PERSPECTIVAS MUNDIALES
[Aclaración: este documento fue escrito por el autor en mayo de 2021, cuando militaba en la CMI, Corriente Marxista Internacional, de cara a los debates previos a su Congreso Mundial de 2021. A su vez, está basado en su estructura e ideas fundamentales en otro que escribió en el Otoño de 2020. Es un escrito que analiza la situación de inestabilidad global generada tras el estallido de la pandemia de la covid, poniéndola en relación con otras crisis económicas y políticas del capitalismo en los 100 años anteriores. Analiza los principales desarrollos económicos y políticos actuales. Las conclusiones fundamentales sobre las principales contradicciones de la geopolítica mundial, que se centran en la batalla desencadenada entre EEUU y China por el dominio planetario global, junto con las tareas de los marxistas revolucionarios, siguen plenamente vigentes].
1. Introducción: estallido de la crisis actual
Los acontecimientos desatados tras el estallido de la pandemia de la covid 19 han desencadenado una de las mayores crisis del capitalismo de toda su historia, por su magnitud, y por el carácter tan sincronizado con el que se ha manifestado a nivel mundial fruto de la interconexión actual de la economía.
Toda nueva crisis siempre contiene fenómenos originales. A pesar de ello, si queremos acercarnos a entender lo que está ocurriendo y, más aún, lo que puede ocurrir, no tenemos más remedio que buscar precedentes. Por parciales que sean, sirven para comparar, relativizar y ponderar lo que vivimos, poniéndolo en relación con el contexto del que veníamos, para intentar orientarnos sobre los acontecimientos venideros.
El marxismo es, entre otras cosas, una visión de los procesos de largo recorrido, a nivel espacial y temporal. De no analizar los procesos así, para discriminar lo que es accesorio de lo sustancial, corremos el riesgo de caer en el impresionismo y reduccionismo. Hay un poso, una tradición y una dinámica de toda la etapa anterior, que hay que esclarecer.
Debido a las especiales características que han alumbrado la actual inflexión histórica, es muy ilustrativo analizar en primer lugar la etapa que se dio en la primera mitad del siglo XX que, como ocurre actualmente, significó un cambio en el dominio global del capitalismo.
De 1914 a 1921
Entonces hubo procesos que se superpusieron como gotas que caen en un estanque, generando ondas que chocaron unas con otras para crear un complejo cuadro final donde se expresaron diferentes empujes.
Los marxistas no somos mecanicistas económicos. Ha habido multitud de acontecimientos “exógenos” (eventos políticos, religiosos, descubrimientos geográficos…), que supusieron el choque definitivo para que se diera un particular desarrollo histórico.
En última instancia, estos elementos “exógenos” no son tales: el desarrollo de la economía está vinculado al de la historia de la humanidad. Tales eventos no estrictamente económicos ponen a prueba, facilitando o no, el desarrollo de cambios más profundos que vienen gestándose en el seno de la sociedad. Es la viabilidad de un modo de producción dado el que permite que supere la prueba, vea facilitada su evolución o, en cambio, estallen cambios y nuevos desarrollos que lo transformen debido a las contradicciones que anidaban en su seno.
A principios del siglo XX, el doble golpe que significaron la I Guerra Mundial (que era la expresión de las contradicciones interimperialistas en una determinada fase del capitalismo), más la pandemia de la gripe española, tuvieron efectos económicos y políticos claves a la hora de modificar el tiempo histórico, marcado anteriormente por el declive del Imperio Británico, frente al que se alzaban capitalismos más novedosos, como eran los casos norteamericano, alemán o japonés, cada uno de ellos con un desarrollo particular.
La dialéctica del desarrollo desigual y combinado propició que estados burgueses, incluso con fuertes pervivencias feudales como en el caso de Japón, ante el empuje de la economía capitalista global, se vieran impelidos a desarrollos novedosos para limitar su retraso global frente al capitalismo dominante, el británico.
El Estado ha tendido a jugar siempre un papel muy importante en las épocas de cambio histórico en la sociedad capitalista, en última instancia siempre al servicio de la burguesía. Japón, después de la humillación sufrida por los países capitalistas en 1853-54, fue adoptando medidas extraordinarias contra el Antiguo Régimen, elevando en las décadas finales del siglo XIX los impuestos a las rentas altas para responder al desafío de Occidente. Igual hizo Dinamarca, que había sufrido su particular humillación frente a Prusia. Luego Alemania, a fines del siglo XIX, e Inglaterra, en 1909-10, subieron los impuestos progresivos, si bien aún a niveles bastante más bajos de lo que lo hicieron a partir de 1914.
Fue entonces, tras el desencadenamiento de la I Guerra Mundial, ante una batalla general por los mercados mundiales, cuando cada burguesía tuvo que pagar contribuciones extraordinarias para aspirar a conseguir un premio fabuloso.
La I Guerra Mundial supuso la ruptura del equilibrio económico, político, militar y social habido hasta entonces. Hubo una sucesión de acontecimientos que alentaron a la gigantesca conflagración mundial, generando un gran parteaguas histórico. En este sentido, tuvimos:
- La recesión que comenzó en 1913-4.
- La I Guerra Mundial.
- Explosión inflacionaria a partir de la guerra.
- La Revolución Rusa.
- La pandemia de la gripe española.
- La breve recesión de 1918 causada por la gripe española, constatada en algunas economías.
- Crecimiento económico de 1919-20.
- La recesión de 1920-21.
- El comienzo posterior del boom de los años 20.
El látigo de la inflación, originado con la escasez provocada por la ruptura de la cadena global de suministros al inicio de la I Guerra Mundial y con la “economía de guerra” subsiguiente, golpeó a la población durante todo este periodo. Esto multiplicó la acción colectiva de la clase trabajadora. Los sindicatos reforzaron su actividad en todos los países, neutrales o beligerantes.
La guerra corta prometida por los líderes políticos en cada país no fue tal. Fue larga, más dolorosa que nunca. Y costosísima. Cada burguesía exprimió al máximo sus recursos en una apuesta de “todo o nada” donde se trataba de ganar la partida final para conquistar un suculento botín. El Estado se hizo valer más que nunca hasta entonces. Se militarizó la sociedad, se reglamentó la economía orientándola al esfuerzo bélico, se multiplicó la recaudación tributaria haciendo pagar a los ricos de forma desmedida, como nunca hasta entonces. Los pobres, lógicamente, pagaron muchísimo más, en primer lugar en el campo de batalla. La crisis político-militar de la guerra desnudó las contradicciones e intereses imperialistas.
Pero no sólo se subieron los impuestos a los capitalistas debido a la guerra. Piketty lo recuerda en su libro Capital e ideología:
“No debe olvidarse el fuerte impacto causado por la Revolución bolchevique de 1917, que condujo a las élites capitalistas a modificar radicalmente sus posiciones sobre la cuestión de la redistribución de la riqueza y la justicia fiscal, especialmente en Europa. En Francia, los mismos grupos políticos que habían rechazado el impuesto de la renta con un tipo de un 2% en 1914 deciden votar a favor de tipos del 60% sobre las rentas más altas en 1920. Lo hacen por el miedo a la revolución, en un contexto en el que las huelgas generales amenazaban con incendiar el país y en el que la mayoría de los militantes socialistas optaban por unirse a la Unión Soviética y a la nueva IC dirigida por Moscú. En comparación con el riesgo de expropiación generalizada, los impuestos progresivos de repente parecían menos aterradores. Podría aplicarse el mismo enfoque a las huelgas casi insurreccionales que tuvieron lugar en Francia en 1945-48, especialmente las de 1947”.
Cuando estaba acabando la guerra, cayó el hachazo de la gripe española. La primera oleada tuvo lugar en la primavera de 1918. La segunda, en el otoño de 1918, con un virus mutado mucho más mortífero, provocó en 4 meses 4 o 5 veces más muertos que los 4 años de guerra previos. Sólo que los muertos no se distribuyeron únicamente en Europa, sino por todo el planeta. Es difícil de imaginar los efectos cataclísmicos que supusieron estos acontecimientos en la conciencia, teniendo en cuenta que, como mínimo, falleció a causa de la pandemia un mínimo del 2% de la población mundial.
En el último año se han iniciado muchos estudios comparados de los efectos provocados por la covid actual y de la gripe española de hace un siglo, muy insuficientemente estudiados en este último caso. El economista Derek Alcroft, escribiendo en los años 80, menciona la breve recesión de 1918 en los EEUU, que hoy sabemos provocada por la pandemia, pero no explica su causa. Sí afirma que la recesión posterior, durísima, que empieza en 1920, tiene su origen en la industria textil del Japón, donde tuvo lugar el último coletazo conocido de la gripe española, tal como menciona Laura Spinney en su libro El jinete pálido (sobre la gripe española), provocándose un derrumbe de la bolsa nipona de casi el 80% en los siguientes 6 meses.
Alcroft, cuando explica la evolución de la economía, en el breve boom de 1919-20, lo que describe es el “rebote” de la economía en forma de V, donde el elemento de la pandemia anterior, como ahora, fue clave. Posteriormente, la gran caída de la economía de 1920-21 fue una crisis de sobreproducción clásica, motivada por la sobreinversión que habían realizado durante la guerra los diferentes países, fruto de la ruptura dramática de los circuitos tradicionales del comercio mundial. La especulación feroz en 1919, junto con el alza de la inflación, facilitaron aún más la brutal caída en 1920-21, que fue mayor que la de 1929-31 en Estados Unidos, Gran Bretaña, Suecia o Sudáfrica.
Entonces, como ahora en los países menos desarrollados, el desempleo era un drama. Pero entonces era mucho más difícilmente soportable para la clase trabajadora. Entre fines del XIX y principios del XX, en contados países se habían logrado ciertas legislaciones donde se empezaron a plasmar limitadas conquistas sociales, pero los gastos sociales aún eran irrisorios. Todos los trabajadores vivían al día o endeudados, no había ahorros, ni desempleo, ni asistencia sanitaria. El gobierno soviético fue el primero que introdujo de forma universal la sanidad pública.
El miedo al contagio bolchevique comenzó a cambiar la situación anterior. Se implantó en determinados países la jornada de 8 horas, o ayudas a los desempleados, entre otras medidas, que los capitalistas otorgaron para parar la revolución. En los años 30, el subsidio del desempleo en los países más avanzados ya permitía al menos “vivir” a un obrero en paro.
El fin de la pandemia supuso el rebrote de la actividad económica, pero con escasez, inflación y una enorme rabia acumulada, contenida más allá de lo soportable. La conflictividad se desató como nunca antes había sucedido, ni después, por todo el planeta. En el caso español, si bien el proceso revolucionario de los años 30 fue mucho más rupturista políticamente, el pico huelguístico de 1919-20 fue mayor.
El referente de la Revolución Rusa
Antes, durante todo 1917, los trabajadores más politizados recibieron con doble alborozo las victorias de febrero y octubre en Rusia, con la caída del pentacentenario zarismo y la posterior instauración del gobierno de los soviets. Una llamarada clara, un referente poderoso, una idea que cuajó con fuerza en mitad de las privaciones: “si los rusos han podido, ¿Por qué no nosotros?”.
De hecho, 1917, en mitad de la guerra, a priori no era el mejor momento para que se desencadenase una revolución victoriosa en un país atrasado como Rusia. Parte de la dirección del partido bolchevique estaba en la cárcel, otra parte mayoritaria estaba en la emigración… Y, sin embargo, se pudo. En Rusia, un factor clave fue la revolución de 1905-6, que había allanado el camino a la de 1917, restándole al zarismo una gran porción de autoridad ante las masas, demostrando su fragilidad ante las mismas. La experiencia de 1905-6 perfiló los objetivos de la revolución posterior. Y, más aun, fue forjando una nueva dirección ante las masas. No será usual en procesos posteriores que, ante un levantamiento revolucionario abierto, la mayoría de los principales dirigentes sobreviviera al mismo, lo que fue vital para el éxito del siguiente envite en 1917.
Esto, el papel de la dirección, sobre todo con Lenin, fue decisivo. Fue lo que marcó la diferencia para la toma y posterior conservación del poder. Permitió solventar la contradicción fundamental que se expresa en todo proceso revolucionario: la capacidad de la dirección para orientar a los activistas y el sector de la clase trabajadora más politizado y enérgico, que ha llegado antes a conclusiones revolucionarias, a ganar durante la crisis revolucionaria a los sectores fundamentales de la clase. Esa es la esencia del arte de toda revolución.
Si bien hubo tendencias generales en el alza y baja de las luchas, se expresaron de diferentes maneras en cada país, en primer lugar en función de que hubiera una dirección que supiera ponderar el desempeño de las fuerzas revolucionarias que estaban a su cargo. Unas veces no era el momento adecuado para luchar, pero las masas no podían aguantar más. En otras ocasiones el poder estaba al alcance de la mano, pero la dirección vaciló, como en Italia en 1919. En otros momentos, cuando el fragor general de la lucha ya había sido silenciado en gran medida en Europa, hubo una situación clara donde la clase obrera podría haber tomado el poder de haber tenido una dirección experimentada, como en 1923 en Alemania. Hubo incontables levantamientos populares, toda clase de motines en multitud de ciudades, situaciones de “doble poder” en diferentes zonas del planeta…
La victoria de 1917, con el posterior llamamiento a crear una nueva Internacional revolucionaria, que concitará el apoyo y dedicación de decenas de millones de revolucionarios como una causa esencial durante lo mejor de sus vidas, todo ello actuó como un nuevo factor político, de importancia capital, de por sí favorable al desarrollo de la revolución durante décadas, a pesar de la incapacidad posterior de la dirección de la IC.
La enorme polarización social resultante alumbró gobiernos de concentración nacional en multitud de países, “gobiernos fuertes” y otros abiertamente bonapartistas que prepararon la respuesta de la burguesía. La degollina de obreros finlandeses a principios de 1918 abrió una etapa en la que la burguesía reaccionó con furia inaudita ante el empuje del movimiento obrero. No por casualidad es en este contexto cuando surge el fascismo.
Los principales dirigentes capitalistas fueron conscientes de que se enfrentaban al mayor periodo vivido hasta entonces de impugnación abierta de su sistema. Hablamos de un periodo de revolución y contrarrevolución. La una sin la otra no se entienden. Van de la mano siempre. El empuje de una da lugar a la respuesta de la otra, y viceversa. Un asalto al poder mal preparado provoca una derrota cuyos efectos duran años, y a veces décadas.
En los “democráticos” EEUU del “pacifista” presidente Wilson se allanaron todos los locales de los anarcocomunistas IWW, asesinando y encarcelando a sus dirigentes. En un momento en que el Partido Socialista tenía un millón de suscriptores, se encarceló durante años a su principal dirigente, Eugene Debs, por oponerse a la guerra, y se deportaron a miles de “radicales” fuera del país. La misma situación se dio en esencia en casi todo el mundo ante el empuje de las masas.
En los EEUU los resultados finales dieron lugar a unos sindicatos domesticados que, a pesar del boom económico posterior, bajaron sustancialmente su afiliación…, y sus reivindicaciones. Esto ayudó no poco a la acumulación capitalista en los años siguientes. Entre 1919-29 la productividad por trabajador en la industria USA creció un 43%. Al declararse la Gran Depresión, las burocracias conservadoras del AFL defendían a una minoría de trabajadores, privilegiados con respecto al resto, que no representaban el sentir general de la clase.
La pandemia dificultó la lucha unitaria
Como hemos dicho, en medio de una pandemia o una guerra es difícil que una situación revolucionaria tenga éxito. Así pasó con la huelga general de Portugal en el otoño de 1918 ante el golpe de estado de la derecha del republicanismo, que reprimió la contestación obrera, pero que buscaba atraerse al mismo tiempo al ala socialista de la confederación sindical. En un contexto de enfermedad generalizada, división sindical y miedo, era difícil que prosperase la lucha. “La neumonía hacía estragos entre la población, matando incluso a muchos dirigentes obreros. La huelga no fue general, ni revolucionaria…” escribe la historiadora portuguesa Dias Pereira.
La huelga de Bolivia, en agosto de 2020 es ilustrativa. Los dirigentes de la COB, inanes ante el golpe de la reacción que depuso a Evo, no habían hecho nada, a pesar de los ataques habidos. El desastre posterior del gobierno reaccionario en la gestión de la pandemia llevó a que en un cabildo abierto, ante la presión de los trabajadores y el activismo más radical, los dirigentes convocaran huelga para liberar presión:
“…Difícilmente se puede calificar estas movilizaciones de huelga general indefinida. Son bloqueos campesinos que se extienden a gran parte de las áreas rurales del país y en las villas periurbanas de algunas ciudades. No hay paro en ningún sector productivo…” escribían nuestros compañeros en el verano pasado.
A pesar de ello, los activistas pelearon con rabia. Pero los activistas, e incluso un sector avanzado de la clase trabajadora, no sustituyen a la mayoría de la misma, necesaria para desencadenar un proceso revolucionario victorioso. Pero lo pueden empujar adelante, como pudimos ver en las elecciones posteriores de septiembre, que ganó el MAS.
El documento público de la Internacional, de septiembre, lo explicó bien: la crisis del coronavirus frenó temporalmente la lucha revolucionaria del conjunto de las masas que habían tenido una expresión muy clara en varios continentes en el otoño de 2019.
Con todo, se pueden superar las enormes dificultades objetivas y, pergeñando una obra maestra de táctica y estrategia unidas, gracias a genios como los de Lenin y Trotsky llevar a las masas al poder, como en 1917. Pero para empezar a tener claras las tareas de la izquierda revolucionaria actuales, hay que empezar por preguntarse ¿Dónde es posible eso ahora?
Qué procesos se superponen en 2021
Ahora, en 2021, hay varios procesos que igualmente se empujan entre sí, donde el ciclo económico y diferentes procesos políticos (junto con la pandemia) se confunden y expresan:
- Situación pre-recesiva mundial a finales de 2019.
- Crisis de la covid.
- Crisis de la UE, cuyo último capítulo fue el Brexit.
- Bases para el estallido de una crisis financiera, fruto de las contradicciones generadas tras décadas de endeudamiento en Occidente.
- Crisis en las clases medias y división de la burguesía, con respuesta más nacionalista que genera más inestabilidad.
- Enfrentamiento por la hegemonía mundial entre China y EEUU.
- Debilidad de la izquierda revolucionaria.
A su vez, hay otros procesos y crisis particulares en cada país, o en regiones determinadas, que vienen incubándose: agotamiento de gobiernos, crisis de un modelo político particular, de Régimen, etc.
Hay que pasar a explicar elementos que han cambiado dentro del sistema capitalista. Y luego, aproximarnos al periodo actual, partiendo del contexto histórico.
2. La acumulación capitalista desde los años 70
Tomando como base lo que Trotsky consideraba que era un periodo histórico, respondiendo a Kondratiev, compuesto a su vez por booms y recesiones, podemos resumir apresuradamente lo que ha sido la historia del capitalismo en los últimos 100 años:
Después del periodo de retroceso y estancamiento económico entre las dos guerras mundiales, vino el largo auge de 1948-73. A la década de inestabilidad de 1973-82 le siguió un periodo de crecimiento general del capitalismo (1982-2007) donde éste, tras la absorción del bloque ex-soviético y de China, consiguió destrozar gran parte de las conquistas históricas del movimiento obrero en términos políticos y económicos. 2008 inaugura un nuevo periodo de declive en la historia del capitalismo. Ahora bien, hay que matizar algunas cuestiones, pues ha habido desarrollos que han atravesado varios de estos periodos.
La alta tasa de beneficios de la burguesía en Occidente en el boom de la postguerra permitió mantener una elevada inversión, con un crecimiento constante de la productividad, al mismo tiempo que los capitalistas podían aumentar los salarios reales sin ver amenazados sus beneficios. Al final del proceso, el desarrollo de la industria europea y japonesa había generado una sobreinversión masiva. Empezando en los EEUU, la tasa de beneficios comenzó a declinar a fines de los 60. Este proceso, más la deuda ocasionada tras la guerra en Vietnam, llevó a la ruptura de los acuerdos de Bretton Woods. Para reducir el pago de su deuda, los EEUU dejaron flotar libremente el dólar, con lo que sus mercancías se abarataron. Japoneses y europeos vieron bajar igualmente su tasa de beneficios. Se rompió toda la dinámica anterior de desarrollo del comercio mundial que había permitido en ese periodo histórico general, por encima del ciclo de boom y recesión, un alza generalizada de la economía.
Desde los 70 la acentuación de la caída de la tasa de beneficios provoca en los capitalistas una búsqueda desesperada para el restablecimiento de la masa absoluta de ganancias por otras vías, como hicieron en otras ocasiones históricas, lo que explica Marx en el capítulo XIV del libro III de El Capital.
Los capitalistas contrarrestaron en Occidente la tendencia a la caída de beneficios con un incremento de la explotación sobre la clase obrera, con una eliminación de avances sociales y contrarreformas laborales. Al mismo tiempo, asaltaron las empresas públicas estatales, para tomar el control de las mismas, lucrándose con los beneficios obtenidos de los servicios esenciales y básicos necesarios para la vida cotidiana de la clase trabajadora.
La burguesía lleva décadas revirtiendo el proceso por el que la clase trabajadora consiguió, entre el periodo entreguerras y la década de 1970-80, avances como el estado del bienestar en una veintena de países avanzados, u otras conquistas sociales en otras partes del globo, casi inexistentes en cualquier país a principios del siglo XX.
Dentro de ese proceso, desde los años 80, la segunda globalización ha estado marcada por un trasvase de las cadenas de valor, crecientemente más complejas, hacia Asia y otros países emergentes. La incorporación de China y el antiguo bloque soviético al mercado mundial (amén de sus efectos ideológicos), supuso un elemento material de primer orden para el desarrollo del capitalismo. El incremento de la producción con mano de obra excepcionalmente barata sirvió para atar la inflación durante décadas desde los años 80.
Tras la política de desregulación financiera y privatizaciones masivas llevadas a cabo desde los años 80, el capital buscó las formas más fáciles de rentabilidad, lo que ha estado ligado al crecimiento del capital financiero y todo tipo de derivados ficticios. Las derrotas de la izquierda entre los 70 y 80, y sobre todo la caída de la URSS, alentaron aún más este proceso.
Como han expuesto Piketty, Zucman, Malinovic y otros economistas, este proceso ha determinado que los capitalistas, en primer lugar en los EEUU, se han acercado a poseer porcentajes de riqueza similares a los de principios del siglo XX, después de los retrocesos que sufrieron en el periodo entreguerras y tras la Segunda Guerra Mundial.1
Como explicamos antes, desde la I Guerra Mundial los capitalistas, de forma generalizada, empezaron a ver subir sus impuestos, proceso que continuó con la crisis de los años 30, con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, y con la conformación del Estado del bienestar en Occidente. Más aún, posteriormente, el proceso de la revolución colonial incrementó las nacionalizaciones de empresas occidentales, hasta los años 70 del pasado siglo XX.
