Los mismos
factores ayudan a explicar el creciente apoyo electoral de los
líderes populistas y autoritarios en los últimos años. Tras la
crisis financiera de 2008, muchas empresas trataron de aumentar sus
beneficios mediante el recorte de gastos, empezando por la mano de
obra (…) El precariado
es la versión contemporánea del proletariado de Karl Marx: una
nueva clase de trabajadores alienados e inseguros que están maduros
para la radicalización y la movilización contra la plutocracia (o
lo que Marx llamó la burguesía). Esta clase está creciendo una vez
más”.
En
su libro de 2010, Roubini señaló algunas deficiencias del
capitalismo actual, pero demostró no haber leído con seriedad los
escritos de Marx, reflejo también de cómo en los 30 últimos años
el “socialismo” dejó de contar como un enemigo para la
burguesía. Schumpeter, Keynes, Samuelson o Galbraith tuvieron
razones poderosas para escribir con más cuidado sobre el socialismo
y el marxismo. En cualquier caso, Roubini, en los últimos años, sí
empieza a conocer al menos las obras más básicas. Acabó el
anterior artículo de la siguiente manera:
“…El
nuevo proletariado, el precariado, se está rebelando. Parafraseando
a Marx y Engels en el Manifiesto
Comunista: "Que
las clases plutócratas tiemblen ante una revolución del precariado.
Los precarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas. Tienen un
mundo que ganar. ¡Trabajadores precarios de todos los países,
uníos!".
A
pesar de la crisis de la izquierda, los analistas más preclaros que
defienden el orden burgués, que no son estúpidos, reflejan, de una
u otra forma, su preocupación ante el torbellino social que puede
darse en el próximo periodo. Son conscientes de que se ha generado
una conjunción (crisis económica, pandémica, social, política,
ecológica), que va a exacerbar el ya destrozado equilibrio político,
militar y social con que terminó la pasada crisis.
Klaus
Schwab, tomando cumplida nota de las grandes movilizaciones habidas
en 2019, advierte de la tendencia “a la desintegración social de
la sociedad en su conjunto” que está originando la pandemia.
Merece la pena leer algunas partes:
“…Cuando
termine la pandemia de la covid-19, en muchos países se tendrá la
percepción de que las instituciones han fallado (…) En los
próximos años, a medida que la pandemia cause dificultades en todo
el mundo, lo más probable es que la dinámica vaya en un solo
sentido para los países más pobres y más frágiles del mundo: de
mal en peor. En resumen, muchos estados que exhiben características
de fragilidad corren el riesgo de fallar”.
Schwab
advierte del éxito de Asia oriental a la hora de enfrentarse a la
pandemia, al mismo tiempo que expone el fracaso de los dos países
(EEUU y Gran Bretaña) que mejor aplicaron la doctrina neoliberal.
Predice una adaptación del capitalismo que supere el neoliberalismo
y busque un nuevo “contrato social”.
Este
tipo de análisis no son nuevos. Eran expuestos por conocidos
keynesianos desde hace décadas. La diferencia es que ahora antiguas
biblias neoliberales del pensamiento económico y estrategas de los
círculos más elevados del poder capitalista abogan por una política
que, en la medida de lo posible, aplaque la contestación social que
se vislumbra. Schwab insiste:
“Una
de las grandes enseñanzas que nos ha dejado los cinco últimos
siglos en Europa y Estados Unidos es esta: las crisis graves
contribuyen a reforzar el papel del Estado…”. En efecto. Y, visto
con mirada histórica amplia, no hay nada nuevo en esto. Y el
marxismo, que significa una mirada larga sobre la historia y la lucha
de clases no se debe sorprender por ello. Antes exponíamos cómo,
después de la I Guerra Mundial, "a los EEUU, después de
superar a Gran Bretaña, le costó un cuarto de siglo imponer sus
reglas al área capitalista". Schwab, en su análisis, no ve
claro que en muchas décadas se pueda llegar a un predominio de China
sobre EEUU, o viceversa. En cualquier caso, subraya, más que
preocupado, las décadas de inestabilidad global en que puede sumirse
el capitalismo si no se llega finalmente a un "arreglo"
entre las dos potencias dominantes.
10.
La estrategia de los marxistas
¿Está
acabada la socialdemocracia?
Piketty,
en Capital e ideología,
trata de demostrar cómo la base social de la socialdemocracia en
Occidente se ha reducido. Aunque es conscientemente confuso en este
caso en términos de análisis clasista, expone cómo desde hace
décadas un porcentaje importante de trabajadores va a la abstención
ante unos políticos que no hacen una política diferencial de los
partidos burgueses. Si bien hay tradiciones nacionales diversas (en
Escandinavia el estado del bienestar no retrocedió tanto, y la SD
conserva más fuerza), esta tendencia es real.
Pero
la SD sigue siendo mayoría del movimiento obrero en Europa
occidental y países más avanzados. De cara a la revolución sigue
siendo una tarea estratégica ganar a su base social. Incluso antes,
cualquier delegado nuestro, cualquier compañero que alcance un eco
en su barrio o pueblo, debe educarse sobre cómo dirigirse
públicamente a la mayoría de la clase trabajadora, con un lenguaje
y un método adecuados, no para adaptarnos a la mayoría, sino para
saber cómo ganarnos el oído de una mayoría de trabajadores,
consiguiendo el derecho a ser escuchados.
Debido
a la debilidad de las fuerzas del marxismo, ejemplos como los de los
gobiernos de los Kirchner en Argentina constituyen un auténtico
paradigma sobre cómo la burguesía puede recomponer una situación
que se le escapa de las manos para dominar situaciones
revolucionarias: apoyándose en las masas para estabilizar una
situación revolucionaria; hacer concesiones formales en el aparato
del estado, en la Constitución, incluso proclamando “una nueva
república”, una Asamblea Constituyente; encarcelar a unos cuantos
corruptos o represores de los antiguos gobiernos, etc. Incluso, en la
próxima etapa, llevar a cabo determinadas nacionalizaciones. Pero,
en esencia, salvaguardar lo fundamental del sistema capitalista.
Burócratas
como Sánchez o Costa no quieren suicidarse. Ya tomaron cumplida nota
de lo que le pasó al PASOK y al PSF. Sí, en momentos de crisis
capitalista el reformismo es la pata que le falta a la silla del
sistema, que asegura su estabilidad. Sí ¡Y la forma en que lo hizo,
por ejemplo, Kirchner en Argentina, ante la presión revolucionaria
de las masas, fue maravillosa desde un punto de vista burgués! Si la
revolución no triunfa, y es muy posible que esto ocurra a pesar de
que se luche muy fuerte en determinados países ¿no podrá apoyarse
la burguesía en los reformistas para dirigir el descontento de las
masas hacia canales seguros, dando estabilidad al sistema? Lo harán.
Lo volverán a hacer, como tantas veces en el pasado.
¿Dónde
está escrito que no pueda haber un resurgir de la SD en determinadas
circunstancias? Después de una fortísima crisis financiera, después
de los estragos de la crisis, ¿la burguesía no echará mano “de
lo que sea” para conjurar precisamente el fantasma de la revolución
si fracasan gobiernos de la derecha y hay un empuje de las masas? Y,
como hemos escrito muy bien durante décadas, el fascismo no tiene ni
bases sociales ahora ni, a corto plazo, hay una Revolución Rusa ni
Internacional Comunista que lleve al capitalismo a una lucha
existencial como en 1917-21.
Piketty
expone cómo cree que hay un cambio de tendencia con respecto a la
etapa que se abrió con la llegada de Reagan al poder en 1980. La
campaña crecientemente estruendosa e histérica de sectores de la
burguesía a la hora de demonizar el socialismo, por ejemplo en los
EEUU, no hace sino facilitar su popularidad.