Desde 1978-79, empezando en China, hubo un cambio de tendencia: “podéis empezar a invertir en nuestro país con garantías” declamaba Deng Xiaoping. La burocracia china recreó, como si de un laboratorio se tratase, las condiciones que Marx explicó en El Capital para, abandonando las prestaciones sociales que había (pensiones, sanidad y educación muy básicas, pero gratuitas), favorecer el trasvase de mano de obra enormemente barata desde las regiones más pobres del país a la costa, donde se implementaron las primeras inversiones de común acuerdo con capitalistas extranjeros.
Las derrotas para la izquierda en los 70, el boom de los 80 y, sobre todo, la caída de la URSS, multiplicaron este proceso de autoconfianza sin límites de los capitalistas, cuyos dolores y preocupaciones parecían haber quedado atrás definitivamente.
Al mismo tiempo, empezando en los EEUU, el reforzado capital financiero favoreció un boom del crédito, al que se acogió una clase trabajadora, que intentaba mantener su poder adquisitivo.
Desde la política de keynesianismo negativo de Reagan en los años 80, el déficit crónico en los EEUU, financiado por el resto del mundo, ha jugado un papel decisivo en la circulación del capital a lo largo del globo. Esto estaba vinculado a la existencia del mayor mercado interno del planeta, que daba lugar a un déficit comercial igualmente crónico. En palabras de Stephen Roach:
“Al carecer de ahorros y estar deseosos de invertir y crecer, los Estados Unidos suelen tomar prestados del exterior los ahorros excedentes y tienen déficits crónicos de cuenta corriente para atraer capital extranjero. Gracias al "exorbitante privilegio" del dólar como moneda de reserva dominante en el mundo, este préstamo se financia normalmente en condiciones extremadamente atractivas, en gran parte sin que haya ninguna concesión en materia de tipos de interés o de cambio que pudiera ser necesaria para compensar a los inversores extranjeros por el riesgo. Eso fue hasta ahora”.
Deuda y crédito han sido dos pilares del desarrollo económico norteamericano en las últimas décadas, que se han expandido a otros países avanzados. Expresan, como hemos explicado los marxistas miles de veces, la sobrecapacidad existente; que el sistema ha llegado más allá de sus límites naturales, e intenta sobrepasarlos violentando la realidad si este proceso llega demasiado lejos, como ha sido el caso.
A finales de 2013, el que fuera asesor del presidente Obama, Larry Summers, pronunció un discurso en una reunión del FMI en el que comparaba el débil crecimiento logrado en los primeros años del presente siglo con las tasas de crecimiento del capitalismo en los años 50 y 60, destacando las cifras exiguas logradas en el siglo XXI. Y eso, vino a decir, que hubo "burbuja inmobiliaria" y "criterios crediticios" nada rigurosos ¿Qué hubiera pasado con el crecimiento económico si no se hubieran dado la burbuja inmobiliaria, la del crédito, o el gigantesco endeudamiento de los EEUU y otros países?
3. La Gran Recesión y su legado
El estallido de la burbuja inmobiliaria y de crédito desencadenó la crisis financiera de 2007-8.
Lo que impidió que la Gran Recesión se convirtiera en depresión económica, con la quiebra del sistema bancario mundial henchido de deudas y apuestas de toda clase en derivados monetarios ficticios, fue el hecho de que los capitalistas utilizaran las herramientas monetarias que Milton Friedman echó en falta en 1929, convirtiendo a la FED, Reserva Federal norteamericana, el Banco Central norteamericano, en “prestamista de última instancia”.
Pero fueron mucho más allá, pues la FED se convirtió en “proveedora de liquidez en última instancia de todo el sistema bancario mundial”, hasta límites insospechados, mediante todo tipo de operaciones concertadas de financiación en dólares, primero en días, luego en semanas, meses… No, esto no fue suficiente. No se restableció el crédito ni los flujos financieros, que son fundamentales para el funcionamiento económico.
Desde fines de 2007 hasta marzo de 2009 se bajaron paulatinamente los tipos de interés hasta casi 0. ¿Entonces Friedman llevaba razón? Pues no, porque esto tampoco fue suficiente. El desempleo (caída del valor de la fuerza de trabajo), o el pinchazo de la burbuja inmobiliaria (caída de valor del principal activo patrimonial de las familias obreras), tiraron hacia abajo los precios de todo. El intento de cancelar el valor de las deudas por parte de familias, empresas y bancos deprimió más la economía. La “deflación de deuda” se apoderó de la misma, convirtiéndose en una fuerza demoledora.
Hubo una bajada incontenible de precios. El dinero que recibían bancos y empresas fue usado para sanear sus balances, invertir en Bolsa, en deuda pública o en el carry trade.2 A pesar de la brutal expansión monetaria, ésta no se expresó en la economía real. La deflación fue la que predominó.
En este difícil contexto fue China quien acudió al rescate de Occidente. China, ante la caída de sus ventas a Occidente, reaccionó al ver crecer el desempleo en su país, lo que podía causarle graves transtornos sociales. Gracias a su baja deuda pública y a su enorme superávit en la balanza de pagos, pudo armar un gigantesco programa keynesiano de inyección en la economía real de 587.000 millones de dólares. En tres años, China produjo más hormigón que Estados Unidos en todo el siglo XX. Parte de esta inversión fue destinada a vías de comunicación, pero también a ampliar el crecimiento de la cobertura sanitaria, pasando esta en el total nacional del 30 al 90% de la población. Se construyeron 2.000 hospitales y 5.000 ambulatorios.
Se multiplicaron toda clase de infraestructuras; se construyeron nuevas ciudades, barrios e industrias... Sobre esta base de inversión real, se alzó un nuevo paquete de estímulo, vía créditos, a las empresas existentes que calentó aún más la economía. En comparación, el programa de inversiones en la economía real de EEUU fue mucho menor, en torno a la mitad de la cifra china, a pesar de ser una economía tres veces mayor por entonces. A distancia, sólo Corea del Sur llevó a cabo un programa keynesiano relativamente equiparable, por valor de 94.000 millones de dólares, entre 2009-13, acompasado al tamaño de su economía. Todo esto apuntaló el crecimiento en Asia y de los países emergentes entre 2009 y 2011.
China representó el 37% del crecimiento acumulado en el PIB mundial desde 2008 a 2019. Sin este apoyo, existe una gran posibilidad de que el mundo hubiera caído en una depresión global.
La QE, la Flexibilización Cuantitativa
Sin embargo, a principios de 2009, en Occidente la economía aún seguía bajo mínimos, a pesar de los préstamos a corto plazo de la FED y de la bajada de tipos de interés. Como todos los bancos importantes sabían que todos tenían “mierda” escondida en sus tripas financieras, nadie prestaba a nadie. No había inversión y el desempleo crecía. La economía estaba casi cortocircuitada.
La política de la Quantitative Easing (Flexibilización Cuantitativa), con precedentes en Japón, fue una arriesgada maniobra donde los bancos centrales compraban deuda a largo plazo dándole a la máquina virtual de imprimir billetes.
Al comprar al capital privado títulos de deuda pública, liberaron liquidez que se pudo destinar a otras formas de inversión. Más tarde, se compraron por el mismo mecanismo bonos de deuda emitidos por bancos y empresas. Así, un exceso de liquidez se extendió por los mercados de valores y de bonos de deuda empresarial. Muchas empresas utilizaron gran parte de este dinero para invertir en autocartera, originando con los años un artificial boom de sus propias acciones. Una parte de las grandes empresas se volvió adicta a esta nueva droga.
El fin último de la QE era sostener el creciente endeudamiento de los diferentes estados, y luego de bancos y grandes empresas, al comprar la deuda a medio y largo plazo, dando garantías a todos de que la arquitectura financiera básica anterior a 2008 seguiría funcionando sine die. Eso sí, la especulación con ese dinero, que no fue nunca a la economía real sino para comprar determinados bienes de lujo, sirvió fundamentalmente para incrementar el patrimonio bursátil y financiero de una ínfima minoría.
Una recuperación débil
El boom posterior fue uno donde gran parte de los problemas que originaron la Gran Recesión siguieron escondidos. En Occidente hubo elementos muy parciales de keynesianismo; se empleó todo el arsenal del monetarismo “hasta el infinito y más allá”; pero a la escuela austríaca no se le hizo mucho caso. De hecho, todas las medidas que se emplearon fueron para evitar la “destrucción creativa” que defendía Schumpeter de empresas ineficientes, en primer lugar de los parasitarios sectores de servicios, inmobiliario o financiero.
Así, la sobrecapacidad se mantuvo (en China se multiplicó) y, consiguientemente, la tasa de inversión fue muy baja. Con unos tipos de interés cercanos a 0 se facilitó el acrecentamiento del endeudamiento de las empresas a pesar de que la tasa de utilización de la capacidad instalada fuera muy limitada. En la primavera de 2019, en EEUU, según el Deutsche Bank, el número de empresas zombies, cuyo pago de interés de deuda es recurrentemente mayor que sus beneficios, pasó de una cifra en torno al 2% en 2006 a otra del 20% en la actualidad. En China la cifra es superior.
El crecimiento de la economía norteamericana fue el más largo en décadas, pero débil, del 2%, contra la norma del 4% que se dio tras otras fuertes recesiones en el pasado. El PIB nominal en los EEUU creció unos 9 billones de dólares entre 2008 y principios de 2020. Pero la suma de la deuda emitida por el Estado desde entonces, más los bonos de empresas y bancos adquiridos por la Fed, da una cantidad a principios de 2020 en torno a los 16 billones de dólares.
En la UE no se recuperó el PIB per cápita de 2007 hasta 2018.
El BCE siguió más tarde un programa similar de compra de deuda pública para liquidar las presiones de los especuladores sobre la deuda de los países europeos que más habían sufrido los estragos de la recesión. La medida, al inyectar euros en el sistema, perseguía también depreciar el valor de estos y hacer más baratas las exportaciones europeas, objetivo que habían logrado previamente los EEUU (y años antes Japón). El resto de grandes bancos centrales del mundo impulsó una política similar.
Hay un endeudamiento histórico del conjunto de estados avanzados en Occidente. La QE y los tipos casi a 0 responden, entre otros aspectos, a mantener vías de financiación baratas a empresas y estados. Pero con tipos a 0, los beneficios de los bancos caen. Esta débil rentabilidad induce al capital financiero a crear otra vez productos financieros complejos, no accesibles al inversor medio: para unos y otros por tanto ha estado la situación servida para que se desarrollaran nuevas burbujas, cosa que ha sucedido.
En última instancia, las manifestaciones exteriores potenciales de la futura crisis, de diversa índole financiera, responden a la enorme sobrecapacidad existente en el planeta. La inversión, por tanto, antes de la crisis de la covid, estaba en tasas históricas bastante débiles. Con un crecimiento en declive, se batallaba crudamente por dominar el mercado mundial. Al llegar aquí, a una contradicción tan palpable desde hace años, el conflicto era inevitable entre los países. En otro momento ya hubiéramos tenido una guerra, que hoy no es posible entre las grandes potencias debido al arma nuclear, como hemos explicado múltiples veces.
A final de 2019 marchábamos hacia la recesión
La eurozona creció 0 en el último trimestre de 2019. Alemania, Japón, México Sudáfrica, Argentina, Hong Kong estaban en recesión o iban a entrar en ella a principios de 2020. La venta de vehículos a nivel mundial cayó a tasas negativas. En general, toda la OCDE se estaba desacelerando a lo largo del 2019, como indicó a final de año la asociación que agrupa a los 34 países más industrializados.
El acuerdo comercial que hubo in extremis a principios de enero de 2020 entre EEUU y China fue relativamente sorprendente. Implicó que Estados Unidos levantase sus sanciones contra una parte de las mercancías chinas hasta entonces amenazadas por Trump, mientras China acordaba comprar productos estadounidenses por más de 200.000 millones de euros, dejando de hacerlo en la UE.
Era evidente que Trump no quería que le estallase la recesión en plena campaña de reelección, pero muchos analistas se preguntaban por qué China había dado tanto obteniendo tan poco. Hoy lo sabemos: el gobierno chino era ya muy consciente del daño económico que le estaba haciendo el combate contra el bichito de Wuhan y no quería lidiar encima con el estallido de una guerra comercial más cruenta.
En su libro La larga depresión, nuestro ex compañero y mecanicista económico Michael Roberts cita a Krugman, Martin Wolf y otros autores que expresan sin ambages su opinión sobre la debilidad actual del capitalismo: “estancamiento a largo plazo”, “escasez de inversión”...
Como explica bien Roberts, y antes hemos explicado nosotros decenas de veces, la causa de la crisis no es el incremento de la desigualdad o el subconsumo, como defienden los keynesianos. La desigualdad es un efecto de todos los procesos que hemos descrito. Tampoco es el crecimiento de la deuda, que es otro síntoma de la etapa actual del capitalismo. Si acaso, el crecimiento excesivo de la misma prepara una hecatombe, pero no es lo que origina la crisis, que es la caída de la rentabilidad capitalista, que lleva a la caída de la inversión, que es la sangre que necesita el capitalismo para sobrevivir. Michael Roberts, utilizando datos de entre 1991-2013, explica que “el nivel de inversión corporativa en activos fijos como parte del movimiento de efectivo se acerca al punto más bajo de los últimos 25 años”. Reflejo de ello son los más de 2 billones de dólares de efectivo sin invertir que tenían unas pocas grandes empresas de EEUU, fundamentalmente las grandes tecnológicas, cifra de hace 5 años que ya se quedó muy corta.
Por eso las medidas monetarias no sirven: tipos a 0, o negativos, billones y billones de dinero que “crean” los bancos centrales con la QE… Y la economía no reacciona. Los economistas keynesianos llaman a esto “trampa de liquidez”. Por eso nos dirigíamos a una recesión mundial que se hubiera expresado mancomunadamente a fines de 2020 o a principios de 2021. Pero antes llegó la inesperada pandemia de la covid, provocando un cierre de la economía en los principales países industrializados: un cierre de la oferta y de la demanda que dio lugar a la mayor caída de la historia de la economía del capitalismo en un par de meses. El desastre se multiplicó con la ruptura de las cadenas de valor, que rompió la dinámica de los intercambios comerciales, junto con la política desesperada nacionalista de cada país para aprovisionarse de insumos médicos y de toda clase de mercancías básicas ante la caída del comercio.
Fruto de los desarrollos que se han ido acumulando en las últimas décadas, hay contradicciones muy serias que se han acelerado, en primer lugar en las tres áreas económicas principales del planeta, amén de otras cuestiones sobre las que reflexionar. Pasamos a analizarlas.
4. Crisis de la UE
El Brexit, la salida de la UE de una de sus economías más ricas, supone un punto de inflexión en la construcción de la UE. Al mismo tiempo, subraya un par de tendencias muy claras dentro de la UE nada alentadoras para la unión:
- Se ha generado la tradición de que se puede salir de la UE y, en un momento dado, de la eurozona. Hay líneas claras de ruptura que no acaban con el Reino Unido: siguen con Italia, Grecia, Portugal, países de Europa Oriental…
- El Reino Unido era una de las economías más ricas. A pesar de recibir luego el cheque británico, contribuía de manera neta al presupuesto común. El negativo futuro, con crecientes problemas a la vista, es el que delinea de manera más aguda los dos campos dentro de la UE: el de los frugales y el de los PIGS, con otros estados enmedio. Las necesidades se incrementan para los más débiles. Los más fuertes deben pagar más ¿Hasta cuándo?
Países que han tenido un desarrollo desigual en la historia del capitalismo europeo en las últimas décadas están atados por el candado de hierro de una moneda común, el euro, que no es capaz de reflejar la realidad e intereses de la economía de España, Italia o Portugal, y sí representa mejor las del centro y norte europeos.
El capitalismo es un sistema desigual, los ricos tienden a ser más ricos, y los pobres más pobres. Lo mismo vale para los estados capitalistas. En los momentos de crisis es cuando esta verdad queda más al desnudo. Muestra de ello es la diferencia en el volumen de ayudas implementadas por cada país para salir de la crisis. A finales de la primavera de 2020, tras los primeros estragos de la pandemia, las ayudas internas de Alemania representaban más del 50% de las otorgadas dentro de la UE.
Se imponía hacer una acción común, so pena de asistir a un desmoronamiento de los acuerdos y organización internas. Y, hay que decirlo, fueron más allá de lo que nosotros previmos.
Desde la anterior crisis, Alemania y, sobre todo, el resto de los “frugales”, habían manifestado un rechazo total a la emisión de los eurobonos, es decir, a mutualizar el pago de las respectivas deudas entre todos los estados. Se veían crujir las costuras de la UE, se preveía (y en algún momento se alentó en el caso griego), la expulsión de alguno de los países más débiles y se quería mandar un mensaje general a todos los partícipes de la unión.
Recordemos que cuando se creó en septiembre de 2011 el EFSF (Fondo de Estabilización Europeo, para ser utilizado con la banca), el Bundestag alemán ratificó el acuerdo por sólo 4 votos de diferencia ¡Y eso fue antes de que se produjera la eclosión de la ultraderechista AFD! Había elementos políticos que determinaban aspectos económicos. Un año después, Merkel pronunció una frase muy contundente: "¡no habrá mutualización de la deuda en la UE mientras yo viva!".
Next Generation
El Plan de Reconstrucción Europea, basado en los fondos extraordinarios Next Generation, vinculados a otros fondos de ayudas públicos, que pretenden alentar un programa público-privado de inversión en los próximos años de dos billones de euros, supone el plan más importante adoptado por la UE ante una situación de emergencia.
En lo concreto, el Plan de reconstrucción europea, aprobado en julio de 2020, estableció la creación de dos fondos que totalizan 750.000 millones de euros: 390.000 millones en donaciones y 360.000 millones en préstamos ¡Ya veremos si se moviliza capital privado, porque hasta junio de 2021 no se movilizó un solo euro público después de 11 meses de cruel pandemia!
La primera pregunta pertinente que revela la incapacidad de la UE es obvia: ¿por qué con un paisaje desolador que deja la covid tras de sí, las ayudas no llegaron ya, antes del segundo golpe del otoño de 2020? La compleja y lenta arquitectura europea, que refleja las diferencias de los diferentes estados nacionales que la componen, se demostró bastante ineficaz frente a la celeridad de sus competidores chinos o norteamericanos.
La segunda pregunta tiene que ver con la cantidad de las mismas. Sólo el déficit español fue de unos 123.000 millones de euros en 2020. Esa cantidad supone la casi la totalidad del dinero que llegará a España de Europa (140.000 millones de euros). Eso sí, repartidos a lo largo de 6 años… Y el resto de años sucesivos, igualmente, el déficit crecerá.
Dicho esto, los Next Generation no significan paliar la caída de los ingresos de los estados miembros, o afrontar el pago de la creciente Deuda Pública derivada de ello. Estos fondos especiales son fondos fundamentalmente de inversión en nuevas tecnologías, nuevos conglomerados industriales y programas de desarrollo económico, eso sí, vinculados a la participación público-privada. Son inversiones que, a medio plazo, deben servir para fijar inversiones de las principales empresas europeas en la era actual de cambio tecnológico, y poder afrontar la competencia china y norteamericana.
El pacto supone un paso necesario para una alianza de países que pugna por sobrevivir ante la formidable batalla planteada por dos colosos que amenazan con romperla, China y EEUU. Teniendo en cuenta la inversión extraordinaria que se ha hecho en las últimas décadas por parte de los países centrales de la UE en los países más amenazados por la crisis, el paso dado era necesario como señal a los mercados. Casi es la última oportunidad para demostrar que la UE goza de algo que se pueda llamar solidaridad y política de cohesión internas. De no haberse dado este acuerdo, estaríamos yendo hacia el mismo escenario que contemplamos en 2010-15, con los mercados atacando a los países más débiles de la alianza.
El inicio de una mutualización de la deuda europea
Estos fondos se financiarán:
- Con impuestos.
- Con bonos europeos, con vencimientos a 30 años.
- En base al presupuesto común.
El único impuesto acordado es una tasa sobre el plástico, con la que se prevé recaudar unos 6.500 millones de euros anuales, muy poco. El que otros impuestos (tasas sobre Internet, impuesto al carbono, al capital financiero…) estén disponibles antes de varios años parecía difícil. Pero la covid ha marcado un antes y un después. Cuando los periodistas sondearon a los primeros ministros europeos sobre un impuesto a las grandes empresas, la respuesta común que se logró fue un “no” rotundo. Nueve meses después, las cosas han cambiado.
Dicho esto, la mutualización de la deuda alcanzada hay que analizarla con lupa ¿La letra pequeña de los acuerdos futuros que se logren establecerán las mismas condiciones que usa el BCE para comprar deuda europea? Recordemos que por el 80% de la deuda que compra el BCE responde, no el BCE, sino el país beneficiado de la compra.
Por ahora, estamos hablando de una cantidad limitada, 390.000 millones de donaciones que se deben gastar a lo largo de 6 años. De hecho, hablando con propiedad, ya existen donaciones a fondo perdido en los presupuestos europeos, sean los Fondos de Cohesión o los de la PAC. Realmente, estamos hablando de una extensión de las ayudas existentes y del presupuesto europeo ante unas circunstancias extraordinarias.
La elección del irlandés Donohue contra la española Calviño al frente del Eurogrupo mandó pistas sobre las futuras negociaciones que sobrevendrán para la aplicación efectiva de las ayudas aprobadas. Se aprobarán con la inspección y opinión sucesiva de tres órganos (Comisión Europea, Consejo Europeo, Eurogrupo), entramado bastante complejo de por sí, que augura choques, parones y condiciones en la aplicación de las ayudas.
Sí, hay tanto una cierta fiscalidad común como deuda pública emitida en común. Esto supone un salto cualitativo, pero esta respuesta, tímida y limitada, se da ante la crisis más formidable que ha sufrido el capitalismo en su historia: la ayuda está diluida en 6 años, los países tienen derecho a veto sobre las ayudas de otros países, y se exigirán contrarreformas que aseguren la realización de las políticas fiscales y sociales internas que exijan los más ricos. Es, en última instancia, un pacto de sometimiento obligado de los países más débiles, más necesitados de ayuda, a los países más ricos, un rescate condicionado disfrazado de solidaridad. Un rescate que no va a estar a la altura de reparar los estragos esenciales que va a causar la próxima crisis. Siendo objetivos, está por ver que el plan aprobado se pueda mantener. Y, más aún, aumentar ante una crisis creciente.
Más contradicciones en la UE. Crecimiento del euroescepticismo
En 1984 la renta de cada italiano era un 40% superior a la de cada español medida en paridad de poder adquisitivo (equiparando los precios de los bienes y servicios de ambos países). A principios del año 2020, la renta per cápita de España es un 2,7% superior a la de Italia (en datos absolutos, el PIB per cápita italiano sigue siendo superior).