Según
una encuesta que ha tenido un eco público importante, un 67% de los
jóvenes votaría por un presidente socialista. Y el 30% de los
mayores de 65 años haría lo mismo. Hay varias encuestas más en
este sentido. Y los políticos socialistas más conocidos (Sanders u
Ocasio Cortez) popularizan constantemente la idea de subir
radicalmente la tributación a los ricos, lo que conecta no sólo con
la mayoría de la población, sino con la propia racionalidad
económica para mantener al sistema capitalista, en unos años donde
probablemente asistamos a una exacerbación de la lucha de clases.
Por
tanto, si bien no está descartado que surja un Partido Laborista que
pueda llegar al poder o tener un impacto decisivo en la política
norteamericana en los EEUU, esto dependerá de factores que se le
escapan en los próximos años a una pequeña tendencia como la
nuestra. Si Alexandra Ocasio-Cortez y Sanders mantienen en los
próximos años su apoyo a Biden, esto se dificultará. Y esta última
posibilidad será tanto más posible cuanto más audazmente Biden se
mueva, como lo está haciendo, para recuperar, con medidas sociales y
laborales que den más derechos a la clase trabajadora. Esto, además,
tiene la virtud de recuperar sectores de la misma que en las últimas
décadas perdieron los demócratas frente a los republicanos. Y Biden
hace esto porque entiende que así contribuye a estabilizar al
capitalismo norteamericano, para que no culminen en acontecimientos
aún más dramáticos los síntomas de enfrentamiento social que
alumbraron 2020.
En
España hubo una conmoción cuando la derecha y la ultraderecha
ganaron las elecciones regionales en Andalucía a finales de 2018. En
las siguientes generales, hubo un cierto cierre de filas de una
mayoría de trabajadores de izquierdas para frenar el paso a la
reacción. En los EEUU, en mucha mayor medida, el asalto al Capitolio
de la tribu reaccionaria ha tenido un efecto de shock en la
conciencia. Ha habido un “cierre de filas” en torno a Biden, que
se retroalimenta con sus primeras acciones políticas, como fue la de
favorecer la subida del salario mínimo y manifestarse a favor del
derecho a la sindicalización de los trabajadores de Amazon. Y ahí
están las encuestas: Biden sube, mucho más de lo que sospechábamos.
Y también hace, mucho más de lo que sospechábamos. Y en política,
hacer
vale más que mil discursos.
Dicho
esto, antes de tener influencia sobre los segmentos que aún apoyan a
la socialdemocracia, hay que luchar por el segmento que en diferentes
países ya rompió, o empezó a romper, con ella, como lo que fue la
base social de Podemos entre 2014-15, el reformismo de izquierdas. Y
esta sigue siendo otra tarea estratégica.
Debilidad
histórica de las fuerzas del marxismo
De
lo que estamos hablando es que, aunque hayamos ganado con audacia y
trabajo a mil compañeros en el último año, 4.000 compañeros en
todo el planeta es una cifra enormemente limitada para las inmensas
tareas que exige la Revolución Mundial. Es menos de lo que Trotsky
dispuso a finales de los años 30.
A
veces, de una forma un tanto simplista, hemos expuesto cómo los
bolcheviques tenían “tan sólo” a unos 8.000 militantes en
Febrero de 1917 (2.000 en Petrogrado), pasando a ser casi 200.000 en
pocos meses para poder dirigir la Revolución de Octubre. Pero la
realidad fue más compleja: Lenin y Trotsky fueron fundadores del
movimiento obrero ruso. Por la socialdemocracia rusa (revolucionaria)
y organizaciones periféricas pasaron centenares de miles de
militantes en las dos décadas que precedieron a la Revolución de
Febrero, que acumularon una enorme experiencia en base a
acontecimientos tumultuosos, con una dirección excepcionalmente
sólida y revolucionaria.
No
tenían por encima de ellos a dirigentes ni organizaciones (por muy
degeneradas que fueran) que tuvieran tradición e influencia de masas
sobre el movimiento obrero en el último siglo, como nosotros.