En relación con España, en Italia hay conciencia sobre que los nuevos trenes y estaciones construidos en suelo hispano lo son con dinero europeo, en primer lugar italiano. Mientras, por ejemplo, sus infraestructuras ferroviarias quedaron relativamente estancadas. No es casualidad que Italia sea un país favorable a salirse del euro en las encuestas.
Ante al desgaste del “gobierno de la izquierda”, con una mayoría de la derecha creciente en las encuestas, la burguesía italiana actuó para poner a SuperMario Draghi, expresidente del BCE, al frente de un gobierno de unidad nacional, solo boicoteado por la ultraderecha de los Frattelli. Un futuro fracaso de este gobierno, más tarde o más temprano inevitable ante el periodo que tenemos por delante, favorecerá la llegada de la derecha y ultraderecha al poder.
Hay países como Irlanda, que practican el dumping en el impuesto de sociedades y además tienen una desregulación laboral extrema. A Irlanda le ha ido muy bien en la UE, actuando de bisagra de las inversiones de las tecnológicas de EEUU en suelo europeo, llegando por ello a ser el país con mayor peso industrial de toda la UE, un 36,8% del PIB el año pasado. Por eso el sentimiento favorable a la UE era del 80% recientemente. Eso sí, si se mantienen estas excepcionales condiciones.
Pero el resto de países ¿va a seguir admitiendo esta excepcionabilidad indefinidamente? ¿Y la de los países que son en la práctica paraísos financieros como Luxemburgo y Holanda?
Desde 1986 hasta 2008, los fondos públicos europeos habían añadido de media un 0,8% anual al crecimiento del PIB en España, lo que favorecía otras inversiones privadas, fundamentalmente francesas y alemanas, con decenas de grandes fábricas en suelo español. Es evidente que todo esto tuvo un efecto en la conciencia. En las diferentes encuestas europeas, Portugal y España eran los países más eurófilos de la UE de forma recurrente.
Hasta este año, España ha sido receptora neta de ayudas europeas, bien a través de los Fondos de Cohesión o de la PAC. La salida de Gran Bretaña cambia el papel del estado español. En los presupuestos que se deben aprobar para el próximo septenato que comienza el año próximo, el Estado español deberá convertirse en contribuyente neto.
Pero ahora hay un parteaguas histórico, y los países mediterráneos corren el riesgo de descolgarse del proyecto europeo. Los gobiernos italiano, español y portugués están vendiendo la idea de una refundación de sus economías en base al Plan de Reconstrucción europea, pero la fortaleza de este plan va a ir vinculada a la sostenibilidad y durabilidad del rebote de la economía mundial.
Ante la fenomenal crisis desencadenada, es muy complicado que se incrementen las ayudas ¿Hasta qué cantidad? A Alemania le costó muchos años e ingentes esfuerzos, que lastraron su competitividad, integrar en su economía a la antigua y pequeña Alemania Oriental. Y ni siquiera, después de 30 años, han logrado barrer las líneas de desigualdad entre los ossies y wessies ¿Integrar a las economías mediterráneas? ¿A todas? Es una tarea que supera las fuerzas de Alemania.
Por primera vez, si el plan de recuperación de la UE no funciona suficientemente como parece, ante una futura recaída de la economía mundial, veremos un cambio de tendencia general, crítico, en la mayoría de los países con respecto al proyecto europeo.
En la próxima etapa, “Europa”, la UE y el euro van a ser invocados por los diferentes gobiernos para implementar cada contrarreforma, cada ajuste. Esto va a afectar a la conciencia en España y otros países de forma diferente que hace diez años.
Las complicaciones para la aplicación del plan de recuperación van a ser evidentes. En primer lugar, China y EEUU no han permanecido ociosos y han reaccionado con mayores planes de inversión de sus infraestructuras y de apoyo a sus empresas para el cambio tecnológico, que ya está aquí. Tienen mucha mayor capacidad de endeudamiento que la UE y un funcionamiento más flexible y rápido que la “lenta” Europa. Si la UE quiere mantener su unidad actual, en un mercado mundial tan cambiante, teóricamente debería incrementar sus planes de inversión. Pero eso no va a ser posible hacerlo mucho más de lo efectuado hasta ahora sin desencadenar una crisis terminal del proyecto de los 27 países miembros.
A principios de año parecía que los frugales iban a imponer disciplina fiscal para 2022, pero la apuesta de Biden hacia un keynesianismo más acentuado, con mayores inversiones para renovar el stock de capital estadounidense ha metido más presión a los europeos. Las burguesías europeas, cada vez más divididas y empequeñecidas en la esfera internacional, actúan como “el perro del amo”, intentando seguir el cambio de paso del gigante norteamericano. Este “cambio de paso” hacia la estabilización de una política keynesiana puede acelerar la ruptura de más costuras en la UE, pues los estados ricos no están a favor de más contribuciones en favor de los más pobres, sin más. Y, sin embargo, están obligados a adoptar más medidas en ese sentido. Mientras más tarden en seguir el camino norteamericano, más ventaja competitiva perderán.
Por lo pronto, Merkel puede perder las elecciones este año. Macron se ve adelantado en algunas encuestas por Le Pen. Así las cosas, la Comisión Europea ha ampliado las exenciones para el control sobre el déficit al año 2022.
La tendencia a la ruptura de la UE va a ser mucho más poderosa que en los momentos más duros de 2011-14, cuando el Grexit estaba a la orden del día. Incluso en la fase álgida del boom económico, el Reino Unido se salió de la UE.
Hay más fallas políticas: Alemania quiere asegurar su influencia en el este; Italia, España y Francia en el Magreb y Mediterráneo. Unos pretenden reforzar la PAC, otros no. La mayoría desean poner límites a bancos y multinacionales para operar en su seno, pero Luxemburgo y Holanda no…
En el caso portugués, la Comisión Europea trató de frenar las inversiones chinas, que compraron bancos, aseguradoras, medios de comunicación, y estuvieron a punto de tomar la principal empresa energética, EDF. En Grecia, empresas chinas son dueñas de la mayor parte del puerto de El Pireo, la mayor perla económica del país, desde donde quieren construir una red ferroviaria hasta Hungría. En los Balcanes, China se ha abierto claramente paso. En Italia y España, pero igualmente en otros países europeos, los chinos toman posiciones. En Suecia compraron parte de la Volvo, y también extendieron sus inversiones a automotrices alemanas.
Entre las 20 empresas de Internet más grandes del mundo no hay ninguna con sede en el viejo continente. Entre los 50 mayores “unicornios” (startups valoradas en más de 1.000 millones de dólares) tampoco hay ninguna radicada en la UE. China y EEUU copan también el ránking de superordenadores, aunque el mayor de todos, por ahora, sea japonés.
China, por tanto, ya ha clavado varias picas dentro del territorio de la UE. Pero, igualmente, los EEUU, van a favorecer mucho más en su beneficio las contradicciones internas de la UE. El euro sigue siendo una construcción menos sólida que el dólar. Puede saltar por los aires en los próximos años en este volátil contexto, o verse forzado a una reforma para constatar la realidad: que existe una UE a dos y hasta tres velocidades. Europa, como el Imperio colonial español del siglo XVIII, se puede convertir en un territorio que haya que conquistar y desmembrar por parte de los capitalismos más poderosos, que son el chino y el norteamericano.
5. Ebullición en las clases medias. Recomposición de fuerzas en las burguesías nacionales y giro hacia un mayor nacionalismo
No se puede pasar por alto que, dentro de lo que es un periodo de declive y estancamiento general, la inestabilidad global del capitalismo persistió en los años de crecimiento, una vez pasada la recesión (como sucedió en los años 20 del pasado siglo). Incluso, comparado con aquella etapa de hace menos de un siglo, este boom ha sido más raquítico.
Entonces, en la década de los 20 del siglo pasado, en diferentes artículos, Trotsky subrayaba que la I Guerra Mundial había sacado a la luz la ruptura definitiva del concierto internacional que había determinado la preeminencia durante un siglo del capitalismo británico. El boom de los años 20 no iba a servir, ni sirvió, para restaurar el equilibrio político y económico anterior.
Crecimiento del nacionalismo
Ahora, la crisis capitalista propició una sacudida para las clases medias. Muchos se arruinaron, otros vieron cómo la ruta hacia el becerro de oro que tanto ansiaban se endurecía. Hubo una reconfiguración de fuerzas, y grandes sectores de la pequeña burguesía elevaron sus quejas de diferente modo en muchos lugares del planeta. Determinados burgueses, más o menos inteligentes, o con intereses particulares, vinieron a reflejar esta insatisfacción general, que permeó a sectores más atrasados de la clase trabajadora, frustrados con la política oficial y la vacuidad de la respuesta del reformismo.
Frente a las diferentes inflexiones que adquirió en los últimos años la QE, y ante su retirada provisional entre 2017-20, muchos países emergentes aplicaron controles de cambio y se gastaron ingentes cantidades de dinero para sostener a sus monedas para tratar de evitar la salida de dólares. Dirigentes burgueses locales clamaban contra la "globalización internacional" y los "bancos extranjeros". Las políticas nacionalistas crecieron en consonancia.
En Turquía, como en otros países, los partidos tradicionales se vieron desprestigiados. Erdogan galvanizó los intereses de la pequeña burguesía que sintió en sus carnes la apertura de los mercados, ampliando la base de masas de su movimiento con los sectores más atrasados de la sociedad. Tras los embates de la crisis, denunció con fortaleza a la globalización, bancos y mercados internacionales. El viejo nacionalismo turco reverdeció, pero con un cada vez más fuerte envoltorio islámico, aliñado con ambiciones imperialistas sobre sus países vecinos, lo que hemos visto en Siria, Cáucaso o Libia.
Duquerme, Modi, Bolsonaro, Orbán…, todos tratan de sacar provecho en beneficio propio. Y de un nuevo sector de la burguesía que desplaza al tradicional que regía los destinos... Hubo una reconfiguración de fuerzas dentro de la burguesía en cada vez más países, una nueva actitud más beligerante ante el resto de burguesías, ante el movimiento obrero y la izquierda, cuya base se pretende desmembrar en base al racismo, machismo y el empleo de todas las formas de división y enfrentamiento posibles entre trabajadores.
Con cierta frecuencia, a veces leemos en nuestra prensa o en las reuniones expresiones tales como “los intereses de la burguesía”; “la burguesía no puede tolerar”… Son expresiones un tanto abstractas. Ante giros bruscos de la historia, hay que precisar más, como hace Trotsky en La curva de desarrollo capitalista:
“…Mientras la política siga fluyendo dentro de una misma forma, a través del mismo dique, y a un ritmo semejante, por ejemplo, mientras la acumulación de cantidades económicas no se haya convertido en un cambio de cantidad política, esta clase de abstracciones clarificantes (“los intereses de la burguesía”, “el imperialismo”, “el fascismo”) aún cumple más o menos su tarea: no interpreta un hecho político en toda su profundidad, pero lo reduce a un tipo familiar que es, seguramente, de inestimable importancia.
“Pero cuando ocurre un cambio serio en la situación, o a lo sumo un giro agudo, tales explicaciones generales revelan su total insuficiencia, y surgen totalmente transformadas en una verdad vacía. En tales cursos resulta invariablemente necesario estudiar en forma mucho más profunda y analítica (…) Los puntos de ruptura de la coyuntura comercial e industrial nos llevan a un contacto mucho más íntimo con los nudos críticos en la trama de desarrollo de las tendencias políticas, la legislación, y todas las formas de ideología”.
El “fenómeno Trump” no es nuevo en este sentido, forma parte de este desarrollo. Eso sí, ha exacerbado los desequilibrios y tensiones a nivel mundial por el propio papel que juega la potencia estadounidense.
El mal llamado “populismo de derechas”, nacionalismo burgués demagogo en todas sus variantes, ve crecer su base entre sectores atrasados de la clase obrera, entre los que los capitalistas siempre encontraron algún tipo de apoyo, mayor en las fases de estabilización del capitalismo. Ahora, al principio de este periodo de declive histórico capitalista, un sector de obreros atrasados ni siquiera mira a la izquierda, lo cual puede cambiar, pero por ahora no es así ni mucho menos en bastantes países. Y esto es así debido a la debilidad histórica de la izquierda, no ya de la izquierda revolucionaria.
Muchos trabajadores atrasados siguen a Erdogan o a Trump. O también a la derecha ultranacionalista en Europa Oriental. Allí, los exPC’s, reconvertidos en socialdemócratas fueron los “facilitadores necesarios” de las privatizaciones masivas y de la entrada en la UE, en un momento en que se derrumbaba el nivel de vida de las masas, cuando millones de familias cruzaron el continente, desesperadas, para ser explotadas salvajemente en Occidente. Esto tarda en ser olvidado.
En estos países europeos, los dirigentes de la derecha nacionalista intentan desviar todos los males y problemas hacia fuerzas exteriores que amenazan a “su” nación: los burócratas de la UE, la UE misma, los alemanes, los mediterráneos, los inmigrantes no europeos… Algunos dirigentes quieren tejer una alianza especial con el imperialismo norteamericano, o con el chino.
Ni reír ni llorar, decía Spinoza. Nos guste o no, el nacionalismo y la reacción crecen en este contexto. Hay polarización a la izquierda que, en determinados países, cuando brota, pugna por mal organizarse en una izquierda no recobrada de su crisis. Pero sí se organiza a la derecha. El compañero Mun le dio un nombre a este fenómeno, que tiene su reflejo real en la física, polarización inversa.
6. China y EEUU disputan la hegemonía mundial
El periodo actual (con todas sus diferencias), podemos compararlo al de 1914-45. Entonces, como Trotsky observó, ya en 1919-20, había un capitalismo más poderoso que empezó a dictar reglas a los demás, el norteamericano. Sin embargo, a los EEUU, después de superar a Gran Bretaña, le costó un cuarto de siglo imponer plenamente sus reglas al resto del área capitalista
Gran Bretaña, con su Imperio, empezó la guerra siendo el poder político y económico más poderoso del planeta. Su moneda, la libra, era la que se usaba como referencia en los mercados internacionales. La principal plaza financiera era Londres. Tenía recursos para mantener su política naval, basada en que siempre iba a tener más barcos que la suma del segundo y tercer país con mejores armadas.
Sin embargo, la economía de las islas británicas, ya antes de 1900 había sido alcanzada por los EEUU y, poco después, por Alemania. Las relaciones mundiales, la política, las finanzas, todo lo que conformaba la supeestructura política e ideológica bajo el capitalismo, entonces, antes de 1914, necesariamente no había podido adaptarse ipso facto a los cambios económicos.
La guerra sirvió, como transición de fase, para que la realidad económica emergiera, expresándose en toda su plenitud. Y esto, entonces, sorprendió a todos los analistas. Trotsky fue de los primeros en exponer el gran salto que se había revelado. Los EEUU tenían el 40% de las reservas de oro mundiales, junto con la más moderna industria. Absorbía por medio de la inmigración una parte de la mano de obra más fuerte y creativa del resto del planeta. Los dos grandes imperios coloniales, francés e inglés, estaban en descomposición y endeudados con los EEUU, que había reafirmado durante la contienda sus lazos económicos con algunas de las colonias británicas más pujantes, como Canadá, Australia o Sudáfrica. Gracias a su robustecimiento, los EEUU pudieron imponer al resto de burguesías la limitación de la flota naval mundial.
Sin embargo, a pesar de que ya había un imperialismo que sobrepasaba al segundo, y de que la diferencia crecía de año en año, el equilibrio capitalista seguía destrozado. Todavía los EEUU no eran tan poderosos como para dictar plenamente sus condiciones al resto de estados capitalistas avanzados. Todavía se tenía que dilucidar esto aún más claramente. Por eso tuvimos dos décadas de convulsión en el periodo entreguerras.
Para que los EEUU impusieran su pleno dominio en el campo capitalista tuvimos que esperar a 1944-45, una vez derrotados militarmente Japón y Alemania, y con los imperios coloniales de Francia y Gran Bretaña ya en abierta disolución. Y, no lo olvidemos, con la amenaza de un refortalecido campo socialista, además de una revolución colonial desatada, que echó en brazos de EEUU a unos desbordados países europeos.
¿Qué situación tenemos hoy? Entre 1900 y 1980 los continentes de Europa y América concentraron en torno al 70-80% de la producción mundial. En 2010 este porcentaje había caído al 50%, y en muy pocos años puede situarse en torno al 40%.
China ya adelantó a la UE
El objetivo del XIII Plan Quinquenal chino, que acabó su aplicación en 2020, consistía en pasar del modelo de "fábrica del mundo" a instituirse como gran "centro tecnológico mundial", buscando ser líder global en 10 áreas críticas, incluyendo tecnologías de información, biotecnologías e inteligencia artificial, vehículos eléctricos, robótica o aeroespacial. En gran parte este objetivo se logró.
Europa se atrasó en la carrera. De cara a la actual crisis, a corto y medio plazo, la capacidad de respuesta del capitalismo chino se antoja muy superior a la economía central europea, que es la alemana. Y no sólo por contar con más recursos económicos y poblacionales, que también. La diferencia entre Alemania y China es el peso del sector público. Se puede prever que, aunque en todos los países el Estado va a ganar un mayor peso en la economía a raíz de esta crisis, la capacidad que tiene el Estado de dirigir y reglamentar la economía es cualitativamente superior en el caso chino. Con respecto a Alemania, y con respecto a cualquier otro rival. Y esto, en circunstancias como las actuales, le va a conferir una ventaja añadida muy grande. El régimen bonapartista chino está reorientando sectores productivos enteros más rápidamente que sus rivales europeos en este contexto global de cambio hacia las nuevas áreas emergentes.
Los chinos están haciendo un esfuerzo importante para lograr alianzas con empresas fundamentales europeas, lo que es claro en el sector del automóvil, y en la transición al coche eléctrico. Mientras ellos buscan alianzas con la UE, Biden apenas acaba de parar la guerra comercial entre EEUU y la UE. Biden busca aislar cueste lo que cueste al capitalismo de estado chino, a quien ve como a su principal rival, y que, de no cambiar mucho las cosas, le va a sobrepasar en unos años.
Frente a la beligerancia de EEUU, quizás China logre la alianza o neutralidad de una UE que, en cualquier caso, está recelosa del creciente poderío chino. Esto, a su vez, puede cambiar más adelante. Los años que tenemos por delante van a poner encima de la mesa la situación vivida en los años 20 y 30 del pasado siglo: aliados que cambian de bando ante una situación excepcionalmente dinámica.
La mayor parte del valor generado en las últimas décadas se ha desarrollado en Asia, y allí China está amplificando su papel dominante en la región.
Hay un capitalismo pujante que tiende a alcanzar a los EEUU. Precisamente por ello, los EEUU pretenden impedir infructuosamente este sorpasso. Alargarán el desenlace a costa de generar una situación mucho más convulsa. Frente a problemas globales a los que se enfrenta el capitalismo, nuevamente, como hace cien años, no va a haber una salida consensuada. Y es necesario que sea así, pues de lo que estamos hablando es que el mundo se ha quedado demasiado pequeño para los dos colosos, con intereses opuestos e irreconciliables.
Analicemos ambos capitalismos.
China
En 2006, el sector secundario representaba el 48% del PIB de China. El terciario representaba el 42% del PIB. Para final de 2019 las proporciones se habían invertido: 39% del PIB para el sector secundario y 53,9% para los servicios. Como señala Roach, “para las grandes economías, los cambios estructurales de esta magnitud en un período tan corto no tienen prácticamente precedentes”. Pero estas cifras no indican toda la realidad. El actual sector secundario ha cambiado totalmente con respecto a una década atrás, y gran parte de la producción industrial hoy es tecnología punta, productos y servicios de alto valor añadido.
El analista Vijay Prashad explica los cambios que lleva intentando implementar la dirección del PCCh desde hace tiempo:
“En 2005 había quedado claro para una parte de la dirección del PCCh que no todo estaba bien en el experimento chino. El presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao hablaban en nombre del inmenso interior de China, que era donde se hundían sus raíces políticas (…) El coeficiente de Gini para China pasó de una posición de igualdad razonable (0,29 en 1981) a ser menos igualitario (0,39 en 1995) y muy desigual en la época en que Hu accedió al cargo (0,41 en 2007). Esto sin duda significaba una señal de alerta. También lo significaba el aumento de las protestas públicas (lo que el gobierno llama “incidentes de masas”). En 2005 el ministerio de Seguridad pública informó que se produjeron 87.000 de estos “incidentes”, casi un siete por ciento más que el año anterior”.
Piketty afirma en su última obra que “el proceso de privatización de la propiedad se detuvo en 2005-6”, manteniéndose desde entonces un equilibrio entre el sector privado y público.
Los dirigentes chinos querían tener el control para ir a una economía de más servicios, y así generar mayor estabilidad social. Antes de 2007 sondearon repetidas veces a los occidentales para cambiar las condiciones de la relación existente en el concierto global, a saber: China era la “fábrica exportadora” cuyo superávit en la cuenta corriente iba en parte a comprar bonos de EEUU que sostenían al dólar, favoreciendo su consumo interno. A cambio de favorecer una flotación del yuan más libre en los mercados, y abrir más su economía, pidieron ocupar mayor poder en algunos de los foros de decisión económica internacionales, como el Banco Mundial y el FMI, pero esto les fue negado.
En la reunión del G20 de la primavera de 2009 China propuso una política concertada que cambiase las reglas de juego establecidas a nivel internacional desde Bretton Woods. Se trataba de dar peso a la divisa formal que utiliza el FMI de referencia entre las diferentes monedas, el derecho especial de giro (DEG). Pekín quería estabilizar su economía, reducir su superávit comercial, pero a condición de reequilibrar su relación asimétrica y dependiente con respecto s los EEUU. Nuevamente, los EEUU se negaron, no iban a renunciar graciosamente al privilegio del dólar.
Paradógicamente, en 2008, cuando el gobierno chino había decidido ir a una economía más dependiente del sector servicios, con un mercado interno más fuerte, la economía de Occidente cayó. China, muy a pesar suyo, tuvo que acudir en socorro de la economía mundial, so pena de correr el riesgo de verse afectada con disturbios sociales crecientes.
Cinco años después de 2009, en seis de los ocho principales sectores industriales (acero, aluminio, cemento, refinerías, vidrio, papel) el índice de utilización de las fábricas era incluso más bajo de lo que era en 2008, en plena crisis mundial. Se acrecentó en demasía la sobrecapacidad y el endeudamiento. El gobierno chino puso sobre la mesa un plan de cierre de empresas deficitarias, promoviendo el desarrollo de empresas de más alta tecnología en todas las áreas. Ese ha sido el eje de la última década. Y Roach, privilegiado estratega burgués destacado sobre el terreno, alertó de este cambio ya en 2011:
“…China ha puesto en marcha un plan para buscar nuevas fuentes de empleo, elevar los sueldos y reducir la tasa de ahorro construyendo el embrión de una red de seguridad social. Son los cimientos de una sociedad de consumo. Eso es imprescindible. Pero a la vez un riesgo enorme (…) China es el mayor ahorrador del mundo. Elevar el consumo reducirá la tasa de ahorro y con ella su nivel de acumulación de reservas, su demanda de bonos, de dólares estadounidenses (…) Si el mayor ahorrador empieza a consumir, pero el mayor consumidor no empieza a ahorrar, ¿cómo va a financiarse Estados Unidos? (...) Los riesgos de una caída desordenada del dólar son significativos…”. Escrito en 2011, parece estar hablando de hoy. Una década más tarde, Roach exponía cómo las exportaciones suponían el 20% del PIB, desde el máximo del 35% al que llegó en 2005-6.
Así, tenemos que desde hace años el consumo es la parte fundamental de la economía. Los datos de la Oficina Nacional de Estadísticas china muestran que el consumo contribuía, con un 76,2%, al crecimiento del PIB de 2019, en mucha mayor medida que el peso total que tenía ese año en la economía.
Desde hace más de una década repetimos, a veces como papagayos, que China debía crecer un mínimo de un 6% anual para absorber la masa de población que se traslada del campo a la ciudad, para mantener así una senda mínima de crecimiento. Hace una década eso era así debido al brutal nivel de inversión que había, que se mantiene de hecho en una parte importante, una parte del cual estuvo siempre dirigido a empresas “zombis”, como veremos más tarde. Eso reflejaba el carácter del crecimiento chino, donde una fenomenal inversión para renovar el stock de capital era consustancial al mismo.
Pero China ya transitó el camino, años ha, de cara a efectuar el cambio de una economía que era fundamentalmente de exportación a otra donde el consumo empieza a jugar un papel mayoritario. Aunque se mantienen problemas básicos de la etapa anterior (ya que se está en una etapa de transición), ha habido cambios claros.
Ese 6-7% que ha crecido China cada año entre 2006-19 no es el “mínimo” que necesita su economía ahora. Vamos a los hechos: han sido los años de un crecimiento cualitativamente diferente, donde el sector tecnológico se multiplicó, donde hubo crecimientos anuales del 15% en la masa salarial. Frente a la retórica de EEUU, según Roach, en los últimos lustros China no compitió en base a una depreciación del yuan. Al contrario, este se apreció un 25% respecto del dólar entre 2005 y 2015. Esto explica que el superávit por cuenta corriente de China cayera desde un 10,1% del PIB en 2007 a un 2,7% en 2015, y a un 2,5% en 2016.
El imperialismo chino
De ser una economía que servía de base industrial básica a la de las principales potencias, gracias al mecanismo de copia inicial de las inversiones potenciado por el gobierno chino, se ha ido desarrollando su economía, absorbiendo el know how exterior y, cada vez más, desarrollándolo originalmente de forma acelerada.
Desde hace años China no es una economía dependiente, aunque las inmensas tierras alejadas del este del país tuvieran un nivel de vida que rozaban la pobreza. Es el desarrollo desigual y combinado aplicado a la era actual, la que vivió los cambios más acelerados de toda la historia de la humanidad. Hoy, China teje una relación imperialista con otros países menos desarrollados a los que proporciona financiación, inversiones, mercancías y, desde hace años, productos con cada vez mayor valor tecnológico.
China busca derivar industrias básicas hacia estos países, donde la fuerza de trabajo es más barata y se extrae mayor plusvalía, generando a su vez nuevos mercados. Estos países exportan a China materias primas, pero también mercaderías semielaboradas.
China también promueve, a través de la deuda, una relación de dominio imperialista en un área de influencia cada vez mayor en los cinco continentes en torno a la que basar el yuan, al que quiere establecer como una divisa dotada de estabilidad propia, basada en esa área económica. Los pasos en los últimos años han sido claros en este sentido, y se han acelerado a raíz de la crisis de la covid.
Las nuevas rutas de la seda
En 2013 China se destapó. Una vez superado el bache de la Gran Recesión mundial, lanzó la iniciativa Belt and Road (“cinturón de carreteras”), o “Nuevas rutas de la seda”, como la están llamando la mayor parte de analistas. Este plan agrupa a más de 70 países para crear una red de infraestructuras que, en última instancia, faciliten la conectividad física de China con el resto del mundo. A mediados del presente año, China ya ha prestado, o invertido, 461.000 millones a naciones participantes, pretendiendo llegar a un billón de dólares.
Latinoamérica ya no es el “patio trasero” de los yankees…, desde hace años. China es el primer socio comercial de Brasil, Chile, Perú y Uruguay, y el segundo de Argentina. También es el primer inversor en Venezuela, Ecuador y Argentina.
China concedió una línea abierta swap a Argentina, por valor de 8.500 millones de dólares, renovada en julio de 2020, en un momento en el que el gobierno de Alberto Fernández se quedaba sin financiación y nadie se la daba…
África es territorio crecientemente chino. Pekín ha conquistado el mercado africano, es el primer socio comercial, así como el mayor acreedor, con cifras que superan los 145.000 millones de dólares.
¿Qué está sucediendo ahora, cuando China ofrece a un precio barato su vacuna contra la covid a países que tienen dificultad para acapararla? Y no sólo la vacuna. La diplomacia sanitaria juega un papel en momentos como el actual. Lógicamente, siempre será a cambio de algo. Primero el comercio, y luego las armas. Pekín tiene su primera base militar en el extranjero, en Djibouti. Y construye más en otros países.
Peso y PODER del sector estatal
China tiene a 119 de sus empresas en la lista de las 500 corporaciones más grandes del mundo, según el listado de 2019 de la revista Fortune. La mayor parte de ellas son empresas estatales.
Aunque hay discusión en torno a las cifras exactas, el peso del sector público en el capitalismo de estado chino puede estar aproximadamente en torno a un 35-40% del PIB global, a medias entre el estado central y las provincias, municipios y fundaciones públicas. Hay autores que suben esta cifra y otros que la bajan. Piketty, en 2019, defiende que el Estado posee más del 50% del valor producido por las empresas manufactureras, y el 30% del patrimonio global chino.
El 30% de los afiliados al PCCh son “cuadros y técnicos del Estado”, porcentaje superior al de la población global. La alta burguesía, igualmente, está sobre-representada en la Asamblea Nacional Popular y en el resto de altos organismos del Estado y del partido.
El carácter capitalista predomina sobre todo. Pero el Estado interviene, aprendiendo del ejemplo ruso, para evitar que la mayor parte de los beneficios escapen a Suiza o Londres. La crisis de la covid dio otra vuelta de tuerca hacia la reafirmación del estado chino para sujetar el poder de sus ya poderosas multinacionales.
Es conocido el ejemplo de una de las filiales de la principal empresa china Alibabá, Ant, que promovió una OPV, una salida a bolsa que iba a ser espectacular. Ant basa su negocio en la intermediación bancaria (nicho al que pretenden “hincarle el diente” las grandes tecnológicas americanas). Pero Ant no es un banco, no está controlada por los reguladores y sí se servía del soporte físico de los bancos públicos para hacer negocio. Otorgaba la cuarta parte de créditos de consumo que el principal banco público chino (que tiene un balance 100 veces superior al de Ant). Si hubiera habido una caída por impagos, Ant no se hubiera visto perjudicada, pero los bancos públicos con los que hace negocio sí.
Ante este escandaloso beneficio el capital acudió a mansalva a la OPV. En los meses anteriores, el valor de salida de Ant se decuplicó. La valoración final de la OPV propuesta era de 200.000 millones de dólares. Había una burbuja (había varias más en la economía por entonces) en un momento más que peligroso, cuando la economía seguía convaleciente tras la pandemia, y la situación podía tornarse peligrosa. Así que el gobierno intervino, dando un giro total a la hora de controlar el valor, inversiones y fiscalización de todas sus principales tecnológicas.
En apenas dos meses, el estado chino paralizó esta y otras salidas a bolsa, encarceló a un presidente de un banco corrupto, al que condenó a muerte. El presidente de Alibaba, Jack Ma, el hombre más conocido de China tras Xi Jinping, estuvo desaparecido durante meses y su compañía fue penalizada con una multa millonaria. Sus posibilidades de negocio (junto con la de Tencent y otras) fueron mermadas. Cuando reapareció, Jack Ma pidió perdón por su comportamiento. Al mismo tiempo, se estaba discutiendo el XIV plan Quinquenal, donde se incrementaba la contribución impositiva de los ricos, de diferentes maneras.
El conjunto de todas estas medidas suponen una sonora bofetada sobre los capitalistas chinos, al mismo tiempo que una advertencia. Esto, sencillamente, está a años luz de lo que puede hacer EEUU, y le da al capitalismo de estado chino una ventaja competitiva crucial sobre el resto.
En la burbuja perenne de la construcción, que crece vertiginosamente de forma recurrente se tomaron medidas para pincharla. No era la primera, ni la segunda burbuja, que el estado contribuyó a pinchar en este sector.
Deuda corporativa y deuda global chinas
Igualmente, el Estado se fijó como objetivo controlar la deuda de sus empresas, que es la enfermedad más seria a la que se enfrenta el capitalismo chino, fruto del peso tan brutal que juegan las inversiones, que se renuevan constantemente, en lo que ha constituido la esencia de su crecimiento en las últimas décadas.
Según una investigación realizada por Rhodium Group, empresa de consultoría occidental, en 2018, el rendimiento promedio de los activos entre las empresas estatales era del 3,9%, en comparación con el 9,9% de las empresas privadas. Además, las empresas estatales representaban el 28% de los activos industriales de China, pero contribuían únicamente con el 18% de los beneficios totales (este estudio no computaba a las empresas públicas locales o de las provincias). De igual manera, acumulaban una deuda de 100 billones RMB (15 billones de dólares USA) a finales de 2017, equivalente a un 120% del PIB nacional.
Según el economista chino Guonan Ma, la caída de los beneficios empresariales ha llevado a que las empresas no tengan capacidad interna para llevar a cabo sus inversiones, sostenidas en gran parte por los bancos públicos (los mayores del mundo), provincias y ayuntamientos.
China es la economía que tiene un mayor porcentaje de empresas zombies, que es otra forma de expresar que China es la economía que mejor expresa la enorme sobrecapacidad existente.
El mecanismo burocrático por el que, en función del desempeño de una zona en particular, más rápido se asciende de rango en el aparato gubernamental, y del PCCh, es determinante para el mantenimiento de industrias obsoletas. Los funcionarios del partido de las provincias siempre trataron de eludir las dificultades para facilitar préstamos que no debían otorgar. Estos préstamos de administraciones locales o bancos públicos se registraron muchas veces como “deuda empresarial” cuando no lo eran, eran deuda de la provincia o municipio.
Ma, que es un liberal que está en contra de la política actual de Xi Jinping, sugiere que en China puede ocurrir lo que en Japón en la década final del siglo XX, que se trasvasen este tipo de préstamos fallidos al Estado.
El aumento incesante de la deuda empresarial no hace sino agravar los riesgos actuales para la economía, que incluyen una burbuja en el mercado inmobiliario y un sector bancario hinchado que, tras cuadruplicar las carteras de préstamos en el último decenio, está sentado sobre montañas de deuda tambaleante.
Así, el Banco Internacional de Pagos afirma que la deuda global china es la mayor de todos los países industrializados, un 320% de su PIB. Desde otoño de 2019 a otoño de 2020 se han reconocido más de 490.000 millones de dólares en préstamos como incobrables por parte de los bancos públicos, según Reuters, pero otros analistas consideran que esta es una cantidad mínima. En cualquier caso, la inmensa mayoría de los créditos están otorgados por los grandes bancos públicos, lo que permite al gobierno reconocer los créditos tóxicos cuándo y cómo le convengan.
Pero sucede que en los últimos años, y meses, el gobierno chino ha reaccionado ante esta situación, tomando medidas para prohibir los “préstamos en la sombra” y poner coto a la “banca en la sombra”. De esta manera, ha obligado a los gobiernos provinciales, entidades locales y empresas locales (cuyas relaciones están bastante entrecruzadas) a pedir préstamos en los mercados de bonos en lugar de a los bancos, para mejor fiscalizar la deuda, haciendo además accesibles los mercados de bonos a inversores extranjeros.
China oferta ya el segundo mercado mundial de bonos públicos, en la medida en que su deuda global creció ingentemente en los últimos doce años. Ofrece una rentabilidad mayor que ningún país avanzado, cuando la QE provoca que 11 billones de dólares de deuda mundial (el 36% de la misma) ofrezcan rentabilidades directas negativas. Esto amenaza aún más la estabilidad global de otros gobiernos y empresas a escala planetaria, pues todos quieren colocar su creciente deuda.
El momento, de transición entre dos formas de crecimiento, es delicado. Precisamente cuando se habían dado pasos sustanciales para poner fin a estas prácticas es cuando la economía cayó por la pandemia. Antes, en 2018, varios bancos pequeños habían tenido problemas de liquidez y fueron nacionalizados, tendencia que se reforzó en 2019. En los últimos meses de 2020 las escenas de colas y pánicos locales se extendieron. El gobierno promovió la fusión de los bancos más insolventes, pero esta salida es limitada. Probablemente, más tarde o temprano, tendrá que acometer una gran reforma financiera, incrementando más aún el peso del Estado en el sector.
La empresa constructora mayor del país, China Evergrande, tenía una deuda de 123.000 millones de dólares y pidió a fines de septiembre de 2020 a las autoridades una operación urgente en Bolsa para lograr financiación exprés. La respuesta del gobierno para evitar por ahora la intervención de la empresa fue obligar a la compañía a vender sus pisos un 30% más baratos, y así obtener liquidez. Si este tipo de respuestas se generaliza, incentivarán la tendencia a la deflación de manera clara: la urgencia cortoplacista de liquidez lleva a que el valor de una empresa y sus propiedades caiga con mayor rapidez que el préstamo o la deuda, se deprime la inversión, y cae más la economía. Al final, el Estado tendrá que intervenir. La probable diferencia en China es que va a ser de una forma más controlada desde arriba, en algún punto entre Keynes y Schumpeter. Y que el Estado tiene ahorros, cosa que no sucede en los EEUU, puede cerrar determinadas áreas de la economía o reconvertirlas.
Sin embargo, la crisis de la covid llevó a seguir manteniendo abierta el grifo del crédito, por el miedo a una explosión social.
Salarios y estado del bienestar
Según el Banco Mundial, en China, el porcentaje de población en condiciones de pobreza ha caído desde el 88% en 1981 a menos del 1% en la actualidad.
Hay una diferencia enorme entre los salarios de la costa y los del interior. Y, dentro del interior, entre la ciudad y el campo (casi el 40% de la población vive en el campo, el porcentaje más alto de los países industrializados). De hecho, una parte básica del salario de muchos trabajadores inmigrantes sigue volviendo al campo para ayudar a la familia que se dejó atrás. Y no puede ser de otra manera: en mayo de 2020, el primer ministro Li Keqiang hizo público que el ingreso per cápita en la mayor parte de las áreas rurales era de de 117 euros al mes.
El objetivo del recientemente aprobado XIV Plan Quinquenal (para los años 2021-25) es incrementar las ayudas sociales al campo y zonas más pobres, liberar ahorro y reforzar aún más el mercado interno. Se pretende con esto, igualmente, controlar la lucha de clases. Dicho esto, en el conjunto de prestaciones sociales se parte de cifras aún muy bajas en relación con los países capitalistas más avanzados.
En cualquier caso, hay que remarcar que hace solo veinte años únicamente el 3% de la población china contaba con un seguro de salud, principalmente empleados de empresas públicas. El resto debía apoyarse en su círculo cercano, y una enfermedad grave podría causar la ruina de toda una familia. En 2018, la cifra de asistidos sanitariamente por el Estado había ascendido al 95%. En 2020, en torno a la mitad de los gastos de hospitalizaciones y de tratamientos de enfermedades graves quedaban cubiertos, además de los reembolsos vinculados a las consultas médicas y a los procedimientos médicos básicos. En las provincias ricas, como Zhejiang y Jiangsu, la tasa de reembolso asciende al 80%.
En educación, se quiere llegar a que el 60% de jóvenes sean universitarios en 2025, lo que dice mucho del nivel de cualificación que se pretende que tenga la mayor parte de la mano de obra.
En el informe anual de Crédit Suisse sobre riqueza global de 2019 se recoge que un 33% de lo que consideraba “clase media mundial” (con un nivel de vida entre 10.000 y 100.000 dólares), estaba en China, lo que representa unos 300 millones de personas. Lo que aquí se llama “clase media” es la casi totalidad de la clase obrera urbana, más las clases medias, en sentido marxista.
China no es inmune de ninguna de las maneras a la lucha de clases, pero su gobierno posee recursos de los que carecen otros países para hacer concesiones relativas a los trabajadores en mucha mayor medida que sus competidores a nivel global.
La Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo XIX mantuvo relativamente controlada la lucha de clases, merced al papel imperialista que jugaba como primera potencia global en el conjunto del planeta. Similar papel pudieron jugar los EEUU cuando sustituyeron a Gran Bretaña, a pesar de los años turbulentos de la segunda mitad de los 30. La presente crisis va a acentuar la desigualdad en toda la OCDE, pero parece que China va a acentuar aun más que sus rivales la adopción de políticas que atenúen las posibilidades de un estallido social.
El nuevo Plan Quinquenal pone el énfasis en la “circulación dual”. Es una expresión perfecta, que sintetiza todo lo aquí explicado. Significa dominio imperialista, muy inteligente por ahora, fuera. Y dentro, estímulo del mercado interno. Ser más autosuficiente, ser más fuerte tecnológicamente para mejor dominar fuera y generar estabilidad social dentro. Para ello el plan Quinquenal apuesta por subir los impuestos a los salarios altos, así como endurecer los impuestos sobre el patrimonio.
En definitiva, China ha logrado establecer una red de países en torno suya, más o menos dependientes, que la proveen de hidrocarburos (importa el 70% y 45% del petróleo y gas natural que consume), materias primas y mercaderías básicas. En determinadas áreas muy concretas necesita importar aún determinados productos de alta tecnología, como semiconductores, pero aprobó en su último Plan acabar con dicha dependencia. Y lo logrará.
EEUU
El imperialismo americano quedó retratado ante la ruptura del orden global que alumbró la Gran Recesión. Ya no es el 40% de la economía mundial que representaba a fines de los 60. A principios de 2020 suponía un 24%, pero la tendencia es menguante, en permanente declive. Aun siendo la principal fuerza militar global, en las guerras de Irak y Afganistán, dedicando ingentes recursos humanos, militares y económicos, fue incapaz de estabilizar dichas zonas.
En función del modo de funcionamiento adoptado desde los años 80, el economista Osvaldo Rosales explicaba algunos problemas estructurales de la competitividad estadounidense respecto a China:
“El ahorro de las personas en EEUU presenta una tendencia fuertemente declinante desde hace décadas. La tasa sobre el ingreso disponible era del 10% al 13% entre 1960 y 1980, solo de un 5,5% en la primera década del 2000 y apenas del 3% al 4% en 2017 (…) Este dato de la debilidad estructural de las cifras de ahorro-inversión en la economía estadounidense es fundamental para entender las proyecciones del conflicto con China. Mientras las tasas de ahorro-inversión de EEUU se mueven en torno al 20% del PIB en los últimos 40 años, las de China superan el 30% hasta inicios de la primera década del siglo XXI y se estacionan en torno al 40% desde entonces. Es cierto que la elevada magnitud del esfuerzo chino de ahorro-inversión refleja ineficiencias marcadas en la asignación de recursos, pero también es cierto que la inversión en infraestructuras (carreteras, vías férreas de alta velocidad, puertos, aeropuertos) y capacidad tecnológica constituye una expresión precisa de los avances chinos en competitividad e innovación, redes 5G incluidas. China está consiguiendo cerrar la brecha con EE.UU. de un modo muy rápido y en algunos de ellos, como redes 5G, trenes de alta velocidad o calidad de carreteras, lo ha sobrepasado”.
Una parte de la inversión (y deuda privada) en China encubre el funcionamiento de empresas zombies, pero esto también ocurre en EEUU (un 20% de sus empresas aquí merecen el calificativo anterior). Pero parece que una parte más importante del endeudamiento chino se debió a nuevas inversiones llevadas a cabo en maquinaria o infraestructuras, en mucha mayor medida que los EEUU… En base al contexto actual, hay más posibilidades de que el capital invertido se maximice y replique en China.
“…El capital fijo de las corporaciones de EEUU envejece; la antigüedad media de las estructuras y el equipamiento es la más grande desde 1964 y 1995 respectivamente, y, para los productos de propiedad intelectual, como el software, desde 1983 (…) La tasa global de actividad cayó hasta el 63% a finales de 2014. La más baja desde 1978…”, indicaba Roberts en su libro.
Mientras la UE apuesta sin ambages por fomentar el coche eléctrico, los EEUU están presos de su autosuficiencia en hidrocarburos, y hasta hace poco la política del gobierno era apoyar decisivamente este sector, pues representa un porcentaje nada despreciable de su economía.
Si se hubiera mantenido la política de Trump de abrir Alaska a la explotación petrolífera y se hubiera seguido potenciando el fracking, EEUU se hubiera echado un ancla al hombro, precisamente en un momento de disrupción, donde ya las inversiones en las nuevas formas de energía (que son cruciales en China por su debilidad en hidrocarburos) las hacía competitivas.
Así, por primera vez en décadas, estaba sobre la mesa el que incluso Europa pudiera adelantar a los EEUU en un sector de innovación de primer nivel. En camiones, furgonetas y trenes eléctricos la UE ya está más avanzada que EEUU. En Noruega, el país donde más coches eléctricos hay por porcentaje de población, Tesla era la marca más comprada hace tres años. Ahora es Volkswagen. La misma tendencia vale para la mayoría de países europeos. Las compras chinas en Europa, cruces de acciones mutuas, y diferentes alianzas y joint ventures entre empresas chinas y europeas para el desarrollo del coche eléctrico, generan ya una gama mucho más variada, y cada vez más creciente, de modelos bastante más asequibles para el consumidor medio que Tesla ¿Los estrategas norteamericanos más inteligentes van a permitir esto?
Como siempre ocurre ante las posibilidades de un nuevo mercado en expansión, decenas de miles de millones de dólares están dirigiéndose, crecientemente, hacia el mercado de los coches eléctricos. Volkswagen, en el último año, cambió al alza hasta por tres veces sus gigantescas inversiones previstas para los próximos años. La última cifra está en torno a los 30.000 millones de dólares.