Es
verdad que el papel traicionero del estalinismo no existe ahora, y
eso favorece más aún en la siguiente etapa el surgimiento de
organizaciones “nuevas” como los “Luchadores por la Libertad”
de Sudáfrica o Podemos. Si se diera un proceso que dé lugar a un
régimen tipo Chávez en Venezuela ¿podría conformarse así un polo
revolucionario a nivel mundial compuesto por varios países que sirva
de referente? Es posible. Esperemos que así ocurra.
Este
periodo de declive puede ser tan largo como el del periodo
entreguerras. La causa principal es la debilidad histórica de las
fuerzas del marxismo. La otra, el enfrentamiento a todos los niveles
que habrá entre China y EEUU por la supremacía mundial, con
consecuencias insospechadas. Sí, hay una clase obrera que luchará
con todo… pero sin dirección. El factor subjetivo es esencial para
la revolución socialista. Ahora, el
hecho más resaltable, históricamente hablando, es la debilidad de
las fuerzas de la izquierda revolucionaria, que en continentes como
el europeo es más débil que nunca desde los tiempos de la I
Internacional. Y en otros continentes, sencillamente MUY DÉBIL.
El
marxismo exige ser concretos para poder entenderse mejor. En 1878,
con la primera ley antisocialista de Bismarck, el partido de
Liebcknecht ya tenía una docena de diputados y, en la siguiente
década de represión, no cesó de extender su influencia. En otros
países europeos estaban puestas las bases de partidos obreros y
sindicatos con un cariz revolucionario que tuvieron ya un impacto en
las masas ya entonces. El hecho es que las fuerzas revolucionarias
actuales han quedado reducidas en Europa a muchísimo menos que eso.
La
mejor política, la más revolucionaria, que es algo por lo que
luchar, no se podrá trazar jamás sin entender las fuerzas de que
disponemos, la fuerza de nuestra clase, el ambiente real, y su nivel
de organización. Precisamente, para mejor tener un sentido de la
proporción entre nuestras reales fuerzas y las inmensas tareas,
entre el potencial infinito y la realidad limitada, se exige
maximizar los resultados de nuestra intervención, al mismo tiempo
que nos exige profundizar en las estrategias de Frente Único en los
proceso de la lucha de clases por venir, para educar a nuestras
pequeñas fuerzas. Y la educación exige de muchos errores necesarios
para el aprendizaje por parte de nuestras, mayormente, jóvenes
fuerzas, de mucho sentido de la proporción y de equilibrio en
nuestra intervención.
En
este periodo, donde veremos muchos estallidos revolucionarios, va a
ser sumamente complicado que veamos la victoria de un proceso
revolucionario socialista genuino, como lo fue el que llevó a la
victoria en 1917. Para eso se necesita una organización con
tradición de décadas (no somos los miembros fundadores originales
del movimiento obrero, como sí lo fueron Lenin y Trotsky) dirigida
por marxistas, organización que no hay.
La
clase trabajadora va a luchar con todo, y puede asombrarnos, como lo
ha hecho mil y una veces. Como lo hizo en 1905 a unos sorprendidos
bolcheviques cuando creó los soviets. Como lo hizo en Bolivia,
cuando escuadrones de mineros y campesinos derrotaron en campo
abierto al ejército militar. Y en Cuba, en 1959. O nuevamente en
Bolivia, en 2003 y 2005… La clase obrera no puede hacer magia, pero
sí maravillas. Las hizo en el pasado y las volverá a hacer.
Ahora
bien, nosotros siempre dijimos “esperar lo mejor, prepararse para
lo peor”. El que contemplemos la hipótesis de una victoria
revolucionaria, o varias, en el próximo periodo, no sustituye a las
tareas actuales de hoy, y mañana (y cuando decimos mañana hablamos
de años), de los revolucionarios en diferentes países.
No
existe crisis final del capitalismo
Trotsky
y Lenin subrayaron, frente a Kondratiev y otros ultraizquirrdistas,
cómo no existe crisis final del capitalismo. Y lo hicieron
repetidamente.