Evidentemente, habrá problemas, como poco, de dos tipos: de una parte, una burbuja en formación en torno al nuevo sector que aparentemente promete pingües plusvalías. De otro, cierres de factorías y empleos en la “vieja economía”, que sea sustituida por la “nueva”. Al mismo tiempo, estas gigantescas inversiones no van a hacer que en el corto plazo la clase trabajadora, de forma masiva, puede acceder a comprar los por ahora caros coches eléctricos. Si, en mitad de este proceso, hay una caída de la economía, veremos una caída que puede arrastrar hacia su definitivo fin a compañías históricas. Por eso el Estado, como en ocasiones anteriores en épocas de crisis, interviene para respaldar inversiones en el nuevo sector.
El recién llegado Biden, para empezar, ha presentado un programa económico que abraza parte del nacionalismo económico de Trump bajo el lema “compra productos americanos”. En el plan de infraestructuras que ha diseñado, en realidad buena parte de las cantidades asignadas van dedicadas a subvenciones a empresas y programas de inversión privados. Como hace la UE. A pesar de su reciente reunión con sus socios del G7 y el acuerdo sobre el fin de las sanciones mutuas en la industria de la aviación, las tensiones se mantendrán con los europeos. Hay intereses comunes contra China, pero hay necesidades diferentes respecto a ella: Alemania y Holanda, junto con sus países satélites en Europa, necesitan seguir exportando allí.
No por casualidad se produjeron tras el estallido de la pandemia las históricas movilizaciones del verano de 2020 ante el asesinato de George Floyd, Con millones de manifestantes en prácticamente todas las ciudades de EEUU, con escenas semi-insurreccionales. Hay elementos fundamentales de las mismas que tienen su último origen en la discriminación racial y en la condición social de los afroamericanos que nos retrotraen a la propia conformación de los EEUU como una nación esclavista. La discusión sobre la memoria histórica se concreta en EEUU en este aspecto. Y se llena aún más de contenido con la discriminación que sufren otras minorías. En este sentido, vinculado a otros problemas profundos que sufre, los EEUU sufren una crisis de régimen.
Los Demócratas Socialistas Americanos, DSA, que eran unos 6.000 hace muy pocos años, ahora dicen ser más de 60.000. Su influencia crece. Dentro hay desde socialdemócratas (Alexandra Ocasio-Cortez militó dentro) hasta muchos que se reclaman marxistas o comunistas. Los EEUU son un país donde existe el potencial para una crisis revolucionaria en los próximos años.
Significativamente, el país más rico de Occidente es el más desigual, más que China. Donde un 1% de la población está en la cárcel, más que en China. Salió antes de la recesión que la UE porque en los EEUU los sindicatos son más débiles, hay menos derechos y más desregularización social. Pero todo tiene un límite, no puede llegar a lograr de forma generalizada los niveles de explotación para el conjunto de la clase trabajadora que existen en China. El trabajador norteamericano ya llegó a un tope y se está preparando una explosión social de seguir la actual dinámica.
Había que hacer algo. Y se hizo. De ahí el plan de Biden, que ha sorprendido a todos. Y a nosotros también. Por eso, como marxistas, debemos tener una visión general y amplia de la historia del capitalismo. Históricamente hablando, la nueva “guerra fría” desencadenada entre los EEUU y China, junto con la ventaja competitiva del modelo de Estado chino impele a los EEUU a dotar al Estado de más recursos, así como a subir la contribución a sus hiper-ricos para renovar su stock de capital. Al mismo tiempo, intenta conjurar una explosión de la lucha de clases, que le fue avanzada por los disturbios de millones tras el asesinato de George Floyd.
¿Hacia una desglobalización del capitalismo?
La ruptura que se ha dado con la crisis de la covid en la cadena de la creación de valor, puede tener efectos importantes. Para el sistema capitalista, se ha mostrado el reverso tenebroso del just in time y de la mundialización. Igualmente, ante la visibilización cada vez más clara de futuras rupturas geopolíticas que acaben afectando a las cadenas de valor, se incita a las diferentes potencias a que acorten las mismas, tendiendo a acercar a sus respectivas zonas de influencia la manufactura o acopio de determinados bienes esenciales.
Por tanto, por diferentes motivos, forzados o no, se van a producir quiebras, desinversiones o traslados a otros países, que se beneficiarán de los cierres de empresas (no sólo en China). El efecto subsiguiente puede ser el de una reducción, tanto del comercio mundial, como de la tasa de crecimiento global de la economía, lo que veremos más claramente cuando se estabilice la economía capitalista (si llega a hacerlo) tras el rebote postpandémico.
Diferentes investigaciones muestran que las Cadenas de Valor Mundiales generadas con la mundialización de las últimas décadas suponen aproximadamente el 75% del crecimiento del comercio mundial, siendo China la fuente más importante de esta expansión.
La historia de la humanidad es la lucha por el aumento en la productividad del trabajo, y va a ser muy difícil contrarrestar las ventajas que ofrece China para las multinacionales occidentales.
Hace años, la economía china tenía una dependencia del sector exterior extrema. Como hemos explicado, ahora no es así. Dentro del mundo occidental, Alemania se enfrenta a una dependencia en este sentido mucho mayor.
El torbellino de la actual crisis puede reducir temporalmente la globalización capitalista, pero todas las fuerzas empeñadas en las últimas décadas no han quedado en vano. Se irá a una variante de la actual globalización que conocemos, donde se expresará una acentuación de los diferentes bloques comerciales.
El proceso de deslocalización que en su día vivieron las economías occidentales en favor de China (y otros países), lo vive la propia China desde hace años. Empezó en el sector textil y prosigue en otros, primero trasladando industrias al interior más pobre del país, pero también a otros países donde ahora hay mano de obra más barata: Bangladesh, Myanmar, Camboya... Y, desde hace años, también a África.
Un burgués muy inteligente, y muy influyente a nivel mundial, Klaus Schwab, fundador y Presidente del Foro de Davos, fue uno de los primeros en definirse ante la ruptura que supuso la pandemia, en septiembre de 2020, con su libro Covid-19: el gran reinicio, entendiendo cómo la crisis de la covid suponía un parteaguas en la política mundial. Habla de una regionalización de la globalización, con alzas y bajas:
“…En el periodo previo a 1914 y hasta 1918, se produjo un fuerte impulso antiglobalización, que disminuyó durante la década de 1920 para reavivarse en la década de 1930 como resultado de la Gran Depresión (…).”
Vamos entonces a una globalización por bloques regionales, donde las potencias dominantes van a ser, de un lado, los EEUU y, de otro, China, con sus países satélites y áreas de influencia. Entre medias, la UE queda como una construcción cada vez más débil donde, en este contexto, las fuerzas centrífugas parece que van a dominar sobre las centrípetas.
¿Cómo acabará esta disputa? “…La pura verdad es que nadie puede anticipar (…) cómo evolucionará la rivalidad entre EEUU y China, aparte de decir que inevitablemente crecerá (…) EEUU ha dado un traspiés en la crisis pandémica y su influencia ha disminuido. Mientras tanto, China podría estar tratando de beneficiarse de la crisis ampliando su influencia exterior”.
¿Sorpasso de China?
El 1 de julio de 2020 el economista Harold James publicó un artículo donde alertaba de que “el desarrollo más importante es que la hegemonía del dólar americano puede finalmente estar llegando a su fin”. Otro economista norteamericano, Robert J. Gordon, predice que hay varios vientos en contra de su país: envejecimiento de la población, desigualdad creciente, competitividad decreciente respecto a Asia, recortes en educación que afectan a la productividad, regulaciones medioambientales al alza y una deuda excesiva. Cree que la tendencia del crecimiento de los EEUU puede reducirse de manera generalizada en un futuro próximo.
Uno de cada dos vehículos eléctricos que funcionan en el planeta está en China. En 2019, los fabricantes chinos suministraron el 42% de las turbinas eólicas del mundo, y el 76% de los módulos solares. Quieren reducir en breve plazo su extrema dependencia de la importación de hidrocarburos. Va a multiplicar la electrificación e hidrogenización de su economía.
China depende en exceso de los semiconductores producidos en otros países. Y no sólo en este sector está aún más atrasada que en Occidente. Pero tiene las herramientas de la que carecen sus competidores, que le están permitiendo tomar medidas con antelación de cara a generar las cadenas de valor que la hagan menos dependiente de Occidente.
Si en el cambio del milenio la economía china suponía un 13% del PIB de Estados Unidos, para 2016 ya era el 60% (y alcanzará, en 2023, el 88% según el FMI). Con un crecimiento medio para los EEUU del 2%, y del 6% para China, alrededor del 2030 China podría superar el PIB de los EEUU. Otras instituciones, adelantan la llegada de este acontecimiento.
7. Hacia una grave crisis financiera
Roubini escribía en su libro de 2010, que entre 1826 y 1933, todas las crisis financieras habidas en los EEUU se saldaron con reestructuraciones generales del sistema financiero. Contrariado ante la política de Obama en 2009, escribía: “ahora parece que los legisladores y políticos están satisfechos con el statu quo”.
Se está comprando crecimiento económico, a través de engrosar los balances de los bancos centrales con niveles históricos de deuda mundial bajo la idea de que dichos bancos “jamás pueden caer”. Esto es muy peligroso. Es un juego donde, con conocimiento público, se están haciendo “trampas al solitario”. Ante la persistente, previsible e ingente nivel de la QE, el rendimiento de la deuda pública baja. A finales de julio de 2020 el 80% de la rentabilidad de la deuda mundial (si se le descontaba la inflación) era negativa.
Los tipos de interés a 0 limitan las posibilidades de beneficios de la banca de forma drástica. Por tanto, el valor en bolsa de las empresas del sector financiero se reduce sin pausa. Se puede llegar en algunos casos a un momento en el que, a pesar de toda la prestidigitación contable, el pasivo sumará más que el activo. Algunos bancos empiezan a jugar con fuego, como el BBVA español, que recientemente autorizó operaciones con bitcoims. No va a ser el mejor escenario el de los próximos años para conceder créditos si no hay un boom sólido, más allá del rebote postpandémico.
Por tanto, la política de flexibilización cuantitativa es más necesaria hoy que nunca para mantener con respiración asistida a la banca privada, hoy más dependiente que nunca de los poderes públicos que, sumisamente, le ofrecen su asistencia infinita ¿Hasta cuándo? Esto pasará a convertirse en otro pesado fardo.
La deuda ofrece poca rentabilidad (la china es una excepción). Billones de dinero de especuladores (y de ahorradores, que manejan especuladores) tienen que buscar entonces otro acomodo más rentable. De ahí el auge irracional de la bolsa en EEUU y la subida del precio de las materias primas. Son burbujas que acabarán reventando.
El dominio del capital financiero es demoledor, con todas las contradicciones que hemos intentado analizar. En la UE, los diferentes vehículos financieros existentes en 2018 totalizaban un asombroso 1.100% de su PIB frente a “solo” el 300 alcanzado de media entre 1970-80. En Gran Bretaña o Norteamérica estas cifras son mayores.
Los keynesianos y escuelas afines no entienden las contradicciones básicas del capitalismo, empezando por la propiedad de los grandes medios de producción y la existencia del estado nacional. Venden la idea de que dominando o minimizando el poder del capital financiero, que es solo otra contradicción más del capitalismo, se resolverán nuestros problemas.
Pero, incluso aquí, revelan su incapacidad para ofrecer soluciones viables en este sentido. Sea Piketty, Malinovic, Stiglitz, Roubini o Roach, todos demuestran una mezcla de ingenuidad, incapacidad y voluntarismo clamorosos a la hora de “ponerle el cascabel al gato”.
Por ejemplo, sus soluciones van en la línea de gravar con un 1% las transacciones financieras ¿Quién, qué órgano, qué país lo impone? Si, ni siquiera dentro de la UE Alemania se atreve a imponerle esa condición a Holanda o Luxemburgo. También proponen separar la banca de inversión de la banca comercial. Como si el capital financiero siempre no encontrase resquicios grandes y pequeños para “hacer dinero del dinero”, y cada vez más a lo grande. Si un país pone regulaciones más estrictas ¡ay de él! porque los gobiernos viven sometidos a deudas descomunales y al interés de los grandes fondos de inversión y bancos globales. Nadie puede regular nada porque desde hace décadas el capital financiero tiene sometido al capital industrial y se ha convertido en una hidra gigantescamente descomunal que somete a la economía y a la política. No hay apenas transición entre ocupar el sillón de un consejo de administración de cualquier entidad financiera y acabar en el Consejo de ministros de un gobierno del sistema.
En la próxima gran crisis financiera mundial que se dé, China se verá seriamente afectada, pero menos que sus competidores capitalistas. La realidad está ahí: China demostró en la última década y media ser más fuerte que el resto de países occidentales frente a los vaivenes de los tipos de interés dictados desde Nueva Yorq. Frente al dólar, trata de extender la influencia del yuan en sus intercambios económicos, mientras se prepara para ser el primer país en usar de forma masiva una nueva moneda digital. No experimentó con el engendro de la QE. Pinchó con relativo éxito varias burbujas, que se reproducen debido a su dependencia de la inversión en su PIB, pero que hubieran hundido a otras economías, etc.
“En el país de los ciegos, el tuerto es el rey”. En un planeta donde el capital financiero supone una sífilis para el sistema, dictando sus normas a los gobiernos, el capitalismo chino tiene recursos y herramientas, políticas y económicas, de las que carecen el resto de países capitalistas avanzados. El diferente peso económico y político del capital financiero en China y EEUU no es solo cuantitativo, es cualitativo. La gran banca norteamericana no dejó de tener a “sus” hombres dentro de todos los Ejecutivos de EEUU en las últimas décadas. En la lista Forbes, los bancos públicos chinos están entre las diez primeras empresas mayores del mundo ¡pero son bancos públicos que dependen del Estado!
¿Hasta cuándo puede subir la Deuda Pública?
Se suele olvidar que Keynes escribió su “Biblia”, la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, en 1936, después de que Roosevelt hubiera practicado sin ningún asesoramiento suyo la relativamente improvisada política de intervención pública por parte del Estado en la economía durante varios años. Pero se suele desconocer más que los antecedentes más directos de esta política, aparte de la política desarrollada después de la I Guerra Mundial, están en Suecia. Galbraith lo explica:
“Lo que proponían era el endeudamiento del Gobierno, el empleo público, una importante devaluación de la moneda y la promesa de unas finanzas más conservadoras después de la recuperación. Creían en el apoyo a los precios agrícolas y en un sistema de Seguridad Social mucho más reforzado, con pensiones de ancianidad y compensaciones por desempleo. Este programa se puso en práctica a principios de la década de 1930, bastante antes del mensaje de Keynes. En ningún otro sitio hubo economistas tan influyentes en la política práctica (…) En un mundo justo, no debería hacerse referencia a la revolución keynesiana, sino a la revolución sueca”.
Lo que no explica Galbraith es que estos economistas y políticos suecos no hicieron otra cosa sino recoger el mandato de los trabajadores suecos, que se expresaron muy claramente en las feroces luchas de clase que se dieron en los años anteriores.
Recordemos lo que propone Keynes básicamente: el Estado interviene, invirtiendo en la economía real, en un momento en el que la inversión privada está paralizada durante la recesión, para preparar la recuperación de la economía posterior. Logrado esto, buscará unas “finanzas conservadoras” para pagar la deuda. La práctica siempre es diferente a la teoría. Los postulados keynesianos no sacaron nunca a los EEUU de la depresión. Vino a ayudarles para ello su conveniente entrada en la II Guerra Mundial en 1941.
Igualmente, al fin de la misma, el papel preponderante de los EEUU; la imposición de su moneda, el dólar, como moneda mundial (contra los deseos de Keynes, presente en Bretton Woods); el auge del comercio mundial de la mano del poder americano; el fin de la revolución en Occidente con la colaboración de Stalin y los PC’s; el desarrollo de fuertes mercados internos gracias a las concesiones hechas a los trabajadores a través del estado de bienestar; junto al desarrollo de numerosos y nuevos sectores de la economía…, todo ello, y algunas causas más, que no fueron anticipadas por Keynes, permitieron el auge posterior.
Ahora, para solucionar el problema de la “trampa de liquidez” existente, los keynesianos partidarios de la teoría cuantitativa del dinero proponen en la práctica la “solución” que adoptó China en 2009-10. El dinero, eso sí, a diferencia de lo que se hace ahora con la QE, debe ir a la economía real. A diferencia de Keynes, proponen seguir con esa política de endeudamiento estatal durante más tiempo.
Teóricos keynesianos, para tranquilizarnos sobre cómo es posible solventar el problema de una deuda ingente en continuo ascenso nos ilustran sobre cómo el Reino Unido pudo reducir dos altísimas deudas públicas en dos etapas de su historia: desde fines del siglo XVIII hasta 1910; y desde la segunda guerra mundial hasta los años 70. La comparación es mala.
Entre los siglos XVIII y principios del XIX se dieron varias guerras entre franceses e ingleses que determinaron al final de las mismas la victoria definitiva del Imperio Británico, y su papel preponderante en el capitalismo mundial durante el siguiente siglo. Gracias a que pudo edificar el imperio colonial mayor sobre la Tierra, pudo succionar ingentes recursos cada año a sus colonias, mientras sus empresas encontraban un mercado allí. Gracias a un siglo casi permanentemente virtuoso, su deuda pública de casi el 200% de su PIB al final de las guerras napoleónicas (en otro combate de “todo o nada” por el dominio global) se pudo reducir en la medida que el PIB británico se expansionó sin frenos en el siglo del desarrollismo industrial inglés.
Los otros dos grandes contendientes en dicha conflagración, Francia y España, igualmente sufrieron una alta deuda pública ¿Cómo se enfrentaron a ella? El camino francés se vio facilitado por una revolución que liquidó la deuda con altos impuestos a los ricos y la inflación que pudo arrostrar el fuerte gobierno revolucionario.
La vía española tuvo menos suerte. La decadente España, y sobre todo su imperio colonial, era el despojo por el que lucharon con denuedo Francia e Inglaterra. Su deuda pública fue impagable, liquidando la acumulación comercial previa. Parte de su burguesía comercial, a través de los papelitos devaluados de la deuda pública, selló definitivamente su miserable destino entroncando con la aristocracia rural para generar el débil capitalismo agrario hispano del XIX. El desarrollo europeo del siglo XIX coincidió con décadas de subdesarrollo hispano.
Igualmente, los economistas keynesianos, ponen particular celo en trasladar a hoy el ejemplo de lo que hizo el gobierno británico después de la Segunda Guerra Mundial para rebajar su deuda, al dejar que en la economía funcionara una cierta inflación que, junto al altísimo crecimiento de la economía tras la destrucción ocasionada por la contienda, permitieron una bajada drástica de la deuda.
Pero entonces estábamos a las puertas de un fuerte periodo de auge del capitalismo que duró un cuarto de siglo. Hoy estamos asomados a una situación de baja inversión privada, sobrecapacidad generalizada, diversas burbujas financieras internacionales, ingentes masas de dólares (o vehículos financieros referidos a dólares) que empiezan a oler a pasado... Son circunstancias materiales, y de contexto, diferentes.
Ya antes de la Gran Recesión de 2008, algunos neokeynesianos abogaban por el empleo de la inflación para reducir la alta deuda de EEUU (que hoy es el doble de entonces). Los economistas serios avisan que este mecanismo puede usarse para ese objetivo, pero advierten que es muy fácil que se descontrole y, en cualquier caso, ocasionaría serios transtornos impredecibles a nivel global.
Los principales tenedores extranjeros de la deuda USA, ¿van a dejar que un valor que tienen se deprecie? ¿Lo harán los fondos de inversión norteamericanos por consideraciones patrióticas?
Roubini, en su libro de 2010, afirmó que la deuda de EEUU de ese mismo año era insostenible. Entonces la deuda era el 90% del PIB. A finales del 2019, gracias a las rebajas fiscales de Trump, superó el 100%, y al acabar este año batirá el récord histórico nacional, que está en el 122% del PIB, logrado después de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, lograron recortarla con un ritmo de crecimiento alto y con una inflación que, de media, fue del 5% en los años siguientes. Este contexto no es el de hoy. Sin embargo, la enfermedad del sistema lleva a que el convaleciente reclame más dosis para liquidar el dolor, cosa que logra cada vez más temporalmente, provocando males sucesivos mayores. La solución es ¡seguir acumulando más deuda! Y esto es posible porque los bancos centrales y los estados nunca van a quebrar ¿Si? La historia demuestra que no: unos no quiebran, si crecen lo suficiente, a costa del resto, pero no todos pueden seguir esta peligrosa carrera con éxito.
Diez años después de la Gran recesión, la deuda conjunta de Gobiernos, hogares y empresas se ha disparado en más de un 50%. Tal cantidad de deuda, en un entorno de baja inflación, solo parece sostenible y repagable si su coste permanece bajo y controlado mientras la economía crece ¿Será esto posible?
Piketty aún explica que el endeudamiento puede crecer aún más porque el total de la riqueza privada mundial es de alrededor del 500% del PIB mundial, y la participación del 1% superior en este total es de alrededor del 35-40%. Según él, en un momento dado, en base al ahorro interno, las grandes economías pueden sostener niveles aún más desorbitados de deuda. Olvida que gran parte de este patrimonio, en condiciones de una crisis financiera o de caída grave de las bolsas, se evaporaría. Igualmente se podría ver afectado parte del valor de las casas (sobre todo en las grandes ciudades), que es la otra pata del incremento de patrimonio dado en las últimas décadas. Por otra parte, no está claro que mucha gente fuera a hipotecar sus casas en virtud de salvar la deuda nacional…
En un momento dado, habrá un desacople dentro de las grandes economías avanzadas, que reflejará inevitablemente la viabilidad de las diferentes economías o su diferente manera de enfrentarse a la crisis. Y, más probablemente, este problema puede empezar en un país de la periferia, con menos posibilidades de endeudamiento, que se vea forzado a caer en impago ante la imposibilidad de pagar deudas crecientes en un contexto de caída de ingresos brutales ante una recesión lacerante, situación que padecen bastantes países de la periferia capitalista.
Recordemos en este sentido cómo comenzó la crisis en el sudeste asiático, que saltó a Rusia y otros continentes, a finales de los años 90 del siglo pasado, en un contexto, como hoy, de “exuberancia irracional” de las bolsas, que precedió a la crisis de las puntocom de 1999-2000.
Crisis del dólar
Roubini expresó su opinión sobre el futuro del dólar antes de las últimas elecciones norteamericanas:
“…Si los Estados Unidos siguen monetizando grandes déficits presupuestarios, alimentando así grandes déficits externos, una oleada de inflación podría acabar degradando el dólar y debilitar su atractivo como moneda de reserva. Dada la actual combinación de políticas económicas de los EE.UU., este es un riesgo creciente.