Las
perspectivas son condicionales. Trotsky esbozó recurrentemente en
los debates de coyuntura, frente a las tesis principales que
defendía, esbozos concretos por los que podía darse, a largo plazo,
un particular desarrollo opuesto a la tesis principal que planteaba.
Antes de ser expulsado de la URSS, frente a auditorios que esperaban
extasiados el discurso de uno de los jefes de la revolución,
desplegaba todo el ideario sobre cómo, en una determinada coyuntura,
la propia Revolución podía sucumbir, y lo hizo repetidamente desde
1921 hasta que fue expulsado de la URSS. Y en los años sucesivos,
prácticamente en cada año.
Si
los marxistas, y la izquierda revolucionaria en general, no
aprovechan en algún país la coyuntura que se abre en el actual
periodo, en un momento dado habrá un nuevo auge económico, un nuevo
periodo de avance general del capitalismo donde el peso de los ciclos
de crecimiento económico sea superior al de las recesiones,
desarrollándose nuevamente la globalización capitalista en base a
nuevas fuentes de energía, nuevos materiales, nuevas mercancías,
nuevos continentes y mercados que desarrollar.
“…Es
posible que la explotación de los cientos de millones de
trabajadores que están entrando en las fuerzas laborales de Asia,
Sudamérica y Oriente Medio empujen hacia delante al capitalismo.
Esta sería una forma clásica de compensar la caída de la tasa de
beneficio en las economías capitalistas maduras”´dice Roberts en
su libro.
Malinovic
aprecia que para el capitalismo sigue existiendo abundancia de mano
de obra que permite su expansión. Al mismo tiempo, establece la
perspectiva de que los principales capitalismos, empezando por el
chino, incrementen “la carrera africana”, en el mismo sentido que
se inició con China desde principios de los años 80, que será
decisiva para el auge futuro del capitalismo.
Lamentablemente,
cada año que se pierde, cada década que el capitalismo, en su
versión más senil y derrochadora de recursos, se mantiene sobre el
planeta, la crisis ecológica, que va a jugar un papel creciente en
las luchas sociales en este periodo, amenaza con catástrofes
naturales y humanitarias sin parangón. No hay que tener ansiedad a
la hora de encarar nuestras tareas (la ansiedad siempre nubla la
mente), pero tener un sentido de la urgencia es vital para que la
Humanidad, a través de la Revolución Socialista, encuentre un
camino con el que saldar su deuda con la restauración más armoniosa
posible del medio ambiente.
Qué
métodos recuperar
Desde
que pergeñaron el Manifiesto
Comunista, Marx y
Engels establecieron un método para trabajar conjuntamente con las
fuerzas revolucionarias que había en el momento, lo que demostraron
con creces con la creación y desarrollo de la I Internacional. La
esencia de esa estrategia es la que desarrollaron luego Lenin y
Trotsky, cuando su “OPA” al movimiento obrero no logró todos los
resultados que ellos esperaban, a partir de 1919. Debido a la
exageración de las posibilidades revolucionarias, junto con la
trivialización mecánica de la política bolchevique efectuada por
las jóvenes e inexpertas fuerzas de la nueva IC, se desarrollaron en
su seno poderosas tendencias ultraizquierdistas. Lenin y Trotsky
hicieron autocrítica. Desarrollaron entonces la estrategia del
Frente Único, inspirándose en el trabajo de los fundadores del
socialismo científico.
El
Frente Único ante las organizaciones reformistas nos posibilita una
audiencia mayor hacia nuestras ideas en los pocos lugares donde
tenemos cierta fuerza para ello. Siempre estando precavidos ante la
traición de los dirigentes reformistas que, en un momento dado, se
ven forzados a admitirnos como aliados frente al Capital para
justificarse en un momento excepcional, mientras, al mismo tiempo, se
preparan para cuando puedan mejor traicionarnos.