“Otro riesgo es la pérdida de la hegemonía geopolítica de los Estados Unidos, que es una de las principales razones por las que tantos países utilizan el dólar en primer lugar. No hay nada nuevo en el hecho de que la moneda del hegemón sea la moneda de reserva mundial. Este fue el caso de España en el siglo XVI, los holandeses en el siglo XVII, Francia en el siglo XVIII y Gran Bretaña en el siglo XIX. Si las próximas décadas traen lo que muchos ya han llamado el "siglo chino", el dólar puede muy bien desvanecerse a medida que el renminbi sube.
“La armamentización del dólar mediante sanciones comerciales, financieras y tecnológicas podría acelerar la transición. Incluso si los votantes estadounidenses eligen un nuevo presidente en noviembre, es probable que esas políticas continúen, ya que la Guerra Fría entre los Estados Unidos y China es una tendencia a largo plazo, y los rivales estratégicos de los Estados Unidos (China y Rusia) están diversificando, sus intereses, alejándose de los activos en dólares que pueden ser sancionados o confiscados.
“Al mismo tiempo, China ha estado introduciendo más flexibilidad en su propio tipo de cambio, relajando gradualmente algunos controles de capital y creando mercados de deuda más profundos. Ha convencido a más socios comerciales y de inversión para que utilicen el renminbi como unidad de cuenta, medio de pago y depósito de valor, incluso en las reservas exteriores. Está construyendo una alternativa al sistema de la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT), dirigido por Occidente, y está trabajando en un renminbi digital que eventualmente podría internacionalizarse. Y sus propios gigantes de la tecnología están creando enormes plataformas de comercio electrónico y de pagos digitales (Alipay y WeChat Pay) que otros países podrían adoptar en su propia moneda local.
“Por lo tanto, si bien la posición del dólar está segura por ahora, se enfrenta a importantes desafíos en los años y décadas venideras. Es cierto que ni el sistema económico de China (capitalismo de estado con controles financieros) ni su régimen político tecnocrático-autoritario tienen mucho atractivo en Occidente. Pero el modelo chino ya se ha convertido en bastante atractivo para muchos mercados emergentes y países menos democráticos. Con el tiempo, a medida que el poder económico, financiero, tecnológico y geopolítico de China se expande, su moneda puede hacer incursiones en muchas más partes del mundo…”.
Como hemos explicado, la respuesta global dada a la crisis de 2008-9, lejos de debilitar la responsabilidad global del dólar la ha hinchado hasta límites que van, con mucho, bastante más allá del papel real que juega la economía norteamericana en estos momentos. Acordémonos de lo que representaban la libra y todo el entramado político, militar y diplomático del Imperio británico antes de 1914.
Reflejando esto, a principios de 2020, el 61,7% de las reservas mundiales estaban en dólares. Por el contrario, el yuan chino solo tenía un peso del 1,9%. Un año después el billete verde cayó más de 2 puntos, y el yuan subió tímidamente al 2,5%.
Y ello a pesar de que China acabó 2020 con un superávit por cuenta corriente del 2,5% del PIB (360.000 millones de dólares), lo que tira hacia arriba el valor del yuan, que se ha revalorizado frente al resto de monedas.
En el actual contexto, si los EEUU dieran el paso de 1971 de devaluar el dólar para así reducir su Deuda, al igual que entonces, habría devaluaciones competitivas del resto de monedas. Pero, en este caso, podríamos asistir a situaciones más graves para los EEUU, dado el menor peso relativo de la economía norteamericana. Podría darse incluso, en este periodo excepcionalmente convulso por diferentes motivos, casuales o no, una venta de bonos estadounidenses, más o menos concertada, y una crisis muy seria del dólar.3
Galbraith hijo explicó el momento de transición en el que vivimos, donde el dólar refleja una economía y unas relaciones mundiales que están periclitando:
“...El mundo actual, centrado en el dólar, refleja los alineamientos de poder del periodo comprendido entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Fría en 1989. El poder de EE.UU. se ha erosionado desde entonces, abriendo la posibilidad de que el sistema monetario mundial pueda dar un vuelco algún día. Puede que eso no ocurra pronto. Pero si llega el momento, será consecuencia de décadas de decadencia, de mejores estrategias aplicadas en otros lugares, de las heridas autoinfligidas en las eras de Reagan, Clinton y Bush, del sacrificio de la base industrial de Estados Unidos en la década de 1980, de la fragilidad del orden mundial que surgió en la década de 1990 y de la extralimitación militar de la década de 2000.”
Un Bretton Woods o un Acuerdo del Hotel Plaza parecen difíciles de lograr. La China de dentro de 3, 5 o 7 años no será lo que fue el Japón de finales de los 80. Podemos asistir a una grave crisis financiera, y no es una posibilidad menor. Quizás eso marque el sorpasso definitivo de China sobre los EEUU.
El Plan de Biden
Biden ha demostrado ser un político burgués muy inteligente que nos ha sorprendido a todos. Inteligente porque, sabedor de sus limitaciones, se deja aconsejar y sabe escuchar. Es una reacción total frente al bocazas de Trump. Inteligente igualmente porque está usando con bastante astucia a los “socialistas” Sanders y Ocasio-Cortez. Si hubiera actuado contra ellos, despreciándolos, les hubiera empujado, quizás, fuera del PD, alimentando el proceso hacia la formación de un Partido Laborista.
Desde enero de 2021 el gobierno de Biden ha gastado, o se ha comprometido a gastar, 1,9 billones de dólares para el alivio inmediato de la crisis de la covid-19, que se sumaron a los 3,9 billones aprobados en el año anterior. A medio plazo ha delineado planes para invertir 2,7 billones de dólares para el “plan de infraestructuras” (una parte sustancial irá derivado hacia la inversión y el apoyo a las empresas), más otros 1,8 billones de dólares para planes sociales y la educación, que buscan elevar la productividad de la economía y generar paz social. El gasto se financiará en gran medida con la compra de bonos por parte de la Reserva Federal de EEUU, mientras que las subidas de impuestos a las rentas altas, a través del IRPF, e incrementando el impuesto de sociedades, vendrán después. Además, se está debatiendo sobre incrementar otros impuestos (a las grandes tecnológicas, para la descarbonización de la economía…).
Los capitalistas más inteligentes de EEUU, entre los que se apoya Biden, tienen razones poderosas para seguir profundizando en esta estrategia keynesiana:
1) China le disputa el liderazgo mundial. EEUU necesita mejorar la infraestructura y la competitividad de sus empresas. Va a hacer pagar más contribuciones a los ricos, pues los trabajadores tienen poco más que pagar, si no se quiere tensar más la deteriorada situación social interna en EEUU, que demostró ser explosiva.
2) Biden quiere recuperar para su causa, con el uso de medidas sociales, a los trabajadores que le retiraron el apoyo al Partido Demócrata. Quiere estabilizar la conflictiva situación social interna en EEUU, y eso se hace con "pan".
Biden va a seguir, por todo esto, haciendo pagar más a los ricos ¿Por qué no? Como hemos visto al principio, no hay nada nuevo en esto: “es la guerra”. Es la nueva guerra fría por el dominio global. El estado capitalista que adquiera una ventaja competitiva se lleva el "premio" del dominio para sus empresas. Durante la I y II Guerra Mundiales, y con la Guerra Fría posterior, ya hicieron pagar a los ricos MUCHO MÁS de lo que ahora se propone.
En la disputa entre las tres grandes regiones económicas, preñadas de deuda y de empresas “zombies”, con una enorme sobrecapacidad instalada, con el salto hacia delante de las inversiones en la nueva economía que supone la electrificación creciente de la misma, es Europa (como España en el siglo XVIII) quien corre el riesgo de pagar los platos rotos ante las apuestas crecientes de las dos grandes economías del planeta. El plan de Biden, que probablemente tomará nuevas medidas, no deja de ser otra forma de nacionalismo económico.
El objetivo es obligar a los capitalistas a incrementar la productividad del trabajo, en primer lugar con el concurso del Estado, incrementando la capacidad de crecimiento de la economía por encima del crecimiento de la deuda, que quedará paliada si se suben lo suficientemente los impuestos a los ricos.
Ahora bien, esto es muy fácil de enunciar, como hace Piketty, y mucho más difícil de conseguir, porque se trata de obligar a los capitalistas, y estos se resisten. Es una cuestión de poder y de lucha de clases, que es una cuestión que mayormente obvia el paladín de la teoría socialdemócrata más conocido. Pero, como decía el poeta, “también aquí son muchos los llamados y pocos los elegidos”. Puede que los EEUU puedan afrontar esta política, limitando su deuda, en su “guerra” contra China. Otros lo van a tener aún mucho más difícil, en primer lugar los europeos.
Una perspectiva cierta. Hay rebote postpandémico temporal de la economía en los países avanzados
En el Occidente capitalista, al norte del Ecuador, han pasado los estragos más inclementes de la pandemia. Los países ricos acapararon las vacunas que van a posibilitar en Norteamérica, Europa, o los países con más peso industrial relativo de Asia proteger a una gran parte de la población a finales del verano. Esto está dando lugar ya a un rebote de la economía en Occidente, que se suma al previo de gran parte de Asia Oriental.
Como siempre, y como está ocurriendo ya (véase las enormes caídas de economías como las de Perú o India…), el devenir en los países menos desarrollados para los más humildes será terriblemente muchísimo más proceloso.
En la primavera pasada, Stephen Roach mencionaba cómo: "las economías con más dificultades a las que hay que prestar atención son la India, Rusia, Turquía, Brasil, Sudáfrica, muchas partes de África subsahariana y las regiones más frágiles de Medio Oriente que importan petróleo. En muchos países, no hay recesión, sino depresión. Más de 200 millones de personas corren riesgo de volver a caer en la pobreza extrema. Y para colmo de males, los países más vulnerables al hambre y a la enfermedad también tienden a ser los más expuestos al riesgo del cambio climático, de modo que seguirán siendo fuentes potenciales de inestabilidad...".
Pero este rebote en la mayor parte de las economías más fuertes, ¿generaría el crecimiento necesario para volver a los niveles previos a la crisis en todos los países? En Latinoamérica, por ejemplo, va a ser difícil. Y, también, ¿las bases materiales que empujaban a finales de 2019 al mundo a una nueva recesión eran falsas? ¿No existe sobrecapacidad? ¿No hay empresas zombies ni una deuda corporativa insoportable? ¿La deuda pública va a sostenerse indefinidamente? ¿Los choques y rupturas políticas que alumbró la presente crisis, y que influyen poderosamente en la economía, se recompondrán? No, no y no.
Es muy útil la comparación con la etapa comprendida entre 1913-21. Entonces, las dos crisis que sufrió el capitalismo, política y epidémica, condicionaron de forma fundamental el ciclo económico. La crisis del sistema en esos años fue comparada por Trotsky a la de un organismo humano que sufre un colapso cardíaco y es reanimado por los médicos. Al ritmo taquicárdico le sucede un parón casi definitivo, luego una reanimación débil, hasta que parece que el organismo recupera el pulso ordinario. Pero los problemas de fondo subsisten.
Al igual que entonces, cuando el ciclo económico quedó roto, es imposible predecir exactamente lo que va a suceder. Si acaso, podemos acercarnos a aventurar una perspectiva sobre determinados imponderables generales que imposibilitan, en todo caso, un auge del capitalismo a medio plazo.
Pero incluso en la Europa de los años 20, que no había restaurado en diferentes países el crecimiento anterior a la guerra, Trotsky escribía aún en 1924 que podían quedar unos años de “reformismo”, “algunos modestos sacrificios del estado burgués a favor de la clase obrera”. No podemos saber exactamente, ni nosotros ni nadie, cómo ni cuándo vendrá la siguiente crisis. Esta etapa puede durar uno, dos, o más años ¿Por qué no?
Rebrote de la inflación
En los EEUU el índice de precios al consumo (IPC) se disparó un 4,2% interanual en abril, el mayor crecimiento desde 2008. El índice de precios de la producción, cuya tendencia en las últimas décadas de mundialización fue caer sin parar, creció en los últimos meses, tanto en los EEUU como en China.
Stiglitz y Krugman quitan importancia al temor existente a un rebrote inflacionario. Creen que las alzas de precios más importantes serán temporales, achacables a los cuellos de botella creados por la ruptura del ciclo económico y las cadenas de suministro durante la pandemia (por ejemplo en los semiconductores para vehículos), y que, llegado el momento, si existiera riesgo real, la FED actuará correctamente. Stephen Roach, Robert Skidelsky, Roubini, y cada vez más analistas, sienten más temor: creen que hay una amenaza real de que las presiones sean tan grandes que a corto plazo la FED incumpla su promesa de esperar a 2023 antes de plantearse una subida de los tipos de interés. En ese caso, la recesión podría darse.
Un artículo aparecido en el Cinco Días español en junio titulado: “La inflación, el detonante de la próxima crisis financiera” nos arrojaba más claridad:
“...A lo largo de la historia podemos encontrar distintas fases en las que se han producido procesos inflacionistas problemáticos, como en Alemania en 1922, en Hungría en 1945, en Yugoslavia en 1992, en Zimbabue en 2007, en Corea del Norte en 2009 o en Venezuela en 2016. En todos ellos encontramos la combinación de tres factores con anterioridad a la aparición de las presiones inflacionistas: fuerte aumento de la masa monetaria, un nivel de endeudamiento excesivo y una caída de la capacidad productiva (…) La realidad es que vivir con un nivel de endeudamiento como el que tenemos en el mundo actual solo es posible cuando el coste que lleva aparejado es ínfimo, es decir, cuando los tipos de interés están al 0% o incluso son negativos. La inflación es lo único que puede obligar a los bancos centrales a cambiar su modo de actuar, pero no será algo que hagan de motu proprio (…) Hablemos ahora de los efectos que tiene una inflación al alza. En primer lugar, provoca una clara discriminación social, ya que la inflación suele ser el impuesto más injusto que se puede exigir a la sociedad, donde el trabajador de clase baja normalmente no ve actualizado su salario al ritmo de la inflación real, ya que el cómputo de dicha inflación es manipulado a través del ajuste hedónico, para que no refleje la realidad de los precios. Es decir, que la subida del coste de vida no se ve compensado por la subida de los ingresos”.
Más allá del aumento de precios vinculados al transporte, como los automóviles o la aviación, la cuestión clave es el impacto, más duradero, del coste de las materias primas, la escasez de la mano de obra y las presiones del precio de la vivienda. Y la lucha de clases. La inflación va a acicatear la lucha de clases en la breve recuperación que tenemos por delante.
Rebrote de la lucha de clases
Políticamente, es significativo que, como sucedió tras el fin de la I Guerra Mundial, los gobiernos capitalistas de los países más avanzados (donde hay recursos) hayan implementado políticas de apoyo a los trabajadores en paro o hayan pagado el salario de los trabajadores para evitar despidos, sin ninguna distinción ideológica. Para salvar a las empresas, sí, pero también para intentar conjurar el fantasma de la protesta social. Y han sobrepasado los límites que preveíamos nosotros.
A pesar de ello, toda la frustración, tensión y cabreo existentes, se van a multiplicar cuando se constante nuevamente que la “nueva normalidad” significa que las condiciones laborales empeoraron claramente con respecto a antes de la covid. Va a llegar un momento donde el grito de ¡basta! va a ser generalizado y no el de sectores de la juventud o de batallones adelantados de la clase trabajadora. Y el crecimiento de la economía, como en 1919, ayudará a que el movimiento de protesta unifique a sectores mucho más mayoritarios de la clase trabajadora.
En Colombia, Chile, Ecuador, y más países, la lucha de clases se tiene que cobrar pagos aplazados que quedaron postergados por imponderables imprevistos.
Sin embargo, una crisis económica, no significa que la clase trabajadora sea más radical la semana que viene, más aún el mes próximo, y más todavía el año que viene. Normalmente, el embate inicial de la caída económica (más aun si esta es importante) desmoraliza y genera miedo e incertidumbre ante el futuro en los trabajadores, que ven impotentes cómo crece la desocupación alrededor de forma generalizada y se pierden derechos importantes.
En particular, ahora, en los próximos meses, en los países que se ven sacudidos por lo más negro de la crisis de la covid, es difícil unificar a la mayoría de la clase trabajadora en un contexto en el que la aglomeración social significa complicarse seriamente tu salud y la de tu familia.
Es muy posible que contemplemos una oleada de luchas tras el fin de la pandemia de la covid. Y veremos caer a gobiernos, lo estamos viendo ya, caso de Perú. Y habrá cambios muchos más radicales. En zonas como Latinoamérica, y otras, veremos giros a la izquierda. Pero la recogida del fruto final de la insatisfacción de las masas depende en buena parte del nivel de organización de la izquierda y de su capacidad para generar una dirección viable. Y esto no abunda. En un momento donde hay, sí, polarización a la izquierda, pero igualmente a la derecha, veremos en mayor medida, a escala global reforzarse las posiciones nacionalistas y reaccionarias en una primera etapa.
En Europa por ejemplo, ahora mismo, en la gran mayoría de los países de Europa, que va a ser en casi todos antes de un año, los partidos de la derecha, crecientemente más a la derecha, están en el poder. Fracasarán en los próximos años a la hora de estabilizar la crisis capitalista. Pero durante un tiempo pondrán su sello en los acontecimientos ante la crisis de la izquierda. Quizás en un año la izquierda esté en el poder tan sólo en la península ibérica, en parte de Escandinavia y quizás en algún país más. Esto va a hacer reflexionar a muchos dirigentes de la SD. Habrá, más pronto o tarde, una respuesta por la izquierda.
Cambios geopolíticos
En 2008, a través de su victoria sobre Georgia, Rusia mandó un mensaje claro y visible para todos: no iba a permitir más retrocesos en su vieja área de influencia. Posteriormente, en Siria y en Ucrania amplificó su respuesta. Las sanciones de EEUU a la toma de Crimea por parte de Rusia, apoyadas reiteradamente por la UE, originaron una crisis en Rusia, que pudo salvarse merced a las reservas de divisas atesoradas gracias a las exportaciones de hidrocarburos.
Poco a poco se volvió hacia China, con quien mantenía crecientes intereses comunes.
Las sanciones occidentales a Rusia hicieron a la economía eslava más dependiente de Pekín. Finalmente, el acuerdo definitivo por el que Rusia se echaba en brazos de China se firmó en 2014 con el contrato de compra durante décadas de gas ruso por los chinos por valor de 400.000 millones de dólares. Era algo obligado: la economía china, en expansión, sí podía absorber con creces gran parte de las exportaciones rusas. Ahora bien, frente a las ínfulas imperiales de Putin, había una realidad evidente. En 2010 el PIB chino era ya tres veces superior al ruso, ahora lo es casi diez veces.
El desastre de Norilsk, que se puede replicar en otros centros industriales siberianos, es un reflejo del capital obsoleto existente en Rusia. Como en todo país aquejado de problemas, el potencial revolucionario es claro en Rusia. Pero la ayuda china, frente a otros capitalismos declinantes, puede ser un bálsamo para que la cada vez más dependiente economía rusa pueda remontar el vuelo.
Las organizaciones de masas. De 2008 a 2020
La Gran Recesión dio lugar a grandes luchas de masas, como el estallido de la Revolución Árabe, saldada en un principio con la caída de dictadores proclives al imperialismo, pero cuyos procesos políticos acabaron copados por nuevos movimientos reaccionarios o fundamentalistas de uno u otro signo.
Los movimientos de los indignados, y Occupy, en diferentes países, revelaron la desafección de un sector importante de la juventud, síntoma de un malestar profundo en la sociedad. Fueron la base de movimientos políticos que se dieron justo después.
Hace décadas que no cristalizan corrientes de masas en la izquierda de las organizaciones tradicionales, cosa ya apuntada por el compañero Mun, de España, hace ya 15 años. Al mismo tiempo, hubo un debilitamiento generalizado de los sindicatos, que sigue.
Las organizaciones tradicionales, políticas y sindicales, eran y son miradas por la juventud más resuelta con recelo, o bien como parte del sistema, del problema contra el que hay que luchar.
De esta forma, la inquietud se expresó a través de nuevos partidos alternativos, o partidos a la izquierda de la socialdemocracia tradicional que eran muy pequeños anteriormente. Todo ello reflejaba originalmente un cierto cuestionamiento del sistema: Podemos, Syriza, PT en Bélgica, Luchadores por la Libertad Económica en Sudáfrica, Bloco de Esquerdas y PC en Portugal, Sinn Féin en Irlanda.
Es muy significativo el avance de la idea del “socialismo” en EEUU, que ya empezó a ser popular antes del postulamiento de Bernie Sanders a las presidenciales en 2015; o la llegada al liderazgo del laborismo del socialista Jeremy Corbyn, si bien, en este último caso, fruto de una carambola, no por el engrosamiento previo de una corriente de masas en la izquierda laborista. En cualquier caso, su llegada al poder, y el acrecentamiento posterior del partido, que se convirtió en el mayor partido socialista de Europa, también reflejaron la búsqueda de un cambio radical.
Todos los procesos mencionados son anticipos de cambios más profundos y numerosos que se desarrollarán en los próximos años.
Ahora bien, somos marxistas, y debemos hacer un balance serio. Desde la gran recesión de 2008 los ataques al nivel de vida de las masas han sido más contundentes que entre 1980-2007. A pesar de la gran envergadura de la caída de la economía en 2008-15, la respuesta del movimiento obrero, históricamente hablando, ha sido muy limitada. La onda larga de la crisis de la izquierda es notoria, en particular en los países europeos desde 1989.
No somos mecanicistas económicos: algunos procesos revolucionarios muy importantes se han dado en un boom o auge económico. Y normalmente, después de una fuerte recesión la clase trabajadora necesita tomarse un respiro, que puede durar años, para lanzarse a la lucha. Trotsky escribió en Flujos y reflujos, 1921:
“… Bajo un conjunto de condiciones la crisis puede dar un poderoso impulso a la actividad revolucionaria de las masas trabajadoras; bajo un conjunto distinto de circunstancias puede paralizar completamente la ofensiva del proletariado y, en caso de que la crisis dure demasiado y los trabajadores sufran demasiadas pérdidas, podría debilitar extremadamente, no sólo el potencial ofensivo sino también el defensivo de la clase…”.
El ciclo de luchas sociales que se dio posteriormente a 2008, teniendo en cuenta la crudeza de la recesión vivida, ha sido históricamente el más débil de los últimos 100 años. Debilísimo, por supuesto, con respecto a 1917-21; mucho más débil que en los años 30; mucho más débil que durante los años 60 y 70 del pasado siglo XX. Y tenemos que ser sinceros a la hora de encontrar una respuesta a esto.