El
Frente Único y la unidad de las fuerzas revolucionarias, los debemos
potenciar al máximo en un millón de batallas que tenemos por
delante en los cinco continentes, lo cual es mucho más importante en
aquellos países preñados de violencia étnica, religiosa y
sectaria.
Justo
antes de que Trotsky y Lenin dieran la batalla para cambiar la línea
de la IC, librando una difícil batalla contra los ultraizquierdistas
(que estuvieron a punto de perder en el III Congreso), Paul Levi
escribió su “Carta Abierta”. Esta fue el antecedente práctico
de la política de Frente Único por entonces. Pero Levi, que había
vivido el triunfo de la revolución de 1917 en Rusia, que tenía
experiencia y sabía de táctica y estrategia, del arte
sobre cómo la minoría revolucionaria debe ganar a la mayoría de la
clase trabajadora, fue expulsado desgraciadamente por los
ultraizquierdista del KPD. La colaboración entre él, Zetkin, Lenin
y Trotsky quedó rota por la desconfianza y los agravios mutuos.
La
desconfianza y los agravios mutuos tienen una larga historia en las
filas del movimiento obrero ¡Y más en los pequeños grupos! La
lucha contra todo rencor por los choques políticos y disputas
recurrentes en la intervención políticas, contra todo sectarismo,
debe ser santo y seña en la educación de nuestros militantes.
En
un sentido, nada fundamental cambió con respecto a lo que planteaba
Trotsky hace más de 80 años: “la crisis de la humanidad se reduce
a la crisis del factor subjetivo”. Y es así. Los diferentes giros
tácticos entristas de los trotskystas en los años 30 fueron un
intento de crear un puente hacia las masas.
Ahora
bien, desde los tiempos de Trotsky, toda una serie de corrientes del
trotskysmo han tenido un problema orgánico, con teorización ad
hoc incluida, que les
ha mantenido proceso tras proceso en la periferia de los movimientos
de masas, independientemente de su tamaño.
En
diferentes casos, las ansias, las prisas por crecer demasiado rápido,
en un contexto difícil en diferentes países, llevó a jugar con la
teoría, o a giros oportunistas hacia determinados procesos
políticos.
En
otros casos, incluso en grupos que alcanzaron una relativa
influencia, había una falta de convencimiento en su dirección a la
hora de jugar un papel futuro en la dirección de ningún proceso
revolucionario. Incluso en el caso de dirigentes revolucionarios,
como en el caso de Nin. La unión con el BOC, para ser más grandes
en el corto plazo, fue una autocensura de la IC, que llevó a su
crítica política a no causar efectos, ni a su izquierda ni a su
derecha. A su derecha, desperdiciaron la oportunidad extraordinaria
de jugar un papel capital en el desarrollo revolucionario de las
JJSS. A su izquierda, tuvieron siempre una relación “diplomática”
y no revolucionaria con la CNT, lo que les llevó a la inanidad
cuando hubo una división abierta entre la izquierda y la derecha en
su seno, a partir de los últimos meses que precedieron a la muerte
de Durruti.
Nuestra
Internacional ha mantenido el método que utilizaron Lenin y Trotsky
y, antes que ellos, Marx y Engels, a la hora de orientarse al
proletariado. Educar cuadros y realizar un trabajo de propaganda.
Orientar a los pocos cuadros que tenemos allí donde más rápidamente
puedan replicar sus fuerzas. Formar a los nuevos compañeros. Enseñar
a enseñar, que es lo más importante.
Nosotros
debemos educar a nuestros compañeros en generar la máxima fe en
cada tarea que se propongan, en cada aspecto de participación en la
lucha de clases en que participen, en generar comunión con los
trabajadores allí donde participemos. Los marxistas no se arredran
ante las dificultades. No temen llamar a las cosas por su nombre ni
reconocer los problemas existentes. Entienden la necesidad de la
unión mancomunada del pensamiento crítico, de la acción
revolucionaria, junto con la propagación de todos los métodos de
lucha que generen la máxima confianza y solidaridad posibles entre
nuestros compañeros y nuestra clase.