Desde los años 70 del pasado siglo, millones de empleos industriales se perdieron en los países avanzados. Muchas de esas fábricas eran la punta de lanza de la lucha de clases en cada ciudad o provincia. La historia no acabó, a pesar de Fukuyama. El crecimiento global del capitalismo generó, sobre todo en Asia, centenares de millones de empleos industriales que fortalecieron a la clase obrera.
Pero en muchas regiones de Europa, y de otros países avanzados, se constató la realidad de que había fuerzas poderosas contra las que los gobiernos no se enfrentaban y ante las cuales las movilizaciones obreras se estrellaban una y otra vez. Durante años, y durante décadas. Esto ha generado una actitud recurrentemente pesimista en los activistas más veteranos y, debajo de ellos, se ha instalado en un sector de los trabajadores. En los más jóvenes hay una clara pérdida de tradiciones, que apenas reverdecieron con algunos de los procesos de lucha tras la Gran Recesión. Esto cambiará, pero ahora mismo este clima existe en amplios sectores de la clase trabajadora occidental.
La apostasía ideológica habida desde los años 90 no fue más que el armazón ideológico de ideas muy pobres, pero que respondían a un fenómeno objetivo: derrotas desde los años 70 en Europa, Latinoamérica y otras partes. La justificación teórica hecha por los posmodernistas y otros se vio fortalecida en la medida que el retroceso material continuó, en un proceso que ha durado varias décadas. En Europa ha tenido más efectos que en otros lados.
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX ya había habido traiciones y derrotas, decenas y decenas, en el campo del movimiento obrero. Revoluciones fallidas, represiones sangrientas, toda clase de derrotas, dirigentes que habían apostatado.
La “gran apostasía” fue, indudablemente, la de la socialdemocracia durante la I Guerra Mundial. Pero en muy poco tiempo hubo un “recambio” poderosos tras la victoria de Octubre. El elemento físico, material, de la existencia del poder soviético sobre la tierra, fue clave.
Se recompuso la autoridad política y moral para crear la III Internacional y “lanzar una OPA” para ganar, no sólo a la nueva generación revolucionaria que brotó a la lucha tras las tragedias de la guerra mundial y la gripe española, sino a lo mejor de otras tendencias, anarquistas y socialdemócratas, que engrosaron las fuerzas del comunismo, convirtiéndola en una amenaza global para el capitalismo como no la había habido nunca.
Ahora, tras 1989, durante décadas predominó la “onda larga” de la traición, la apostasía, el cinismo y la cobardía entre los dirigentes de la izquierda. El “recambio”, con más de década y media de retraso, que hubiera supuesto Hugo Chávez y la creación de una V Internacional revolucionaria, fue paralizado por los estalinistas cubanos, facilitado todo ello por la debilidad de los auténticos elementos revolucionarios en la cúspide del gobierno bolivariano.
Ahora bien, los cuatro mayores periodos de lucha revolucionaria en el planeta durante el siglo XX se dieron después de las grandes crisis político-económicas que sacudieron al capitalismo: tras la I Guerra Mundial; la crisis tras 1929; en los años 70 del pasado siglo; y al final de la II Guerra Mundial, sobre todo con la Revolución Colonial.
La Gran Recesión fue más fuerte que la crisis económica de 1973-74 y tuvo una importancia similar o mayor a la crisis de 1929-32 en la mayoría de países. Sobre todo, era la primera gran crisis que sufrió el capitalismo tras la caída de la URSS y servía para testear la respuesta de nuestra clase. Y fue limitada en términos históricos. En cualquier caso, ha servido para recuperar algunas tradiciones casi perdidas. En los EEUU, ahora, el potencial para la izquierda revolucionaria existe.
9. Qué periodo histórico atravesamos
El periodo que tenemos por delante, de declive y estancamiento del capitalismo, es uno donde las recesiones se van a imponer sobre los booms, o van a anularlos en gran parte. Gran parte del capital acumulado (en este caso ficticio) se volatilizará.
A medida que sea apreciable el sorpasso de China sobre los EEUU, esto va a suponer un enorme choque psicológico: hasta ahora, la mayoría de los americanos, y de otros países, asumen que el liderazgo de su país es incuestionable. Esta visión va a verse hecha añicos ante la dura realidad. Pero también va a tener un efecto indudable sobre países que, hasta ahora, marcaban el paso al son del imperialismo norteamericano.
La nueva “Guerra Fría”
Las medidas que empezó a desplegar el gobierno Trump contra Huawei, y luego contra TikTok y otras empresas chinas no tienen precedentes. Pueden provocar que haya dos Internets en el planeta, al igual que, en los hechos, ya hay dos Bancos Mundiales.
India, Gran Bretaña…, no precisamente países pequeños, son forzados por EEUU a deshacer alianzas con países “del otro bando”, con Irán y China respectivamente. China, más inteligente en las formas, no se comporta de forma esencialmente diferente. Rusia se ve obligada a optar entre su tradicional enemigo, del que ahora depende, y su antiguo aliado, India, del que la obligan a separarse.
Igualmente, frente a China, EEUU da nueva vida al “Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad)”, el foro informal de defensa entre Japón, Australia, EE UU y la India en la región Asia-Pacífico.
El periodo por el que China va a tender a alcanzar a los EEUU va a durar años. Y los gobiernos de EEUU, demócratas o republicanos, van a hacer todo lo posible por alargar este proceso.
La escalada del enfrentamiento llega a los diferentes organismos internacionales que las potencias vencedoras crearon tras la Segunda Guerra Mundial: la OMS está dirigida actualmente por un etíope, aliado de China; la FAO directamente por un chino; la Interpol también lo estuvo por otro chino, que fue encarcelado por Pekín en 2018. Se desmarcó demasiado de su línea. Chinos dirigen la organización de la ONU para el desarrollo industrial; la del desarrollo social; la de la aviación civil; la comisión de Derechos Humanos; o la unión internacional de telecomunicaciones.
Este creciente dominio refleja la nueva correlación de fuerzas, que se reorienta cada vez más en favor de China. Las tradicionales potencias políticas occidentales rabian. Los norteamericanos intentan actuar, los enanos europeos se ven impotentes. Cada vez va a ser más visible para todo el mundo el delineamiento de dos campos mundiales, frente a los cuales todos van a tener que definirse, lo que se ha dado en llamar “nueva guerra fría”.
Desacoples continentales entre la clase obrera
También existen desacoples en nuestra clase, hay tendencias diferentes entre la clase trabajadora china, la europea y la americana.
La “Curva del elefante”, formulada por Malinovic y C. Lakner en 2015, es un diagrama que expresa cómo entre 1980-2020 evolucionaron las rentas a escala planetaria: miles de millones bajaron relativamente su nivel de vida en los países más pobres: son la cola y el lomo bajo del elefante. Centenares de millones de obreros y clases medias, de Asia fundamentalmente, mejoraron de forma amplia su nivel de vida (el lomo alto del elefante). Mientras, en esos años, los obreros en los países avanzados perdieron poder adquisitivo en el reparto de rentas planetario (el cuello del elefante). Por supuesto, los grandes beneficiarios del reparto de rentas planetario fueron las clases medias de los países occidentales y, sobre todo, los más ricos. De entre ellos, el 1% de los más ricos captó el 27% del incremento de rentas global. Es la punta de la trompa del elefante, que asciende al cielo.
Los procesos revolucionarios latinoamericanos han sido mucho más profundos que en el suelo europeo. Comenzaron a mediados de los años 90 del pasado siglo, en un contexto de desarrollo económico mundial que fortaleció a la clase trabajadora y permitió al sur de Río Grande pasar página a las dos décadas anteriores de derrotas. En una década consiguieron la subida al poder de gobiernos aupados por procesos revolucionarios en Ecuador, Bolivia y Venezuela, impulsando el giro a la izquierda de todo el subcontinente.
El desarrollo de la clase obrera africana, y de otros países asiáticos, a la que los capitalistas explotan al máximo, cuyos países están sometidos a los diferentes poderes imperialistas, tiene fuertes concomitancias con el desarrollo del capitalismo ruso que vimos entre fines del XIX y principios del XX, pero ahora de forma mucho más acelerada. Las inversiones en estos países están generando una nueva y joven clase obrera, que inevitablemente tenderá a fortalecer sus músculos y su experiencia, a través de la lucha colectiva.
La parálisis de los procesos revolucionarios latinoamericanos, debido a la práctica política reformista de sus dirigentes, selló el destino de dichas experiencias, cuyos avances sociales cayeron junto con Correa o Evo. Con un dirigente centrista como Chávez, la mayor profundidad del proceso venezolano quedó en evidencia por su arraigo entre las masas, a pesar de que la debacle del gobierno Maduro y la crisis capitalista llevase a la hiperinflación y al fracaso de la política reformista, al negarse a expropiar a los capitalistas y a reglamentar la economía en líneas socialistas, a pesar del boicot de la clase propietaria.
Después de unos años donde el viento parecía soplar a la derecha, en el Otoño de 2019 un nuevo ciclo de movilizaciones sacudieron a Ecuador y Chile, cuyos gobiernos no cayeron por poco. Incluso en el Brasil de Bolsonaro, lo remarcable es que la clase trabajadora aún no ha sido derrotada. Latinoamérica está llamada a protagonizar movilizaciones revolucionarias en el próximo periodo.
En Europa y los países occidentales la clase obrera vio caer su nivel de vida y cercenados sus derechos. Las luchas perdidas, mayoritarias durante décadas, generaron cierto fatalismo, debido a la traición de los dirigentes de sindicatos y partidos obreros. Francia es una relativa excepción, pues también hubo retrocesos claros. Las derrotas, fracasos y traiciones de los procesos habidos en los últimos años en Grecia, España y Gran Bretaña, por distintas razones, no ayudan a que esto se vaya a corregir en breve.
La traición de Tsipras deprimió finalmente al movimiento de lucha en Grecia, después de una década de recesión y lucha de clases efervescente. Recordemos cómo en más de una ocasión cifras superiores a cien mil personas rodearon el parlamento griego con la intención de tomarlo. Recordemos las más de 30 huelgas generales convocadas, prácticamente todas sin un plan ni estrategia definida de lucha, simplemente convocadas para soltar presión acumulada en el movimiento de lucha.
Pero la traición de Tsipras tuvo consecuencias en toda la izquierda continental, en primer lugar en Podemos en España, fortaleciendo el giro a la derecha de la dirección. Últimamente, no hablamos mucho en los documentos de la Internacional de Grecia ni de España ¡Y hay que hablar! Hay que hacer balance. En Flujos y reflujos Trotsky expone algo interesante sobre hoy:
“…En todos los países capitalistas el movimiento obrero luego de la guerra alcanzó su pico más alto y luego finalizó, como hemos visto, en un fracaso más o menos pronunciado y en una retirada, y en la desunión de las filas obreras. Con estas premisas políticas y psicológicas una crisis prolongada, aunque sin ninguna duda hubiera aumentado el resentimiento de las masas trabajadoras (especialmente de los desocupados y los subocupados), sin embargo, simultáneamente, hubiera tendido a debilitar su actividad, porque ésta está íntimamente ligada a la conciencia de los obreros de su rol irremplazable en la producción.”
“El desempleo prolongado a continuación de una época de ofensivas y retiradas políticas revolucionarias no trabaja en absoluto a favor del Partido Comunista. Por el contrario, cuanto más tiempo perdura la crisis, más amenaza con favorecer estados de ánimo anarquistas en un ala y reformistas en la otra…”.
Igualmente, Corbyn podía haber jugado un papel, y desde luego podía haber tenido más confianza en sí mismo (teniendo el apoyo de la base del partido), para haber ido más allá y enfrentarse al aparato. Otro contexto internacional quizás hubiera ayudado a que este proceso se pudiera haber dado.
Pero el elemento clave en la debacle de Corbyn y de Tsipras fue el papel congénito que juega el reformismo de izquierdas: timorato, dubitativo, sin un programa ni estrategia consecuente para enfrentarse al capital y a sus representantes en las filas del movimiento obrero. Como ha ocurrido antes en tantas ocasiones de efervescencia social, duda, queda paralizado, retrocede y lleva a la derrota. El papel del factor subjetivo, de una dirección marxista, es clave.
El desarrollo de Asia, que a su vez ha inducido el de Latinoamérica o África, ha generado una nueva clase obrera que tiene otra actitud. Piketty, Malinovic y otros autores han constatado cómo en la última década y media, a escala global, la desigualdad media entre países se ha acortado, fruto del crecimiento económico en India, China y otros países asiáticos, propiciado porque las principales multinacionales buscaron un trabajador más barato que el occidental.
En China, con mucho, los trabajadores urbanos mejoraron su situación en bastante mayor medida que la India, donde la mejora favoreció a una minoría en las ciudades. Con la crisis de la covid, la economía hindú se ha pegado un batacazo mayúsculo, revelando sus grandes debilidades con respecto a China. India es otra candidata, como ocurrió en 1919 con la gripe española, a fuertes sacudidas revolucionarias.
El elemento ideológico y de orgullo patrio juegan un papel. El desarrollo espectacular de la segunda economía mundial es agitado convenientemente por el Régimen, lo que nos guste o no entronca con la experiencia propia del trabajador chino. Y después del salto cualitativo de la crisis de la covid, es esclarecedor que el país donde se originó el virus lo haya derrotado, mientras casi la totalidad del resto del planeta yació postrado ante él en mucha mayor medida.
Julia Reichert, codirectora de un aclamado documental sobre la instalación de una empresa china en los EEUU, American Fabric, lanza una opinión muy aguda sobre el hecho de que el trabajador chino muestre una predisposición mayor a trabajar más horas que el norteamericano: “…Los trabajadores chinos están orgullosos de su país, orgullosos de su compañía y realmente de cómo China está floreciendo en el mundo. Los trabajadores norteamericanos que conocemos no podemos decir que estén orgullosos de su compañía ni que sientan que América realmente les está ayudando a crecer en el mundo”.
En enmiendas finales al documento de 2014 de la CMI, señalamos correctamente que la eventual quiebra de la burbuja crediticia china tendría profundos efectos en la psicología de la clase obrera china. A la inversa: si Occidente sufre en los próximos años los estragos de la crisis más que el capitalismo chino, igualmente, esto tendrá un efecto, en un momento de avance general del nivel de vida en China, tanto en el campo como en la ciudad. Ahora, el 90% de la población china es propietaria de su casa. Se calcula que un porcentaje similar de la juventud china menor de 30 años puede acceder a la propiedad de su casa, mientras que el porcentaje estadounidense es casi la mitad.
En el caso chino, como hemos explicado, por las posibilidades de su economía, el PCCh va a hacer todo lo posible para “sujetar” a la clase obrera china.
En general, parece que en una gran parte de países el capitalismo seguirá revocando avances sociales conquistados hace mucho tiempo, a no ser que haya una respuesta muy potente y organizada por parte de la clase trabajadora. Por miedo a la revolución, o por efectos de luchas de clases que pueden llegar a tener elementos revolucionarios, es posible que los trabajadores mantengan o mejoren derechos en algunos países asiáticos, latinoamericanos, etc. Pero, comparada esta coyuntura con la de hace un siglo, las debilidades generales saltan a la vista, y son ellas las que predominan.
Chovinismo e inmigración
El propio desarrollo de la economía en su etapa de auge, y también las crisis económicas, propiciaron grandes movimientos de masas buscando trabajo o huyendo de la miseria. En España, Italia, Estados Unidos u otros países, los movimientos internos de inmigrantes hacia las regiones más prósperas (emigración desde todo el Levante y Aragón hacia Cataluña en el caso español), que laboraba en empleos subcualificados normalmente, y fue una de las bases del anarquismo. Lo mismo se puede decir en Estados Unidos, que siempre fue un atractor de población inmigrante neta a lo largo de toda su historia, que se situaron siempre en la vanguardia en los momentos de fuerte lucha social.
Una de las consecuencias internacionales de la Gran Depresión fue la persecución de los inmigrantes en la mayor parte de los países. Se les denegaba trabajo, protección social… Muchos engrosaron las fuerzas del comunismo o de las otras tendencias más radicalizadas de la clase obrera. En el caso del Estado español, centenares de miles volvieron a España en este periodo, provenientes fundamentalmente de Francia y Latinoamérica. El proceso de revolución y contrarrevolución en el periodo entreguerras se dio con este trasfondo ideológico.
Hoy, como ayer, una de las tareas actuales más perentorias del movimiento obrero consiste precisamente en fundir dentro de la clase, a través de la más variada acción colectiva, a las decenas, decenas y decenas de millones de trabajadores inmigrantes que arribaron a los países más desarrollados en los últimos años.
Fortaleza de la clase obrera
Hay una diferencia extremadamente positiva ahora con respecto a otros periodos revolucionarios: la clase obrera es mucho más fuerte. Por ejemplo, no es lo mismo asesinar diez obreros a principios del siglo XX (hubo incontables matanzas de centenares y de miles) que ahora. La repercusión pública ahora es mucho más potente.
En Colombia, el asesinato de un abogado a principios de septiembre de 2020 fue la gota que colmó el vaso ante los padecimientos extremos vividos en los últimos meses, desencadenando una semi-insurrección de la juventud en todo el país, con asaltos y destrucción de decenas de comisarías de policía.
La clase media, la pequeñoburguesía, es mucho más débil que en el pasado y eso limita la capacidad de la reacción. Si ésta es capaz de atraerse a sectores de obreros atrasados (lo que no es una novedad histórica) se debe fundamentalmente a la política errónea de los dirigentes socialdemócratas de uno y otro pelaje.
Pero esta no es la cuestión: no hay duda de que los procesos de lucha que se van a dar en los próximos años van a ser más numerosos que tras la Gran Recesión, y más profundos políticamente.
La cuestión es que la clase trabajadora es hoy más fuerte numéricamente a escala global, pero está más desorganizada, y necesita tiempo para eliminar del todo la pesada herencia de la caída de la URSS, que pesa. Aún pesa. No es lo mismo ser “clase en sí” a ser “clase para sí”.
La crisis de la izquierda, con el tiempo, llevó a la pérdida de tradiciones y organización, en un proceso que se recombinó y potenció al mismo tiempo. El próximo periodo servirá, necesariamente, para empezar a generar nuevas estructuras. Unos sindicatos se revitalizarán, surgirán "nuevos" o se desarrollarán a través de otros pequeños. Y allá donde haya una necesidad, ésta tenderá a generar nuevos órganos.
Revolución y contrarrevolución
En un contexto de exacerbación de la lucha de clases, la burguesía puede tomar la senda bonapartista. En el documento de perspectivas de 2016 desde la CMI se explicaba muy bien lo que también existe en un contexto de revolución y contrarrevolución:
“Tarde o temprano la clase dominante decidirá que la democracia es un lujo que ya no puede permitirse. Pero van a moverse con cautela, paso a paso, erosionando gradualmente los derechos democráticos y desplazándose hacia el bonapartismo parlamentario primero. Pero en condiciones de crisis capitalista un régimen bonapartista reaccionario sería inestable. No resolvería nada y probablemente no duraría mucho tiempo. Sólo se prepararía el camino para mayores levantamientos revolucionarios, como la Junta Militar griega en 1967-74 que terminó en una revolución. Tenemos que estar preparados para este tipo de desarrollos, y que no nos tomen desprevenidos los acontecimientos”.
Pero hay que decir más: como decíamos al principio, revolución y contrarrevolución se dan de la mano. Un proceso revolucionario fallido en un país generará una tendencia opuesta en sentido contrario. Y podemos asistir a derrotas, que pueden ser casi definitivas por años y décadas en algunos países.
Hace 100 años los obreros y marinos finlandeses fueron fundamentales para tomar el poder en octubre de 1917 en Rusia ¿Desde cuándo no hay un movimiento revolucionario de los obreros finlandeses tras su derrota en 1918? ¿Cambiará esto en este próximo periodo de declive capitalista? Puede que sí, o no, no lo podemos saber. El marxismo no hace magia. No lo sabemos. Pero la experiencia histórica debe servir para no embellecer la lucha de clases.
Si, por ejemplo, leemos a Trotsky en 1930, escribiendo sobre un determinado país, y luego lo leemos en 1931, o en años posteriores, contemplaremos a alguien que se esfuerza por desentrañar cómo el movimiento avanza o retrocede. Se mofa públicamente de los estalinistas de por entonces y de su idea de que “hoy somos más revolucionarios, el mes que viene más aún, y al año siguiente más todavía”. Depende. Coyunturas revolucionarias se dan. O no. No en todos los países. Y también se malogran. Y puede sobrevenir otra coyuntura reaccionaria. Dependen de cada tradición, si se viene de victorias o no, de la moral de los activistas, de que haya dirigentes capaces...
Dicho todo esto, por el propio desenvolvimiento de la lucha de clases, los próximos años ayudarán a solventar esta contradicción.
En un momento dado, como ya hemos visto suceder, puede darse el caso extremo de que incluso aunque no haya un fuerte partido revolucionario articulado entre las masas, pueda haber procesos como el que llevó a la victoria de Chávez en 1998, o el de la victoria de los revolucionarios cubanos en 1959. No se puede descartar ni mucho menos algo parecido en los próximos años.
Los analistas burgueses están muy preocupados
Roubini trató de explicar la causa que estaba detrás de la oleada de manifestaciones en EEUU tras el asesinato de George Floyd:
“…Este fenómeno no se limita a los EE.UU. Sólo en 2019, manifestaciones masivas sacudieron Bolivia, Chile, Colombia, Francia, Hong Kong, India, Irán, Irak, Líbano, Malasia y Pakistán, entre otros países. Aunque cada uno de estos episodios tuvo diferentes causas, todos ellos reflejaron el resentimiento por el malestar económico, la corrupción y la falta de oportunidades económicas. Los mismos factores ayudan a explicar el creciente apoyo electoral de los líderes populistas y autoritarios en los últimos años. Tras la crisis financiera de 2008, muchas empresas trataron de aumentar sus beneficios mediante el recorte de gastos, empezando por la mano de obra (…) El precariado es la versión contemporánea del proletariado de Karl Marx: una nueva clase de trabajadores alienados e inseguros que están maduros para la radicalización y la movilización contra la plutocracia (o lo que Marx llamó la burguesía). Esta clase está creciendo una vez más”.
En su libro de 2010, Roubini señaló algunas deficiencias del capitalismo actual, pero demostró no haber leído con seriedad los escritos de Marx, reflejo también de cómo en los 30 últimos años el “socialismo” dejó de contar como un enemigo para la burguesía. Schumpeter, Keynes, Samuelson o Galbraith tuvieron razones poderosas para escribir con más cuidado sobre el socialismo y el marxismo. En cualquier caso, Roubini, en los últimos años, sí empieza a conocer al menos las obras más básicas. Acabó el anterior artículo de la siguiente manera:
“…El nuevo proletariado, el precariado, se está rebelando. Parafraseando a Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: "Que las clases plutócratas tiemblen ante una revolución del precariado. Los precarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. ¡Trabajadores precarios de todos los países, uníos!".
A pesar de la crisis de la izquierda, los analistas más preclaros que defienden el orden burgués, que no son estúpidos, reflejan, de una u otra forma, su preocupación ante el torbellino social que puede darse en el próximo periodo. Son conscientes de que se ha generado una conjunción (crisis económica, pandémica, social, política, ecológica), que va a exacerbar el ya destrozado equilibrio político, militar y social con que terminó la pasada crisis.
Klaus Schwab, tomando cumplida nota de las grandes movilizaciones habidas en 2019, advierte de la tendencia “a la desintegración social de la sociedad en su conjunto” que está originando la pandemia. Merece la pena leer algunas partes:
“…Cuando termine la pandemia de la covid-19, en muchos países se tendrá la percepción de que las instituciones han fallado (…) En los próximos años, a medida que la pandemia cause dificultades en todo el mundo, lo más probable es que la dinámica vaya en un solo sentido para los países más pobres y más frágiles del mundo: de mal en peor. En resumen, muchos estados que exhiben características de fragilidad corren el riesgo de fallar”.
Schwab advierte del éxito de Asia oriental a la hora de enfrentarse a la pandemia, al mismo tiempo que expone el fracaso de los dos países (EEUU y Gran Bretaña) que mejor aplicaron la doctrina neoliberal. Predice una adaptación del capitalismo que supere el neoliberalismo y busque un nuevo “contrato social”.
Este
tipo de análisis no son nuevos. Eran expuestos por conocidos
keynesianos desde hace décadas. La diferencia es que ahora antiguas
biblias neoliberales del pensamiento económico y estrategas de los
círculos más elevados del poder capitalista abogan por una política
que, en la medida de lo posible, aplaque la contestación social que
se vislumbra. Schwab insiste:
“Una de las grandes enseñanzas que nos ha dejado los cinco últimos siglos en Europa y Estados Unidos es esta: las crisis graves contribuyen a reforzar el papel del Estado…”. En efecto. Y, visto con mirada histórica amplia, no hay nada nuevo en esto. Y el marxismo, que significa una mirada larga sobre la historia y la lucha de clases no se debe sorprender por ello. Antes exponíamos cómo, después de la I Guerra Mundial, "a los EEUU, después de superar a Gran Bretaña, le costó un cuarto de siglo imponer sus reglas al área capitalista". Schwab, en su análisis, no ve claro que en muchas décadas se pueda llegar a un predominio de China sobre EEUU, o viceversa. En cualquier caso, subraya, más que preocupado, las décadas de inestabilidad global en que puede sumirse el capitalismo si no se llega finalmente a un "arreglo" entre las dos potencias dominantes.
10. La estrategia de los marxistas
¿Está acabada la socialdemocracia?
Piketty, en Capital e ideología, trata de demostrar cómo la base social de la socialdemocracia en Occidente se ha reducido. Aunque es conscientemente confuso en este caso en términos de análisis clasista, expone cómo desde hace décadas un porcentaje importante de trabajadores va a la abstención ante unos políticos que no hacen una política diferencial de los partidos burgueses. Si bien hay tradiciones nacionales diversas (en Escandinavia el estado del bienestar no retrocedió tanto, y la SD conserva más fuerza), esta tendencia es real.4
Pero la SD sigue siendo mayoría del movimiento obrero en Europa occidental y países más avanzados. De cara a la revolución sigue siendo una tarea estratégica ganar a su base social. Incluso antes, cualquier delegado nuestro, cualquier compañero que alcance un eco en su barrio o pueblo, debe educarse sobre cómo dirigirse públicamente a la mayoría de la clase trabajadora, con un lenguaje y un método adecuados, no para adaptarnos a la mayoría, sino para saber cómo ganarnos el oído de una mayoría de trabajadores, consiguiendo el derecho a ser escuchados.
Debido a la debilidad de las fuerzas del marxismo, ejemplos como los de los gobiernos de los Kirchner en Argentina constituyen un auténtico paradigma sobre cómo la burguesía puede recomponer una situación que se le escapa de las manos para dominar situaciones revolucionarias: apoyándose en las masas para estabilizar una situación revolucionaria; hacer concesiones formales en el aparato del estado, en la Constitución, incluso proclamando “una nueva república”, una Asamblea Constituyente; encarcelar a unos cuantos corruptos o represores de los antiguos gobiernos, etc. Incluso, en la próxima etapa, llevar a cabo determinadas nacionalizaciones. Pero, en esencia, salvaguardar lo fundamental del sistema capitalista.
Burócratas como Sánchez o Costa no quieren suicidarse. Ya tomaron cumplida nota de lo que le pasó al PASOK y al PSF. Sí, en momentos de crisis capitalista el reformismo es la pata que le falta a la silla del sistema, que asegura su estabilidad. Sí ¡Y la forma en que lo hizo, por ejemplo, Kirchner en Argentina, ante la presión revolucionaria de las masas, fue maravillosa desde un punto de vista burgués! Si la revolución no triunfa, y es muy posible que esto ocurra a pesar de que se luche muy fuerte en determinados países ¿no podrá apoyarse la burguesía en los reformistas para dirigir el descontento de las masas hacia canales seguros, dando estabilidad al sistema? Lo harán. Lo volverán a hacer, como tantas veces en el pasado.
¿Dónde está escrito que no pueda haber un resurgir de la SD en determinadas circunstancias? Después de una fortísima crisis financiera, después de los estragos de la crisis, ¿la burguesía no echará mano “de lo que sea” para conjurar precisamente el fantasma de la revolución si fracasan gobiernos de la derecha y hay un empuje de las masas? Y, como hemos escrito muy bien durante décadas, el fascismo no tiene ni bases sociales ahora ni, a corto plazo, hay una Revolución Rusa ni Internacional Comunista que lleve al capitalismo a una lucha existencial como en 1917-21.
Piketty expone cómo cree que hay un cambio de tendencia con respecto a la etapa que se abrió con la llegada de Reagan al poder en 1980. La campaña crecientemente estruendosa e histérica de sectores de la burguesía a la hora de demonizar el socialismo, por ejemplo en los EEUU, no hace sino facilitar su popularidad.
Según una encuesta que ha tenido un eco público importante, un 67% de los jóvenes votaría por un presidente socialista. Y el 30% de los mayores de 65 años haría lo mismo. Hay varias encuestas más en este sentido. Y los políticos socialistas más conocidos (Sanders u Ocasio Cortez) popularizan constantemente la idea de subir radicalmente la tributación a los ricos, lo que conecta no sólo con la mayoría de la población, sino con la propia racionalidad económica para mantener al sistema capitalista, en unos años donde probablemente asistamos a una exacerbación de la lucha de clases.
Por tanto, si bien no está descartado que surja un Partido Laborista que pueda llegar al poder o tener un impacto decisivo en la política norteamericana en los EEUU, esto dependerá de factores que se le escapan en los próximos años a una pequeña tendencia como la nuestra. Si Alexandra Ocasio-Cortez y Sanders mantienen en los próximos años su apoyo a Biden, esto se dificultará. Y esta última posibilidad será tanto más posible cuanto más audazmente Biden se mueva, como lo está haciendo, para recuperar, con medidas sociales y laborales que den más derechos a la clase trabajadora. Esto, además, tiene la virtud de recuperar sectores de la misma que en las últimas décadas perdieron los demócratas frente a los republicanos. Y Biden hace esto porque entiende que así contribuye a estabilizar al capitalismo norteamericano, para que no culminen en acontecimientos aún más dramáticos los síntomas de enfrentamiento social que alumbraron 2020.
En España hubo una conmoción cuando la derecha y la ultraderecha ganaron las elecciones regionales en Andalucía a finales de 2018. En las siguientes generales, hubo un cierto cierre de filas de una mayoría de trabajadores de izquierdas para frenar el paso a la reacción. En los EEUU, en mucha mayor medida, el asalto al Capitolio de la tribu reaccionaria ha tenido un efecto de shock en la conciencia. Ha habido un “cierre de filas” en torno a Biden, que se retroalimenta con sus primeras acciones políticas, como fue la de favorecer la subida del salario mínimo y manifestarse a favor del derecho a la sindicalización de los trabajadores de Amazon. Y ahí están las encuestas: Biden sube, mucho más de lo que sospechábamos. Y también hace, mucho más de lo que sospechábamos. Y en política, hacer vale más que mil discursos.
Dicho esto, antes de tener influencia sobre los segmentos que aún apoyan a la socialdemocracia, hay que luchar por el segmento que en diferentes países ya rompió, o empezó a romper, con ella, como lo que fue la base social de Podemos entre 2014-15, el reformismo de izquierdas. Y esta sigue siendo otra tarea estratégica.
Debilidad histórica de las fuerzas del marxismo
De lo que estamos hablando es que, aunque hayamos ganado con audacia y trabajo a mil compañeros en el último año, 4.000 compañeros en todo el planeta es una cifra enormemente limitada para las inmensas tareas que exige la Revolución Mundial. Es menos de lo que Trotsky dispuso a finales de los años 30.
A veces, de una forma un tanto simplista, hemos expuesto cómo los bolcheviques tenían “tan sólo” a unos 8.000 militantes en Febrero de 1917 (2.000 en Petrogrado), pasando a ser casi 200.000 en pocos meses para poder dirigir la Revolución de Octubre. Pero la realidad fue más compleja: Lenin y Trotsky fueron fundadores del movimiento obrero ruso. Por la socialdemocracia rusa (revolucionaria) y organizaciones periféricas pasaron centenares de miles de militantes en las dos décadas que precedieron a la Revolución de Febrero, que acumularon una enorme experiencia en base a acontecimientos tumultuosos, con una dirección excepcionalmente sólida y revolucionaria.
No tenían por encima de ellos a dirigentes ni organizaciones (por muy degeneradas que fueran) que tuvieran tradición e influencia de masas sobre el movimiento obrero en el último siglo, como nosotros.
Es verdad que el papel traicionero del estalinismo no existe ahora, y eso favorece más aún en la siguiente etapa el surgimiento de organizaciones “nuevas” como los “Luchadores por la Libertad” de Sudáfrica o Podemos. Si se diera un proceso que dé lugar a un régimen tipo Chávez en Venezuela ¿podría conformarse así un polo revolucionario a nivel mundial compuesto por varios países que sirva de referente? Es posible. Esperemos que así ocurra.
Este periodo de declive puede ser tan largo como el del periodo entreguerras. La causa principal es la debilidad histórica de las fuerzas del marxismo. La otra, el enfrentamiento a todos los niveles que habrá entre China y EEUU por la supremacía mundial, con consecuencias insospechadas. Sí, hay una clase obrera que luchará con todo… pero sin dirección. El factor subjetivo es esencial para la revolución socialista. Ahora, el hecho más resaltable, históricamente hablando, es la debilidad de las fuerzas de la izquierda revolucionaria, que en continentes como el europeo es más débil que nunca desde los tiempos de la I Internacional. Y en otros continentes, sencillamente MUY DÉBIL.
El marxismo exige ser concretos para poder entenderse mejor. En 1878, con la primera ley antisocialista de Bismarck, el partido de Liebcknecht ya tenía una docena de diputados y, en la siguiente década de represión, no cesó de extender su influencia. En otros países europeos estaban puestas las bases de partidos obreros y sindicatos con un cariz revolucionario que tuvieron ya un impacto en las masas ya entonces. El hecho es que las fuerzas revolucionarias actuales han quedado reducidas en Europa a muchísimo menos que eso.
La mejor política, la más revolucionaria, que es algo por lo que luchar, no se podrá trazar jamás sin entender las fuerzas de que disponemos, la fuerza de nuestra clase, el ambiente real, y su nivel de organización. Precisamente, para mejor tener un sentido de la proporción entre nuestras reales fuerzas y las inmensas tareas, entre el potencial infinito y la realidad limitada, se exige maximizar los resultados de nuestra intervención, al mismo tiempo que nos exige profundizar en las estrategias de Frente Único en los proceso de la lucha de clases por venir, para educar a nuestras pequeñas fuerzas. Y la educación exige de muchos errores necesarios para el aprendizaje por parte de nuestras, mayormente, jóvenes fuerzas, de mucho sentido de la proporción y de equilibrio en nuestra intervención.
En este periodo, donde veremos muchos estallidos revolucionarios, va a ser sumamente complicado que veamos la victoria de un proceso revolucionario socialista genuino, como lo fue el que llevó a la victoria en 1917. Para eso se necesita una organización con tradición de décadas (no somos los miembros fundadores originales del movimiento obrero, como sí lo fueron Lenin y Trotsky) dirigida por marxistas, organización que no hay.
La clase trabajadora va a luchar con todo, y puede asombrarnos, como lo ha hecho mil y una veces. Como lo hizo en 1905 a unos sorprendidos bolcheviques cuando creó los soviets. Como lo hizo en Bolivia, cuando escuadrones de mineros y campesinos derrotaron en campo abierto al ejército militar. Y en Cuba, en 1959. O nuevamente en Bolivia, en 2003 y 2005… La clase obrera no puede hacer magia, pero sí maravillas. Las hizo en el pasado y las volverá a hacer.
Ahora bien, nosotros siempre dijimos “esperar lo mejor, prepararse para lo peor”. El que contemplemos la hipótesis de una victoria revolucionaria, o varias, en el próximo periodo, no sustituye a las tareas actuales de hoy, y mañana (y cuando decimos mañana hablamos de años), de los revolucionarios en diferentes países.
No existe crisis final del capitalismo
Trotsky y Lenin subrayaron, frente a Kondratiev y otros ultraizquirrdistas, cómo no existe crisis final del capitalismo. Y lo hicieron repetidamente.
Las perspectivas son condicionales. Trotsky esbozó recurrentemente en los debates de coyuntura, frente a las tesis principales que defendía, esbozos concretos por los que podía darse, a largo plazo, un particular desarrollo opuesto a la tesis principal que planteaba. Antes de ser expulsado de la URSS, frente a auditorios que esperaban extasiados el discurso de uno de los jefes de la revolución, desplegaba todo el ideario sobre cómo, en una determinada coyuntura, la propia Revolución podía sucumbir, y lo hizo repetidamente desde 1921 hasta que fue expulsado de la URSS. Y en los años sucesivos, prácticamente en cada año.
Si los marxistas, y la izquierda revolucionaria en general, no aprovechan en algún país la coyuntura que se abre en el actual periodo, en un momento dado habrá un nuevo auge económico, un nuevo periodo de avance general del capitalismo donde el peso de los ciclos de crecimiento económico sea superior al de las recesiones, desarrollándose nuevamente la globalización capitalista en base a nuevas fuentes de energía, nuevos materiales, nuevas mercancías, nuevos continentes y mercados que desarrollar.
“…Es posible que la explotación de los cientos de millones de trabajadores que están entrando en las fuerzas laborales de Asia, Sudamérica y Oriente Medio empujen hacia delante al capitalismo. Esta sería una forma clásica de compensar la caída de la tasa de beneficio en las economías capitalistas maduras”´dice Roberts en su libro.
Malinovic aprecia que para el capitalismo sigue existiendo abundancia de mano de obra que permite su expansión. Al mismo tiempo, establece la perspectiva de que los principales capitalismos, empezando por el chino, incrementen “la carrera africana”, en el mismo sentido que se inició con China desde principios de los años 80, que será decisiva para el auge futuro del capitalismo.
Lamentablemente, cada año que se pierde, cada década que el capitalismo, en su versión más senil y derrochadora de recursos, se mantiene sobre el planeta, la crisis ecológica, que va a jugar un papel creciente en las luchas sociales en este periodo, amenaza con catástrofes naturales y humanitarias sin parangón. No hay que tener ansiedad a la hora de encarar nuestras tareas (la ansiedad siempre nubla la mente), pero tener un sentido de la urgencia es vital para que la Humanidad, a través de la Revolución Socialista, encuentre un camino con el que saldar su deuda con la restauración más armoniosa posible del medio ambiente.
Qué métodos recuperar
Desde que pergeñaron el Manifiesto Comunista, Marx y Engels establecieron un método para trabajar conjuntamente con las fuerzas revolucionarias que había en el momento, lo que demostraron con creces con la creación y desarrollo de la I Internacional. La esencia de esa estrategia es la que desarrollaron luego Lenin y Trotsky, cuando su “OPA” al movimiento obrero no logró todos los resultados que ellos esperaban, a partir de 1919. Debido a la exageración de las posibilidades revolucionarias, junto con la trivialización mecánica de la política bolchevique efectuada por las jóvenes e inexpertas fuerzas de la nueva IC, se desarrollaron en su seno poderosas tendencias ultraizquierdistas. Lenin y Trotsky hicieron autocrítica. Desarrollaron entonces la estrategia del Frente Único, inspirándose en el trabajo de los fundadores del socialismo científico.
El Frente Único ante las organizaciones reformistas nos posibilita una audiencia mayor hacia nuestras ideas en los pocos lugares donde tenemos cierta fuerza para ello. Siempre estando precavidos ante la traición de los dirigentes reformistas que, en un momento dado, se ven forzados a admitirnos como aliados frente al Capital para justificarse en un momento excepcional, mientras, al mismo tiempo, se preparan para cuando puedan mejor traicionarnos.
El Frente Único y la unidad de las fuerzas revolucionarias, los debemos potenciar al máximo en un millón de batallas que tenemos por delante en los cinco continentes, lo cual es mucho más importante en aquellos países preñados de violencia étnica, religiosa y sectaria.
Justo antes de que Trotsky y Lenin dieran la batalla para cambiar la línea de la IC, librando una difícil batalla contra los ultraizquierdistas (que estuvieron a punto de perder en el III Congreso), Paul Levi escribió su “Carta Abierta”. Esta fue el antecedente práctico de la política de Frente Único por entonces. Pero Levi, que había vivido el triunfo de la revolución de 1917 en Rusia, que tenía experiencia y sabía de táctica y estrategia, del arte sobre cómo la minoría revolucionaria debe ganar a la mayoría de la clase trabajadora, fue expulsado desgraciadamente por los ultraizquierdista del KPD. La colaboración entre él, Zetkin, Lenin y Trotsky quedó rota por la desconfianza y los agravios mutuos.
La desconfianza y los agravios mutuos tienen una larga historia en las filas del movimiento obrero ¡Y más en los pequeños grupos! La lucha contra todo rencor por los choques políticos y disputas recurrentes en la intervención políticas, contra todo sectarismo, debe ser santo y seña en la educación de nuestros militantes.
En un sentido, nada fundamental cambió con respecto a lo que planteaba Trotsky hace más de 80 años: “la crisis de la humanidad se reduce a la crisis del factor subjetivo”. Y es así. Los diferentes giros tácticos entristas de los trotskystas en los años 30 fueron un intento de crear un puente hacia las masas.
Ahora bien, desde los tiempos de Trotsky, toda una serie de corrientes del trotskysmo han tenido un problema orgánico, con teorización ad hoc incluida, que les ha mantenido proceso tras proceso en la periferia de los movimientos de masas, independientemente de su tamaño.
En diferentes casos, las ansias, las prisas por crecer demasiado rápido, en un contexto difícil en diferentes países, llevó a jugar con la teoría, o a giros oportunistas hacia determinados procesos políticos.
En otros casos, incluso en grupos que alcanzaron una relativa influencia, había una falta de convencimiento en su dirección a la hora de jugar un papel futuro en la dirección de ningún proceso revolucionario. Incluso en el caso de dirigentes revolucionarios, como en el caso de Nin. La unión con el BOC, para ser más grandes en el corto plazo, fue una autocensura de la IC, que llevó a su crítica política a no causar efectos, ni a su izquierda ni a su derecha. A su derecha, desperdiciaron la oportunidad extraordinaria de jugar un papel capital en el desarrollo revolucionario de las JJSS. A su izquierda, tuvieron siempre una relación “diplomática” y no revolucionaria con la CNT, lo que les llevó a la inanidad cuando hubo una división abierta entre la izquierda y la derecha en su seno, a partir de los últimos meses que precedieron a la muerte de Durruti.
Nuestra Internacional ha mantenido el método que utilizaron Lenin y Trotsky y, antes que ellos, Marx y Engels, a la hora de orientarse al proletariado. Educar cuadros y realizar un trabajo de propaganda. Orientar a los pocos cuadros que tenemos allí donde más rápidamente puedan replicar sus fuerzas. Formar a los nuevos compañeros. Enseñar a enseñar, que es lo más importante.
Nosotros debemos educar a nuestros compañeros en generar la máxima fe en cada tarea que se propongan, en cada aspecto de participación en la lucha de clases en que participen, en generar comunión con los trabajadores allí donde participemos. Los marxistas no se arredran ante las dificultades. No temen llamar a las cosas por su nombre ni reconocer los problemas existentes. Entienden la necesidad de la unión mancomunada del pensamiento crítico, de la acción revolucionaria, junto con la propagación de todos los métodos de lucha que generen la máxima confianza y solidaridad posibles entre nuestros compañeros y nuestra clase.
1El gráfico se refiere a los EEUU. Para Europa Occ. la gráfica gris empezaría a subir desde 1920, al mismo tiempo que declina la roja, mientras la acumulación del 1% más rico desde 1980 es menos acusada, aunque sigue la tendencia de EEUU.
2El carry trade fue un mecanismo que se utilizó por los bancos y grandes fondos de inversión para especular: se tomaban dólares en Occidente, con tipos de interés cercanos a 0, para dirigirlos a países que crecían a tasas más altas.
3Adam Tooze cuenta en su libro Crash cómo Rusia propuso formalmente a China llevar a cabo una venta concertada de bonos de EEUU en el contexto de la guerra con Georgia, en 2008, lo que China rechazó entonces. Pero no Rusia, que descargó en solitario su cartera de bonos de Fannie Mae y Freddie Mac, por valor de 100.000 millones de dólares.
4Piketty hace trampas, o se confunde, a la hora de “ajustar” alguna de sus tesis por sus prejuicios y su análisis idealista, donde la lucha de clases queda minimizada frente a la “ideología” y sus desarrollos. Así ocurre cuando sostiene cómo ”antes votaban a la SD los obreros y ahora la votan los titulados”. Utiliza encuestas donde se pregunta por el origen social de los votantes de la izquierda justo después de la Segunda Guerra Mundial, y las compara arbitrariamente con otras de las últimas décadas donde la pregunta básica es otra (cuál es el nivel de estudios de los votantes de la SD). Hace 70 años muy pocos hijos de obreros iban a la universidad en Occidente. Hoy, o hace 20 años, esto cambió: el desarrollo de la economía demandó de decenas de millones de trabajadores con cualificación universitaria. Otros muchos millones de diplomados trabajan bajo una cualificación inferior a la que le proporcionaron sus estudios. Su conclusión en este aspecto es confusa cuando menos o, más bien, prejuiciosa.
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